El encino

Por J. Jesús López García

Elisa Vargaslugo Rangel (1923-2020) escribió un libro seminal en la historia de la arquitectura novohispana: “Las portadas religiosas de México” en 1969, donde da cuenta de la riqueza artística en las portadas de los templos del país recorriendo los repertorios del estilo herreriano, con algunos rasgos del gótico tardío, el barroco y el neoclásico. Comenta sobre la clasificación propuesta por Manuel Toussaint (1890-1955) con base en la profusión de ornamento en su composición partiendo del “barroco sobrio”, continuando por el “barroco rico” y rematando con el exuberante “Churrigueresco” tras el cual el pintor Gerardo Murillo, el Dr. Atl (1875-1964) propuso una categoría más: el ultrabarroco.

Toussaint clasificó al barroco novohispano por el tipo de columnas empleado donde el salomónico -de fuste helicoidal- corresponde al barroco sobrio y rico, y el estípite al churrigueresco y al ultrabarroco. El barroco en sus modalidad rica y sobria es más afín a las formas clásicas en tanto que el churrigueresco y el ultrabarroco son mucho más libres en su interpretación de las formas tradicionales, añadiendo además muchas otras inéditas. El término “churrigueresco” proviene del apellido Churriguera, perteneciente a una destacada familia de arquitectos, escultores y ensambladores de retablos dentro de los que destaca José Benito (1665-1725).

El estilo barroco fue adoptado como un instrumento de propaganda del ideario católico frente a la austeridad protestante, de ahí que la ornamentación fastuosa fuese también un mecanismo para enseñar la doctrina a los feligreses pues hay que recordar que ante un gran porcentaje de población analfabeta, los edificios cumplían con una función pedagógica sirviendo como soporte para que la pintura mural, la escultura y los vitrales fuesen los sustitutos de la letra escrita.

De lo anterior se desprende la palabra “portada”, dedicada a las fachadas de los templos católicos pues eran la cubierta de un gran libro construido. En ese caso el estilo barroco era fastuoso y pletórico de ornamento, en oposición el neoclasicismo usaba un repertorio en que los elementos arquitectónicos poseían solamente su propio lenguaje en detrimento de la profusión iconográfica, pues siendo el neoclasicismo el estilo de la Ilustración, se daba ya en su momento histórico un proceso muy fuerte de alfabetización, por lo que el “leer” edificios comenzó a caer en desuso.

Vargaslugo proporciona un muy amplio catálogo de las portadas religiosas mexicanas que se desplegaron en nuestro país durante el periodo virreinal. De esa manera en el caso de Aguascalientes menciona al templo de la ex Hacienda de San Blas-Pabellón de Hidalgo-, pero pone énfasis en los templos de la ciudad de Aguascalientes, repasando a la Catedral, San Diego, Tercera Orden, San Juan Nepomuceno, el Rosario, San Marcos y de entre ellos sobresaliendo las portadas de Guadalupe y de Nuestro Señor del Encino, ambas clasificadas como churriguerescas o bien dentro de las convenciones del barroco de apoyos estípites.

El Encino que proviene del último cuarto del siglo XVIII cuya portada y una de las agujas de la balaustrada es junto con el templo de Guadalupe, poseedor de una de las portadas barrocas más bellas de nuestra ciudad; se aprecia en su composición de dos cuerpos con remate y tres calles en las que domina el gran óculo mixtilíneo del coro. Acompañando a las columnas estípites, rocallas, guardamalletas, cortinajes, cartelas y diferentes frondas enmarcan las peanas y nichos de las imágenes, en una sinuosa composición que parece abocinarse.

Nuestro Señor del Encino se ha considerado uno de los edificios más queridos por la población aguascalentense, uno de sus hitos sociales y culturales dominando el sitio en que se pobló por primera vez, al territorio de que hoy abarca nuestra capital. Digno de visita y aprecio, el templo sigue representando una época, un lugar y una ciudad.