Por: Juan Pablo Martínez Zúñiga

Zack Snyder es un director al que suele dársele el beneficio de la duda por aquellos triunfos creativos -y de taquilla- donde muestra una capacidad como esteta y narrador posmoderno que calza su visión con el de la nueva generación (“El Despertar de los Muertos”, “300” y “Watchmen: Los Vigilantes”), dejando uno que otro filme de calidad intermedia en el camino como “El Hombre de Acero” y otros simplemente desechables que, debido a los atributos localizados en los trabajos arriba mencionados, sus fans sueñen pasarlos por alto como peccata minuta e incluso vociferar a cuatro vientos que cintas como “Sucker Punch: Mundo Surreal” o “Batman vs Superman: El Amanecer de la Justicia” valen la pena o son joyas incomprendidas (créanme, no lo son). Pero incluso el más recalcitrante seguidor de Snyder deberá admitir que “El Ejército de los Muertos”, su más reciente película estrenada recientemente en Netflix, se revuelca en esa autoindulgencia con que sus fanáticos lo han armado para presentar lo que sin lugar a dudas es su proyecto más débil, con un guion que trabaja a partir de chiripazos, coincidencias, fantasías alucinantes y personajes tan bañados en las aguas de otras películas del director que resulta irresistible no querer propinarle una bofetada como muestra de injuria al intelecto de su audiencia.

La cinta se trabaja desde fuentes muy definidas: el cine de robos a gran escala, el de mercenarios, el de zombis y el drama familiar sin que se les aporte algo más que lo ya establecido en muchos filmes anteriores pero que sí arroja múltiples interrogantes que jamás se esclarecen o se responden correctamente, como leerán a continuación. Dave Bautista lidera el reparto como Scott, un ex soldado que perdió a su esposa cuando los muertos vivientes tomaron Las Vegas una vez que un zombi alfa se escapa de un convoy militar (jamás se explica cómo la milicia lo obtuvo en primer lugar) justo al lado de La Ciudad del Pecado, ahora aislada por numerosas barricadas metálicas para contener a las miles de criaturas que ahí habitan. De aquí se origina el alejamiento entre Scott y su hija Kate (Ella Purnell), propiciando que él se dedique a trabajar como cocinero en un restaurantucho hamburguesero y ella a vivir en la zona de cuarentena a las afueras de Las Vegas, donde traba amistad con una madre soltera llamada Gesta (Huma Kureshi) y sus hijos, hasta que un empresario multimillonario (Hiroyuki Sanada) le encomienda a Scott recuperar 200 millones de dólares resguardados en la caja fuerte de uno de sus hoteles justo en medio de la zona no muerta con la promesa de que podrá quedarse con 50 millones para él y el equipo que conforme. Es así que, desesperado por la falta de dinero, recluta a una vieja amiga (Ana de la Reguera), a un colega de la milicia (Omari Hardwick), a un experto en cajas fuertes (Matthias Schweigöfer), a una piloto veterana (Tig Notaro) y a una pareja de famosos YouTubers que se dedican a mostrar en sus videos cómo eliminar zombis para cumplir la peligrosa misión, asistiéndose de una “coyote” (Nora Arnezeder) que conoce el área perfectamente y viéndose acompañados por un chaperón del poderoso hotelero (Garret Dillahunt).

La cinta cuenta con una vuelta de tuerca, y ésta es precisamente el detonante de la oleada de inconsistencias argumentales y posturas azarosas que adopta la trama durante las innecesarias 2 horas y media de duración, pues resulta que los muertos vivientes operan bajo una estructura sociológica, comenzando con los más salvajes que sirven de soldados y poseedores de cierta inteligencia y agilidad, sirviendo a un líder (el zombi alfa del inicio) que vive en una opulenta torre junto a su “reina” (una zombi con traje de bailarina exótica) a la que adora y vistiendo capa (¿?) y una careta metálica que le protege la cabeza, pues todos sabemos gracias al finado maestro George A. Romero que ése es el punto débil de todo cadáver antropófago. A partir de aquí todo es una capirotada de escenas absurdas con diálogos ridículos enunciados por mequetrefes que no pasan del mero arquetipo. Snyder se nos quiere poner serio con una línea argumental central sobre la reconciliación entre Scott y su hija, pero ésta termina siendo una mera llave para el portal del chantaje, pues jamás añade algo que no sean berrinches o palabras de culpa para su padre mientras trata inexplicablemente de salvar a Geeta (quien se metió a la ciudadela zombi por razones aún más desconcertantes) de las garras de los monstruos, una vez más, sin que entendamos cuál es el lazo que las une. Por otro lado, los mercenarios con su armamento impresionante, sus poses rudas hurtadas de “Aliens: El Regreso” (incluso hay una chicana al mejor estilo del personaje de “Vásquez” del filme de Cameron) y uno que otro remilgoso que se supone debe funcionar como elemento cómico se las ven negras para concretar el robo, pues el gobierno norteamericano lanzará una bomba nuclear en el sitio para eliminar de una vez por todas la plaga antropófaga en unas cuantas horas.

Otra de las incógnitas, tal vez la más importante, es por qué el director decidió saturar su historia con un embolado de ideas que hasta una caricatura encontraría difícil embonar entre sí, como tigres zombis guardianes o la descacharrante premisa sobre  no muertos con relativa inteligencia y habilidades atléticas semejantes a la de Usain Bolt, además de poseer rasgos de inmortalidad (todos sobreviven aún sin alimentarse de humanos), vegetales (resulta que cuando se deshidratan pueden revivir con agua de lluvia) e incluso plantígrados como los osos (¡Estos zombis hibernan! Y nunca se explica por qué o para qué). Al final tantos huecos que semejan las avenidas de nuestra ciudad después de temporales y una banda de personajes cursis y sangrones que se asumen cool y efectivos nos han dejado casi en el estado de las criaturas  que combaten, pues para cuando llega la dilatadísima conclusión (la cual, faltaba más, es un cúmulo de clichés también ya utilizados en muchas otras cintas) ya estamos cerebralmente más muertos que vivos.

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