Hace poco fue la gran inauguración del Tren Maya, el megaproyecto del presidente López Obrador y decir que fue decepcionante es decir poco.

Los pasajeros que tuvieron el infortunio de participar en el primer recorrido se encontraron, de acuerdo a sus propias declaraciones, con un trayecto de nueve horas aburrido, desesperante y con mucho calor, donde el precio de la comida variaba en cada carta que les daban y, en general, quedó muy corto de las expectativas. Situación que ha generado se abra, de nueva cuenta, el debate sobre el proyecto y si realmente era necesario para el país.

Por un lado, yo siempre me he manifestado en favor de invertir más en el Sureste del país, el cual históricamente ha sido olvidado y ha tenido que dedicarse a la agricultura como principal fuente de ingresos.

La idea de un proyecto de ecoturismo entonces se pintaba como una solución que permitiría no solo atraer mayores negocios e inversión que finalmente facilitarán la creación de más y mejor infraestructura, sino que permitiría diversificar las actividades económicas de la región sin tener que comprometer el equilibrio ecológico y la riqueza natural.

Sin embargo, el problema de las grandes ideas, si no son acompañadas por gente capaz e inteligente que pueda hacerlas realidad, se terminan perdiendo y eso es precisamente lo que ocurrió con el Tren Maya.

Primero tenemos el hecho de que, a este punto, el Tren Maya ya ha costado tres veces más de lo que se tenía presupuestado en un primer momento, lo cual ha representado una carga desproporcionada al erario público.

La necesidad de tener que meterle más y más dinero al Tren Maya, ha llevado a que se obtengan recursos de áreas que desesperadamente lo necesita, como la salud pública, la investigación científica, el arte, la cultura y los deportes.

Del mismo modo que se ha sacado dinero de fondos sumamente importantes, como fue el caso de Fondo de Desastres Naturales (Fonden), lo cual ha tenido terribles consecuencias y en caso de que tengan duda, simplemente volteen a ver a Acapulco, donde todavía hay personas sin acceso a los recursos de primera necesidad.

A tal grado llegó la cosa que el presidente incluso ha intentado quitarles el dinero a los trabajadores del poder judicial de la federación a través de la desaparición de fideicomisos, muchos de los cuales se constituyeron a partir del dinero de los propios trabajadores y existen para satisfacer necesidades básicas.

Por si eso fuera poco, también tenemos que tomar en cuenta los múltiples amparos que no se han resuelto, en los cuales, los integrantes de comunidades indígenas y campesinos están argumentando que sus derechos fueron violados y que sus tierras fueron despojadas injustamente.

Finalmente, tenemos la catástrofe natural e histórica que está generando el Tren Maya. Estamos hablando de kilómetros y kilómetros de áreas de selva destrozadas, cenotes contaminados, especies nativas, algunas en peligro de extinción, siendo desplazadas, animales muertos como consecuencia del paso del tren, entre otros.

A esto hay que sumarle la destrucción de varios sitios arqueológicos que se han encontrado a lo largo de las vías del Tren Maya sobre los cuales se han hecho muy pocos esfuerzos por conservar.

Todas estas circunstancias nos orillan a preguntarnos si realmente ha valido la pena todo lo que se ha tenido que sacrificar para que pueda funcionar este proyecto y sobre todo en cuánto tiempo podremos ver los supuestos beneficios que esta obra aportará.

Lo peor es que toda esta situación pudo haberse evitado con un mayor tiempo de planeación y una mejora distribución de recursos; sin embargo, el presidente no quiere irse sin haber concluido la obra, así que la dejó mal hecha, pero terminada.

¿Ustedes que opinan? Pueden compartirme sus opiniones a mi correo electrónico: rubenmoreno0034@gmail.com

Bueno, eso es todo por este año, muchas gracias al Heraldo de Aguascalientes por permitirme seguir escribiendo con ellos y a ustedes queridos lectores por su atención. Nos estaremos viendo el próximo año y felices fiestas.