Jesús Eduardo Martín Jáuregui

Desde 1971, en que de alguna forma u otra me he visto ligado a los diarios de Aguascalientes con artículos de fondo, sólo dos veces he sido objeto de censura. Una en El Sol del Centro por un artículo que se llamaba “¿Dónde quedó la bolita?” que aludía al derrumbe de la construcción de J.M. Romo que ocasionó varias muertes y de la que, a la postre, no hubo responsables. El artículo nunca se publicó y yo dejé de colaborar en ese periódico. La segunda vez fue con un artículo para el Hidrocálido que titulé con el mismo nombre de esta columna. En él hacía referencia al caso Tlaxicoyan, en que una avioneta cargada de droga tuvo un aterrizaje forzoso en un paraje de Veracruz. El ejército tuvo una nunca bien explicada intervención ante el hecho de que el aeroplano, detectado por satélites de EE.UU. que siguieron su ruta desde el despegue hasta el aterrizaje, traía una carga que desapareció. Una filmación infrarroja satelital mostraba varios puntos de calor que se acercaban al artefacto, que fueron identificados por las autoridades como vacas curiosas que se acercaron a ver qué cargaba el aparato.

El título fue modificado y se le llamó “El caso Tlaxicoyan”. Entonces, el director Don Agustín Morales Padilla, una institución del periodismo aguascalentense, me dijo: “Hay que tener cuidado con cuatro temas: el presidente de la república, la iglesia católica, el narco y el ejército, y el más delicado de los cuatro, es el ejército”.

El caso mexicano fue probablemente un caso de excepción en la conformación de las élites militares debido, supongo, a dos factores fundamentales, aunque desde la Reforma la bandera de los liberales se oponía a los fueros de todo tipo. La llegada al poder de Porfirio Díaz tuvo varias consecuencias positivas para el país. La primera fue la pacificación; sin ella no hubiera sido posible el gran progreso del país durante el porfiriato. El Gral. Díaz reestructuró el ejército y en gran medida se apoyó en las guardias rurales, señores de horca y cuchillo. “Mátalos en caliente, fusílenlos luego averiguamos”, el país se pacificó y luego Don Porfirio gobernó como un patriarca bonachón, que llevó el progreso a todos los rincones del país y, contra lo que los cronistas revolucionarios nos han hecho creer, no fue derrotado ni echado del país. Renunció, salió con honores y fue recibido por las potencias europeas también con honores.

Las revueltas conocidas en conjunto como Revolución Mexicana, enfrentamientos, traiciones, asesinatos, engaños, golpes de estado, héroes asesinos, héroes traicionados, héroes bandoleros, héroes heroizados por conveniencia, trajeron como resultado que el ejército se reconfigurara una y otra vez, y, a diferencia de los países suramericanos, en que la jerarquía se formaba de las familias aristocráticas, en México su conformación fue popular. Quizás por ello no se anidó la tentación de los golpes de estado. Almazán fue cooptado y Cedillo aniquilado. El presidente Ávila Carranza desapareció el sector militar del partido oficial para atemperar las aspiraciones políticas y él mismo fue el último general en ocupar la presidencia. El PARM fue el premio de consolación, un reducto, satélite del oficial, en que entretenían sus ocios y sus tentaciones políticas, los militares bajados del caballo de la Revolución.

Los gobiernos emanados de la revolución mostraron su cariz autoritario y antidemocrático, su naturaleza represora y su falta de límites durante el 68 en que el ejército, al mando del general Marcelino García Barragán, abuelo de García Harfush, protagonizó uno de los pasajes más negros de la historia del México independiente. El ejército es así, el ejército tiene que ser así, su talante no es ni puede ser democrático, por definición, por naturaleza, la disciplina es fundamental para que cumpla sus objetivos sean cuales sean. Su función en la vida social debe ser marginal y con carácter de excepción. En la medida en que su presencia se convierte en usual y cotidiana, su presencia y su autoridad se desgastan. Encargarles tareas para las que no están preparados ni corresponden a su naturaleza es rebajarlos.

Cuatro anécdotas me servirán para ilustrar mi opinión. Hace unos años, en un edificio en la calle 5 de mayo, se resguardaban las boletas electorales. Un piquete de soldados las custodiaba. Para distraer sus ocios empezaron a piropear a las mujeres que pasaban. Lo reporté a la zona militar y en cinco minutos se presentó la policía militar y se llevó arrestados a los soldados. Hace pocos años, en una redada que inventó la policía estatal, participó un grupo de soldados que acordonaron la zona de tolerancia. Platiqué con el comandante y le señalé cómo, en mi concepto, se rebajaba la imagen y responsabilidades del ejército al acordonar la zona de tolerancia para una inspección sanitaria y policíaca. ¡Para eso no necesitamos el ejército! El día de ayer por la mañana, al inicio de la segunda cuadra de la calle Juan de Montoro, una camioneta artillada de la Guardia Nacional, con sus luces de alerta encendidas y su artillero tras la ametralladora, estacionada en el carril de circulación, protegía valientemente a un grupo de agentes que intrépidamente bajaron a adquirir como parte de su bastimento una buena dotación de “gorditas”. ¡Esa es la imagen de la Guardia Nacional! Ni chicha ni limonada, ni militares ni policías. Prepotentes y sin vergüenza.

Por México y por ellas mismas, las fuerzas armadas requieren recuperar su dignidad. No son albañiles por más que haya ingenieros militares, no son administradores de negocios estatales por más que muchos militares tengan la preparación, no son policías porque su nivel y su vocación tienen otras alturas. El ejército y sus adláteres mantienen un grado alto de confianza entre la ciudadanía, no obstante que algunas de sus acciones han sido puestas en entredicho por las violaciones reiteradas a los derechos fundamentales. Flaco favor se les hace manteniendo la impunidad para todas sus acciones. Precisamente, la confianza se fortalecería sancionando las conductas que se aparten de la disciplina y del respeto a la autoridad civil y a la ley. Los desfiles son sólo coreografía. Su armamento, su capacidad de fuego, su equipo en general no están a la altura de las necesidades y, sin embargo, es el área del gobierno que ha mantenido un presupuesto creciente.

Estamos en los albores de una nueva era para nuestro país. Las fuerzas armadas tendrán que jugar, conforme a su vocación y a su conformación, un papel determinante para la democracia y la República.

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