Ricardo Orozco Castellanos

Yo soy el otro
Arthur Rimbaud
 

Como consecuencia de una reciente relectura de La loca de la casa*, de Rosa Montero, he reflexionado sobre muchos de los temas que la narradora y periodista española aborda en ese volumen híbrido que casi todo el tiempo tiene la forma de un ensayo y a veces nos sumerge como sin querer en un plano narrativo, he caído en la cuenta de que en muchos tipos de redacción –más allá de la escritura propiamente literaria—se suele decir: “El que esto escribe”, al igual que en algunos tipos de texto de uso jurídico o administrativo y aun político se usa la expresión “el que suscribe”. ¿Quién es “el que esto escribe”?¿Quién es “el que suscribe”? Por más que se enmascare en fórmulas de modestia (casi siempre falsa, por lo demás) o modos de cortesía, la respuesta debería ser: yo. Yo escribo esto. Yo suscribo tal o cual afirmación. ¿Por qué, entonces, el sujeto que escribe tiende a desdoblar su yo en otro: él? ¿Para tomar distancia, para situarse en los zapatos del otro, como suele decirse? ¿Para ver la realidad desde otro punto de vista?

Hasta hace poco tiempo yo creía que sólo se trataba de una fórmula, un tanto narcisista, de presentar el yo bajo la apariencia de otro y desligarse así de las responsabilidades de la autoafirmación; o bien de una falsa modestia que a la postre resulta pedantería pura. ¿Quién no ha escuchado a las celebridades del espectáculo o de la política hablar de sí mismos en tercera persona, como una señal de su psicótico egocentrismo? Pero leyendo con cuidado el texto de Montero, he llegado a la conclusión de que, al menos para los escritores de imaginación, éste es un recurso idóneo para el autoconocimiento que supone toda obra literaria.

“Y lo más paradójico de todo es que, cuanto más te alejas con el caleidoscopio de tu propia realidad, cuanto menos puedes reconocer tu vida en lo que escribes, más sueles estar profundizando dentro de ti.” (p. 243). Así lo expone Montero casi al final de su libro, en el que explora múltiples facetas de la escritura literaria, a partir del trasfondo que el propio título (tomado de una consabida frase de Santa Teresa de Jesús) revela: la imaginación es esa loca de la casa que pone de revés el universo humano. La imaginación desquicia nuestras concepciones de lo real, al grado de permitirnos ver el lado oculto de la persona (habrá que recordar que la palabra persona, en griego antiguo, se identifica con la máscara que usaban los actores en el teatro; de ahí el término personaje), ya sea uno mismo o los demás.

El escritor húngaro Stephen Vizinczey, que también reflexionó en su momento sobre el arte de la escritura (como lo han hecho tantos otros), señaló lo siguiente: “El autor joven siempre habla de sí mismo incluso cuando habla de los demás, mientras que el autor maduro habla de los demás, incluso cuando habla de sí mismo.” (p. 244). Es una verdad rotunda, de plomo. Por su parte, la autora española propone otra verdad de igual peso, cuando luego de afirmar que no le gustan los autores que hablan de sí mismos sino aquellos que toman distancia con lo narrado, establece que “el novelista no sólo tiene que saber, sino también sentir que el narrador no puede confundirse con el autor. Alcanzar la distancia exacta con lo que cuentas es la mayor sabiduría de un escritor.” (p. 244) y remata con una sentencia de otro gran escritor contemporáneo, el británico Julian Barnes: “Los novelistas no escriben sobre sus asuntos sino en torno a ellos”. Sobre este tópico esencial para comprender los fundamentos de toda obra de ficción, abunda Rosa Montero con algunos ejemplos clarísimos: el caso de Vladimir Nabokov, uno de los más grandes autores del siglo XX, es uno de ellos. Hay, sobre todo en el ambiente académico norteamericano de los últimos años, una tendencia medieval a condenar al escritor ruso-estadounidense porque su célebre novela Lolita narra en primera persona el loco enamoramiento de un hombre mayor y una chica adolescente: de pedófilo y cosas peores acusan a Nabokov, y si pudieran revivirlo lo mandarían directamente ante un juez si no es que a la hoguera. Se trata de un caso paradigmático de mala lectura: no se puede confundir al narrador-personaje Humbert Humbert, con todo lo despreciable que su conducta pueda parecernos, con el autor de la novela, alguien con nombre y apellido distintos, una persona real que ha inventado un personaje ficticio.

Pero, ¿por qué y sobre todo para qué escriben los escritores? Rosa Montero intenta responder esta pregunta a lo largo de los diecinueve capítulos de este libro magnífico que tal vez plantea más interrogantes que respuestas certeras, como ocurre a menudo con los buenos libros, tanto los de ficción pura como los ensayísticos o de reflexión como el que nos ocupa. La escritura, afirma la autora, es “el esfuerzo de trascender la individualidad y la miseria humana, el ansia de unirnos con los demás en un todo, el afán de sobreponernos a la oscuridad, al dolor, al caos y a la muerte”. (pp. 138-139). El anhelo de encontrar la perfección de las formas en la imperfección, en el caos de la vida cotidiana, define a los escritores, particularmente a los novelistas. Por ello, la novela se ha enseñoreado como el género literario que mejor responde a las búsquedas de los lectores en los dos últimos siglos. “La novela es el único territorio literario en el que reina la misma imprecisión y desmesura que en la existencia humana.” (p. 145). Se escribe para sobrevivir a la nada, para luchar contra la muerte, para celebrar que estamos vivos. Sí. Pero también hay en los escritores una aspiración de trascendencia, una preocupación, a veces insana, por la posteridad. Consciente de esa manifestación vanidosa de muchos autores, Rosa Montero se muestra implacable en su conclusión: “El tiempo todo lo tritura, todo lo deforma y todo lo borra, y hay autores y autoras importantísimos que se han perdido para siempre en la memoria del mundo. […] Este es el destino que nos espera prácticamente a todos. Aspirar a otra cosa es más bien ridículo.” (p. 150-151). En suma, se escribe desde las fronteras de lo incógnito para saber de ti mismo todo lo que ignoras. Se escribe contra el miedo a morir y no para encontrar un sitio en las enciclopedias del futuro. Se escribe, como coloquialmente señala la autora, para levantarse diariamente de la cama.

Rosa Montero, que ha sido y sigue siendo una gran periodista, profundiza en esta obra sobre las diferencias entre periodismo y literatura; aunque reconoce que el periodismo es un género literario tan válido y consolidado como la dramaturgia, la novela o la poesía, apunta sin embargo, una distinción sobre la que me parece oportuno detenerse un poco: “…en periodismo hablas de lo que sabes y en narrativa de lo que no sabes que sabes”.  Montero habla de manera muy sencilla de una de las más complejas realidades de la escritura literaria: los novelistas hablan de lo conocido para descubrir lo desconocido, como si lo hicieran desde el diván del psicoanalista. La aparente contradicción (hablar de lo que no sabes que sabes) en el fondo no es sino una tautología: el escritor se sitúa en las fronteras de lo inconsciente, bucea sin brújula certera en el caos, en el magma de la existencia, para sacar a flote –esto es, a un plano consciente—la profunda realidad que ha descubierto o, dicho con un sinónimo fiel, que ha inventado.

Con variados ejemplos y recurriendo al amplio bagaje de lecturas que la caracteriza, Rosa Montero va tejiendo esta tela de la que hay tanto para cortar. Propone apenas como un esbozo el caso de las relaciones entre la locura y la creatividad, tema en el que centrará su espléndida y más reciente obra El peligro de estar cuerda (2022). Especula también, y de manera brillante, en la otra cara de la escritura que es la lectura. A este respecto, resulta fascinante comprobar en este libro, de la mano de su autora, lo que por mucho tiempo sospeché: que los escritores, en una apabullante mayoría, enfrentados al hipotético dilema de dejar de escribir para siempre o dejar de leer, prefieren, al decir de Rosa Montero, dejar de escribir pero seguir leyendo. “No conozco a ningún novelista que no padezca el vicio desaforado de la lectura. Somos, por definición, bichos lectores.” (p. 181) Se podría sobrevivir, nos dice, sin escribir, pero es inconcebible un mundo sin libros, como ocurre en la terrible metáfora distópica de Ray Bradbury Farenheit 451.

Con un estilo siempre ameno, accesible a casi todo tipo de lector, aderezado con ciertas anécdotas que parecen relatos del todo ficticios, aunque aparecen como totalmente autobiográficos (como la historia amorosa de la autora con un famoso actor), La loca de la casa puede ser descrita como una indagación honesta, una suerte de exorcismo personal sobre las razones por las cuales un escritor escribe, sobre todo novelas. El que escribe es él o ella, pero en las entretelas del lenguaje se descubre que siempre es yo. Un yo que se busca a sí mismo y que recurre a la loca de la casa para descubrirse. “Nuestra imaginación, ese talismán secreto que se oculta, qué casualidad, bajo la lengua, inviste de belleza lo que toca. Soñamos, escribimos y creamos para eso, para intentar rozar la hermosura del mundo, que es tan inabarcable como el lago Constanza.” (p. 188) Así es, nada hay que agregar a estas poéticas, certeras, arriesgadas y simples palabras de Rosa Montero. Nadie podría decirlo mejor.

 *La loca de la casa. Penguin Random House, Ediciones Debolsillo, 2023, edición original 2003.