Carlos Reyes Sahagún / Cronista del municipio de Aguascalientes

He estado tan concentrado en el 30 aniversario del Teatro de Aguascalientes, que casi dejo de lado otros acontecimientos importantes ocurridos en ese año de 1991, como por ejemplo la fundación del Museo de Arte Contemporáneo, y la ocurrencia de un eclipse total de Sol que tuvo lugar el 11 de julio de aquel año, que dio de lleno en esta ciudad, y al que ahora me referiré. Ya en otra ocasión le hablaré del Museo de Arte Contemporáneo.

Nació la sombra entre los cocoteros hawaianos; las playas de arenas negras y los plantíos de dulces piñas, y surcó el océano montado en las olas, sin enfrentar obstáculo de ninguna especie. Curiosamente, al llegar a Baja California Sur, giró hacia el sur y recorrió la costa del Pacífico y llegandito a Sudamérica se internó en el cono sur, hasta desaparecer en el Océano Atlántico.

De seguro usted sabe que gracias a ese monumento al ingenio humano del cálculo, conocido como ciclo Saros, ha sido posible saber cuándo y en donde ocurrirán los eclipses. Con estas herramientas en mano vaya y pregúntele a algún astrónomo escolar, y le dirá los eclipses para los próximos 3,000 años… -a lo mejor exagero, pero tal vez no; no sé, no tengo tiempo de comprobarlo ahora-.

Hay diversos tipos de eclipses, siempre determinados por la distancia que separa a la Tierra de la Luna en el momento de producirse el fenómeno. Si esta se encuentra muy lejos de nosotros, no alcanzará a cubrir totalmente el Sol, por lo que el eclipse será anular, es decir, el Sol aparecerá en el espacio como un anillo, la Luna en el hueco.

Estos fenómenos son más bien raros, pero en Aguascalientes tuvo lugar uno en la primera mitad de la década de los ochenta. Están luego los parciales, que frecuentemente pasan desapercibidos, dado que basta una uñita de Sol para iluminar con suficiencia el planeta. Finalmente están los totales, que pueden variar en tiempo, por la misma razón. Si la Tierra está cerca de la Luna, la totalidad será larga, como fue el caso del de julio de 1991, que duró siete minutos. En rigor esto de eclipses parciales y totales es una caracterización ficticia: en rigor el que es total en un lado, es parcial en otro; todo depende del punto de observación.

El hecho es que anunciado este eclipse total, se hizo una gran difusión de lo que ocurriría o dejaría de ocurrir, sobre todo por cuestiones de seguridad, esto porque señora, señor: a un Dios jamás se le mira a los ojos; nunca se atreva a verlo frente a frente, porque corre el riesgo de recibir un castigo terrible, venido de lo más alto de esta vida, que para el caso son 150 millones de kilómetros. Es como si el Dios Sol nos dijera: si te atreves a verme cara a cara, será lo último que tus ojos vean.

Será metafórica la imagen pero no hay tal, sino la pura verdad. Con lo cabezones que somos; lo contreras, los medios de difusión difundieron hasta la saciedad la advertencia de que si alguien pretendía ver el eclipse directamente quedaría cegado, aparte de que no vería nada sino, justamente, ese brillo enceguecedor, y se publicitaron diversos medios para ver hacia el espacio con seguridad: que si las gafas de soldador, que si varias películas veladas superpuestas, que si en el suelo, entre las hojas de los árboles, o ya de plano mejor verlo por televisión.

Además se nos anunció que estuvieron atentos a las sombras volantes y las perlas de Baily, así como al comportamiento de los animales, que ante la emergencia de esa súbita oscuridad pretenderían irse a hacer la meme.

Y sin embargo el día de autos se presentó ominoso para la contemplación de los astros en movimiento, con un nublado casi impenetrable. Ese año fue muy llovedor; como pocos. Tanto así que muchos fuimos en peregrinación a San José de Gracia, nomás a ver la presa Calles como nunca antes para nadie de mi generación, con el agua empujando en la cortina, a unos tres metros del vertedero; ese año el vendedor de mojarras fritas de la presa hizo su agosto. Por su parte hubo vecinos del fraccionamiento San Marcos que agarraron su silla y subieron a la pista construida en la margen oriental del río San Pedro para, así como en la Mariquita de Caifanes; ver cómo corría el agua; “vamos a verla correr”. Y se sentaron en sus sillas a contemplar el espectáculo alucinante, obsesivo, del agua en movimiento, atropellándose a sí misma, provocando borbotones, tantos y de tal magnitud, que su color era el café de la tierra que arrastraba, aparte de producir ese sonido maravilloso; vital. ¡Imagínese qué espectáculo para nosotros, que llevamos el agua en el nombre, y a despecho de esto fuimos sembrados en el borde del desierto!

Pero las cosas escalaron y en una parte del cauce, muy pequeña por cierto, el agua se desbordó e invadió la calle y se metió en un par de casas.

Por cierto que se conoce como Perlas de Baily a los puntos luminosos que se producen en el filo del Sol eclipsado, y se originan por las protuberancias lunares, es decir, las montañas. Confieso que no vi ninguna. (Felicitaciones, ampliaciones para esta columna, sugerencias y hasta quejas, diríjalas a carlos.cronista.aguascalientes@gmail.com).