Carlos Reyes Sahagún / Cronista del municipio de Aguascalientes

Estoy refiriéndome al eclipse total de Sol que tuvo lugar hace 30 años, el 11 de julio de 1991. En entrega anterior recordé que aquel fue un año muy llovedor, y las expectativas para ver el eclipse disminuyeron sensiblemente. Me acuerdo que el día de los hechos subí a la azotea de mi casa, que es la suya, para observar de cuerpo presente el panorama, y evaluar las posibilidades de contemplación. El resultado fue deplorable: la azotea estaba encharcada por el agua llovida en la noche, y el aire estaba habitado por grandes nubes a las que dominaba la pereza, si bien es cierto que no era un nublado cerrado. Aquí y allá se visualizaban retazos de azul.

Armado de un optimismo imbatible, le llevé mis hijos a mi madre, con la consigna de no permitirles ni remotamente ver aquello que ocurriría en el espacio, y me fui a recorrer la ciudad, para ver cómo se veía la urbe eclipsada. Viví el máximo oscurecimiento en la plaza, justo debajo del águila mexicana. Aquello fue en verdad alucinante, el día enfermo de noche, la luna avanzando en su imposible cobertura del Dios Sol, con una luz como no he vuelto a ver… Pienso en ello, recuerdo esa luminosidad doliente, y la imagen más cercana que se me ocurre ofrecerle para explicarme, es la pobre iluminación de las salas de cine antes de que inicie la película, pero al infinito; para donde volteara. El disco solar estaba cubierto en un, digamos, 90%, y sin embargo la porción que se veía era tan brillante, tan imposible de ver cara a cara; así de poderoso es nuestro padre, El Sol. Fui a la exedra, justo debajo de la columna, en tanto en mi mente sonaban las notas de Eclipse, la pieza de Pink Floyd que cierra su obra maestra: The dark side of the moon. (Y dice: todo lo que tocas, ves, sientes, amas, odias, aquello de lo que desconfías, lo que guardas, lo que das, tratas, compras, pides, robas, crees, destruyes, haces, dices, comes, lo que conoces, lo que desprecias, contra los que peleas, lo que es ahora, lo que se ha ido, lo que está por venir, todo está en sintonía bajo el Sol, pero el Sol está eclipsado por la Luna).

Entonces vino la plenitud, la Luna ganó su efímera batalla, y la oscuridad se hizo presente; casi nocturna. El astro de luz más brillante de esta vecindad cósmica, la más monstruosa y cegadora, se convirtió en una estrella negra. Entonces sí, levanté la vista y, protegido por la intercesión lunar, vi al Dios cara a cara, lo que a mi pobre humanidad le fue concedido; lo miré abiertamente y sobreviví para contarlo.

Confieso que me sentí poseído de un sentimiento de euforia, ciudadano del Cosmos, nomás de ver aquello. Cuatro cosas me maravillaron de manera particular, cuatro: en primer lugar, el ser testigo de la mecánica celeste en acción, el movimiento de los astros, ver moverse a la Luna por encima del disco solar. No pierdo de vista que ésto se puede apreciar todos los días, tan solo por ver el amanecer o el atardecer; ver la forma cómo la estrella acaricia el horizonte terrestre y se hunde en él, hasta perderse allá en el occidente. Pero señora, señor: ver semejante espectáculo con sólo el Sol y la Luna como protagonistas; sin la intermediación terrestre, es algo excepcional, como para saberse parte de algo grande y sentirse agradecido por ello.

En segundo lugar, el silencio que caracterizó este movimiento. La Tierra, La Luna, el Sol, se movían; se mueven, y lo hacen en silencio -no pierdo de vista el absurdo que significa afirmar esto, dadas las distancias que separan a todos, la ausencia de atmósfera fuera de la Tierra, básica para la transmisión del sonido, pero en todo caso me gusta pensar que las cosas importantes de esta vida; las portentosas, ocurren en silencio, lejos del ruido embrutecedor-.

En tercer lugar, el hecho de que mientras el área de la plaza, la catedral y la explanada estaban sumergidas en la oscuridad producida por el ocultamiento solar, al fondo, viendo hacia el noroeste, por encima de, digamos, la mutualista, ese viejo edificio que se encuentra en la esquina de Victoria y Moctezuma, alcancé a ver iluminada la Sierra de Guajolotes, algo por demás contrastante. Finalmente, lo más espectacular: en un momento de la larga, larguísima totalidad -duró aproximadamente ¡siete minutos!-; brotó del Sol un chorro de fuego, tan grande, tan intenso, que se veía a simple vista, como si de esta forma el Dios mostrara la furia imbatible de su poder, ese que igual nos da la vida que nos la quita.

En ese tiempo no existía todavía la fotografía digital, así como para permitirme ensayar diversas tomas hasta lograr alguna que me gustara, tal y como hago hoy. En la exedra tomé una o varias fotos. El resultado fue decepcionante: de lo que vi; de lo que imaginé, no se apreció nada en las imágenes, pero no me importa porque en mi mente permanece grabada la imagen de lo que vi en ese día grandioso; en ese momento de excepción: el águila y la serpiente en plena lucha como elementos del encuadre, y arriba de la cabeza del ave el Sol eclipsado, a manera de corona portentosa de los animales aéreo y terrestre en lucha, los símbolos profundos de la mexicanidad.

(Felicitaciones, ampliaciones para esta columna, sugerencias y hasta quejas, diríjalas a carlos.cronista.aguascalientes@gmail.com).