Luis Muñoz Fernández

Curiosa casualidad que dos libros recientemente publicados en nuestro idioma traten, uno completamente y el otro sólo en parte, de un antiguo romano que llevó en vida el nombre de Gayo o Cayo Plinio Segundo, mejor conocido como Plinio el Viejo, personaje que encarnó como pocos el ideal de ser romano y escribió numerosas obras escritas de las que sólo ha llegado hasta nosotros su “Historia natural”.

Daisy Dunn, doctora en Clásicas e Historia del Arte por la Universidad de Oxford, en “Bajo la sombra del Vesubio”; y Michel Onfray, filósofo francés, en “Sabiduría”, la tercera obra de su trilogía, devenida en hexalogía, “Breve enciclopedia del mundo”, nos describen las vidas de Plinio el Viejo y de su sobrino e hijo adoptivo Plinio el Joven, y el tiempo en el que se desarrollaron.

Como es sabido, Plinio el Viejo murió durante la famosa erupción del Vesubio en el año 79 de nuestra era, catástrofe que sepultó bajo la lava, la ceniza y las bombas volcánicas de roca y piedra pómez expulsadas por el volcán las ciudades de Pompeya, Herculano y Estabia. Las excavaciones que se han hecho en estas ciudades y que siguen hasta hoy, sobre todo en Pompeya, han sacado a la luz sorprendentes hallazgos que nos ilustran sobre la vida y costumbres de sus antiguos habitantes.

Los datos arqueológicos más recientes indican que la erupción ocurrió el 24 de octubre del año 79 d.C. y no el 24 de agosto como se había pensado durante mucho tiempo. El error se debe a la carta que Plinio el Joven le envió a su amigo Tácito a petición de este, describiéndole las últimas horas de su tío. No sabemos si Plinio el Joven equivocó la fecha o lo hicieron quienes posteriormente transcribieron y tradujeron sus escritos.

Con auténtico espíritu científico, Plinio el Viejo subió a una embarcación ligera de la flota de Miseno de la que él era almirante y se dirigió hacia el Vesubio para conocer la causa y características de la erupción y ayudar a las víctimas. Murió envenenado por los gases tóxicos emanados del volcán.

En el libro II de su “Historia natural” nos dejó una frase que me parece maravillosa: “Para un mortal, Dios significa ayudar a un mortal y este es el camino hacia la gloria eterna. Por él han transitado los romanos más eminentes”.

Hermoso y extraordinario. Dios significa ayudar a los demás, aliviar sus penas. Durante esta pandemia hemos podido comprobarlo.

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