Carlos Reyes Sahagún / Cronista del municipio de Aguascalientes

Hace unos días recibí un correo electrónico de una persona que firma su misiva como “niteman”. En su mensaje me comenta que, a propósito de los masones, “el primer requisito para pertenecer a una logia es creer en una deidad”. Me parece que esta afirmación procede de una falta de claridad de mi parte en la entrega de la semana pasada, esto porque en esa ocasión señalé que “parientes cercanos del ateísmo fueron el comunismo y la masonería, si bien es cierto que en el caso de este último la vox populi creía que para ocupar algún cargo de elección popular, digamos diputados, senadores, gobernador, forzosamente se debía ser masón”.

Aclaro que en este fragmento me referí a aquellas actitudes que eran condenadas por el discurso dominante vigente en Aguascalientes en la primera mitad del siglo XX, y parte de la segunda, y si el ateísmo y la masonería iban en el mismo saco no era porque tuvieran algo que ver, salvo el hecho de ser condenados por este discurso dominante.

Me parece ver en el fondo de este rechazo dos situaciones diversas: en primer lugar, el secretismo que acompañó en aquella época a la masonería, esa especie de “no saber qué hacen cuando se juntan”. Este secretismo se incrementaba cuando, en términos generales se ignoraba quién formaba parte de esta organización, pero se suponía que los políticos de cierta relevancia estaban en primera fila.

En segundo lugar, en el fondo del rechazo estaba este asunto de las Leyes de Reforma y Benito Juárez, que en mi inútil opinión es más padre de la Patria que Hidalgo, pero que, desde la perspectiva del discurso oficial local, que tenía mucho de conservador y confesional, era –es- la mismísima encarnación del demonio; el culpable de todos los males de la Iglesia Católica, etc…. Y era masón.

Esto me recuerda una situación que me causa mucha gracia, una anécdota propia de Chayotitlán, el pueblo mítico donde Eduardo del Río, Rius, ubicaba a sus personajes de Los agachados, Calzonzin, el licenciado Trastupijes, etc.

A fines del siglo XIX, las liberales autoridades de Aguascalientes decidieron homenajear al benemérito de las Américas colocando una estatua con su efigie en la Plaza de Armas, una escultura que, se dice, realizó el insigne artista Jesús F. Contreras.

La pieza fue emplazada sobre una columna, en el extremo sur oriental de la catedral, según se aprecia en fotografías de la época… Dándole la espalda al máximo templo católico de la ciudad, como si de esta forma las autoridades liberales zanjaran la cuestión que había dividido a buena parte de la sociedad mexicana durante prácticamente medio siglo, y que incluso hoy es tema de discusión.

En otro momento -la verdad ignoro cuando-, el monumento fue retirado de ese lugar, y colocado en el inicio de la Calzada Revolución, hoy Avenida Alameda, justamente entre el Mercado Reforma y el templo de la Purísima.

En fin. De regreso al tema que me ocupa, señalaré que en la época a que me refiero, funcionaron de manera visible varias logias masónicas. La más renombrada fue la que todavía hoy tiene su edificio en la avenida Madero, y en cuya pared se lee: Templo Masónico Benito Juárez.

Frente a los masones se asumió una postura excepcional: prácticamente nunca se hablaba de ellos, y menos aún se les atacó, quizá por la creencia de que eran poderosos y podían reaccionar de manera un tanto desagradable.

Otros condenados por el discurso dominante fueron los homosexuales, y sin embargo,  gracias a la inexplicable tolerancia gubernamental, que actuaba como cómplice de la degradación moral de la sociedad, en cada edición de la Feria de San Marcos, y en medio de las protestas de la gente decente, los jotos –así se les llamaba- irrumpían en el lado norte del jardín dedicado al evangelista, para ofrecer a los feriantes mole con pollo, enchiladas, tacos con cueritos, etc. ¿Quién no recuerda, por ejemplo, a La princesa? Por cierto que esta condena a la homosexualidad invariablemente se refirió a la homosexualidad masculina.

Finalmente, en este infierno de la gente buena, estaban también quienes ejercían la prostitución, y quienes dedicaban sus mejores esfuerzos a delinquir…

En cuanto a la primera, porque así hay que expresarlo: la prostitución que se condenaba era femenina, se consideraba que la zona de tolerancia, instalada en las inmediaciones del templo del Sagrado Corazón, constituía un “baldón” que había que desaparecer, un  tumor social a extirpar, cosa que ocurrió cuando aquella fue trasladada al lado oriental de la vía del ferrocarril, en la salida rumbo a México, el lugar que se conoció con el nombre de El mar.

Para el caso del comunismo, en rigor no se trató de algo que preocupara de manera permanente a los guardianes de nuestras conciencias. La atención que se le prestó a este tema tuvo lugar en circunstancias muy precisas, cuando algún acontecimiento, ya fuera local, nacional o internacional, lo trajera a colación. Entonces se encendían los focos rojos, la policía aguzaba ojos y oídos, lista para actuar, y como si se tratara de perros de caza, las plumas de los letrados se soltaban para atajar el mal, aislarlo y evitar el contagio.

Un autor que frecuentemente se refirió al tema, y que por ello merecería un estudio aparte, es Eduardo J. Correa, el santo patrono de los cronistas de Aguascalientes, aunque sus textos no se refieren a situaciones de esta ciudad, sino nacionales e internacionales.(Felicitaciones, ampliaciones para esta columna, sugerencias y hasta quejas, diríjalas a carlos.cronista.aguascalientes@gmail.com).