Por: Juan Pablo Martínez Zúñiga

“La función de la oración no es la de influenciar a Dios, sino el cambiar la naturaleza de aquel que ora”
Soren Kierkegaard

No hay mejor apóstol que un pagano. O por lo menos así lo expresa la más reciente producción de Netflix titulada “El Diablo a Todas Horas”, un estupendo lienzo argumental enriquecido con una jugosa narrativa que trifurca su historia de manera potente, cruda y percutante emocional y sensorialmente. Al igual que otras producciones que aluden al gótico americano como ciertas cintas de los hermanos Coen(“¿Dónde Estás, Hermano?”, “De Paseo a la Muerte”) o filmes independientes de renombre (“Invierno Profundo”), esta adaptación al texto escrito en el 2011 por Donald Ray Pollock rebosa atmósferas agrestes y bucólicas habitadas por personajes tempestuosos donde el corazón es tan sólo una víscera más, el alma algo que las emociones primarias como el odio y el rencor sepultan y la mente un armario de amarguras. La argamasa que unifica todo lo que vemos en la cinta es la fe, ya sea en Dios, en uno mismo o en que el fin -por violento que éste sea- justifica los medios, partiendo de una perspectiva minimalista e íntima que magnetiza la atención del espectador por los ricos diálogos, las escenas sustanciosas y un abundante despliegue de magníficas actuaciones.
La trama, ambientada entre finales de los 50’s y principios de los 60’s, apunta al desarrollo de tres arcos argumentales que, en la mejor tradición de Robert Altman o Cormac McCarthy, lograrán entrecruzarse de manera orgánica con fines estrictamente dramáticos. El primero y de mayor importancia es el que inicia con un soldado que padece estrés postraumático llamado Willard (Bill Skarsgard), quien al arribar a su pueblecito natal en Virginia del Oeste llamado Knockemstiff cae rendido ante una mesera llamada Charlotte (Haley Bennett), con quien se casa y procrea un hijo avispado llamado Arvin (Michael Banks Repeta). Willard es un hombre de profundas convicciones religiosas, afectado por un encuentro que tuvo durante su servicio militar en una isla del Pacífico, donde vio a un hombre descarnado crucificado por los japoneses. Tal trauma lo impele a replicar la cruz de madera en medio del bosque donde él y su hijo rezan fervorosamente por el fortalecimiento de su fe, hasta que Charlotte es víctima de un cáncer inoperable, lo que conduce a Willard a sacrificar al adorado perro mascota de Arvin como ofrenda al Señor para que salve a su mujer. Al no encontrar eco a sus súplicas una vez que ella fallece, Willard toma una trágica decisión que afectará a su pequeño hijo para siempre. La segunda línea argumental involucra a una pareja, Sandy Henderson (Riley Keough) y su esposo Carl (Jason Clarke), quienes huyen de Knockemstiff para iniciar una vida como asesinos seriales, levantando autoestopistas de la carretera para posteriormente asesinarlos previo coito con Sandy que Carl aprovecha para sacar fotografías, buscando ángulos e incluso composiciones estéticas que vayan con la naturaleza de la víctima, por lo que no se trata de simple placer necrófilo, sino de la necesidad de Carl por encontrar algo trascendente en un universo miserable, mientras que la motivación de Sandy es la de eludir a su hermano policía llamado Bodeker (Sebastian Stan), hombre mundano, ambicioso y corrupto que hace tratos con el dueño del prostíbulo local para obtener fondos que lo ayuden en su campaña como jefe de la policía local. El tercer arco lo conforma la devota Helen (Mia Wasikowska), quien se enamora del predicador del lugar llamado Roy Laferty (Harry Melling), ser cuya certeza de estar conectado a Dios lo orilla incluso a vaciar contenedores de arañas en su rostro para probar que está bendito. Su matrimonio produce a una pequeña hija llamada Lenora, la cual deberá enfrentar un destino funesto similar al de Arvin cuando Helen es ultimada por Roy en un intento por demostrar que puede resucitarla como testamento de su conexión divina. El resultado será un encuentro con Sandy y Carl. Los dos niños -Arvin y Lenora- quedarán al cuidado de unos parientes donde aprenderán a vivir como hermanastros.
Los años pasan y Arvin (Tom Holland), ahora todo un muchacho, dedica su vida a trabajar y proteger a su Lenora de unos bullies que no toleran su profundo deísmo, torturándola constantemente. Todo se complicará con la llegada de un nuevo predicador al pueblo llamado Preston (Robert Pattinson), hombre lujurioso y vano que ha puesto sus ojos en Lenora, situación que sellará el destino tanto de la chica como de Arvin, cuya única fe es la que le enseñó su padre: ojo por ojo. El clímax involucra de manera magistral la resolución de los tres arcos, incluyendo a Bodeker, Sandy y Carl.
El director neoyorquino Antonio Campos procrea junto con su hermano Paolo una urdimbre narrativa de 136 minutos que sabe a poco por lo dinámica de su ejecución y lo fluido de su ritmo. La firmeza con que trabaja la compleja y multitudinaria historia dota de redondez argumental a la cinta, mientras que los personajes solidifican su presencia a cada potente palabra que enuncian, al punto de que saldría sin problema una película para cada uno y estoy seguro que el resultado sería algo interesante. La desacralización de una institución tan sagrada como la religiosa sin procurar estridencias viscerales sino mediante intuitivas y razonadas pinceladas de antropocentrismo ocasionalmente violento es notable, a la vez que malabarea los procesos de fe empleando una honradez dramática en su exposición apoyándose en algunos personajes como Lenora y Helen que fundamentan la noción que la oración, en efecto, transforma su naturaleza (a diferencia de Willard, quien busca someter la voluntad de Dios a la suya con rezos similares a exigencias). La disección psicológica de Campos, apoyada por el toque maestro de la narración en off del mismísimo Donald Ray Pollock, dimensiona las cualidades del relato más allá de cualquier denuncia sobre el maniqueísmo cultural al que se ve sometido toda nación occidental, sino que la transfigura en una reflexión profunda sobre la eterna guerra entre el espíritu y todo lo demás, defendido con unos personajes hondos que encuentran voz exacta en las magníficas interpretaciones, destacando Holland, quien nos hace olvidar sus trabajos para la Marvel y graduarse aquí como “actor serio” mostrando la suficientes tablas para labrarse una carrera relevante. “El Diablo a Todas Horas” es, sin lugar a dudas, una de las mejores cintas de este año.

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