1ª Función
“EL CÓDIGO ENIGMA” (“THE IMITATION GAME”)
La naturaleza humana es, sin lugar a dudas, la ecuación más paradójica y exquisitamente complicada por su trágico y glorioso resultado, pues cada factor e integral es un diseño que oculta y/o revela las propiedades de nuestra autonomía, ajustando nuestro patrón vivencial a la cuadrícula cultural… o fuera de ella. Alan Turing (Benedict Cumberbacht) fue alguien producto de este último, un individuo gobernado por una prodigiosa mente matemática, pero con un corazón carente de geometría sociológica, ya que no lograba sumarse a las pautas colectivas preestablecidas debido a un déficit empático y un elemento incógnito que jamás debía ser despejado: su homosexualidad, condición existencial y emocional considerada anomalía clínica con severas penas legislativas en la aún retrógrada Inglaterra de la Segunda Guerra Mundial. Por ello, un ser de espíritu tan encriptado era el indicado para descifrar una de las máximas herramientas bélicas diseñada por los alemanes para la transmisión de mensajes estratégicos cifrados a sus tropas: la máquina enigma. Y este filme, dirigido por el cineasta noruego Morten Tyldum (“Hodejegerne – Headhunters”) genera una interesante adyacencia entre los hechos históricos y la ficción cinematográfica, mediante la bifurcación de su senda narrativa, primero creando una senda que presenta al protagonista como un componente esencial en los esfuerzos del gobierno británico por quebrantar el mencionado artefacto nazi -faena que ningún equipo de desencriptadores aliados había logrado-, exponiéndolo tanto como un hombre cuyo genio provocaba un efecto de disociación con sus colegas, a la vez que trabajó incansablemente en el diseño y construcción de una máquina análoga a la “Enigma”, con el fin de solucionar el acertijo que representaba su rompecabezas lingüístico mediante otro. La segunda vía se enfoca a un acercamiento sensible a su intimidad, compartida tan sólo por Joan Clarke (Keira Knightley, postulada al Óscar por esta interpretación), también una suerte de anomalía cultural, pues se trata de una mujer con un ingenio e inteligencia que rivalizaban los de Turing y que la hicieron candidata ideal para integrarse al equipo de desencriptadores y ganarse la confianza de Turing como la única persona a quien podía acudir para desahogar sus frustraciones y demonios personales. La labor del matemático sentó las bases para el desarrollo tecnológico y programático de las futuras computadoras y su vida, enriquecida por todo tipo de contrastes emocionales, culminó en tragedia cuando el gobierno inglés averiguó sus preferencias sexuales. Con un cuadro de actores por demás espléndido y una vigorosa dirección, la cinta es un ejercicio sobrio y eficaz que retrata con madurez a una figura que era tan enigmática como la máquina que definió a su realidad y el curso de la historia.

2ª Función
“KINGSMAN: EL SERVICIO SECRETO” (“KINGSMAN”)
En algún punto de la cinta, dos personajes de relevancia charlan sobre sus películas favoritas sobre espías, destacando aquellos elementos por los que funcionaban y otros por los que se transformaron en clichés que permearon la conciencia comunal. Este intercambio de diálogos es esencial para comprender las intenciones satíricas y posmodernas del director británico Matthew Vaughn, quien ha hecho carrera adaptando notorios cómics con aspiraciones revisionistas a la pantalla grande (“X Men: Primera Generación” para la Marvel y Fox, “Kick Ass” del siempre polémico creador galés Mark Millar y ésta que nos ocupa, también de autoría de Millar) y que parece divertirse de lo lindo manoseando y reconstruyendo esos arquetipos tan familiares del espionaje cinematográfico en su vena más exótica y netamente inglesa (los Bond, sin ir más lejos) para desembocar en un filme templado y muy entretenido que se disfruta por sus escasas ambiciones intelectuales, pero guiadas por un honesto desenfado, rico en secuencias ultradinámicas que se amparan de un ritmo medido y electrizantemente coreografiado y, por supuesto, la violencia a granel característica del autor fuente que se hace notar con bastante fuerza en más de una secuencia… La película encuentra a un desparpajado protagonista en Gary “Eggsy” Unwin (Taran Egerton), un joven rebelde cincelado en los cánones habituales de la delincuencia inglesa que es reclutado inesperadamente por un misterioso agente con nombre clave “Galahad” (Colin Firth), como una deuda de honor hacia el padre del muchacho, pues fue también parte de un grupo de agentes secretos muy encubiertos denominado “Kingsman”, defensores irrefrenables de la corona y la libertad, muy acorde a los principios artúricos de leyenda (de hecho, sus integrantes adoptan como alias los nombres del mítico monarca y sus caballeros de la mesa redonda). Poco a poco “Eggsy” y sus imberbes compañeros de curso comienzan a desarrollar su mente y cuerpo para transformarse en sofisticados agentes secretos como lo dicta la norma Sean Connery bajo la tutela del director Arthur (Michael Caine) y su segundo al mando, Merlin (Mark Strong). Su preparación como espías se pondrá a prueba cuando deban enfrentar a Valentine (Samuel L. Jackson), un multimillonario megalómano con impedimentos del habla que trama un ominoso plan para salvar el medio ambiente, pero a un costo muy elevado: exterminio casi total. Así, entre secuencias de simpática brutalidad, fuertes dosis de humor negro y la presencia de una villanesca asistente llamada Gacela (Sofía Boutella) equipada con afiladas extremidades inferiores que van con una impresionante agilidad para hacer honor a su nombre y que recuerda a aquellos estrambóticos adversarios fraguados por Sir Ian Fleming (Oddjob, “Mandíbulas”, etc.), se conjugan con un sólido cuadro actoral que hace de “Kingsman” un trabajo con suficiente licencia para matar… el aburrimiento.

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