Por Jesús Alejandro Aizpuru Zacarías

El movimiento que hoy encabeza el Partido de la Revolución Democrática, comenzó como respuesta a una inconformidad social en contra de las políticas públicas y la forma de gobierno que ejercía el Partido dominante durante la década de los ochenta. El PRD nace como un partido en el cual convergen diversas organizaciones y movimientos de izquierda, buscando rescatar los ideales de la corriente revolucionaria a través de políticas sociales en pro de la clase trabajadora y de clases sociales bajas, convirtiéndose así, en una opción real de gobierno.

La izquierda mexicana, durante muchos años, luchó por alcanzar la condición de partido político influyente, y no solo figurar como un conjunto de movimientos aislados y generalmente anárquicos, al lograrlo, luchó para ser considerada una verdadera opción de gobierno. Después de alcanzar esos ideales, trabajó para llegar al poder y una vez alcanzado ejercerlo de acuerdo a los ideales y valores sociales que representaba; sin embargo, pareciera que al llegar al fin último que buscó, enfermó. Con la enfermedad los síntomas se hicieron presentes, y posteriormente llegaron los padecimientos.

Comenzaron los “dolores de cabeza” y de “estómago”, pequeñas molestias en diferentes partes de su organismo llegaron, después vinieron “fuertes dolores musculares”, se sumaron pequeñas «erupciones» en algunos sectores, lo que ocasionó una debilidad generalizada, para finalmente atacar funciones vitales ocasionando «hemorragias» internas, pero sobre todo, externas.

Hoy la izquierda mexicana se encuentra totalmente alejada de los ideales que le dieron origen; personajes mesiánicos enfermos de poder, escándalos de corrupción, incapacidad para gobernar y enfrentar al crimen organizado, y el uso arbitrario y desmedido de la fuerza, son solo una muestra de los padecimientos que sufre la izquierda.

Lo sucedido en el estado de Guerrero, específicamente en el municipio de Iguala, es ejemplo claro de la incapacidad, o más bien de la complicidad y opacidad con la que “gobierna” el PRD en esa región. Un Gobernador incapaz de gobernar, de dotar de seguridad a los ciudadanos, de garantizar el mínimo ejercicio de los derechos humanos; sumado a un “narco Alcalde”, directamente ligado con diversos homicidios en contra de sus adversarios políticos, y a quien se le relaciona con diversos grupos del crimen organizado, son el resultado de la descomposición de esta corriente ideológica.

Los indicios arrojan algo lamentable y que nos duele a todos los ciudadanos: que la policía y el presidente municipal intervinieron en un crimen aterrador. Inmediatamente surgen las interrogantes: ¿Deben desaparecer las policías municipales? ¿Debieran centralizarse las tareas de seguridad? ¿Se están atacando los problemas de raíz, o simplemente tratamos de curar con «aspirinas» una enfermedad crónica degenerativa?

Como podemos ver, estos gobiernos de Guerrero –lamentablemente emanados de la izquierda– representan lo más nauseabundo de la política, algo por lo que evidentemente no lucharon personajes como Cuauhtémoc Cárdenas, Ifigenia Martínez, Heberto Castillo y Gilberto Rincón Gallardo, entre muchos otros políticos de la izquierda mexicana.

Estos atroces actos ponen al Estado mexicano a prueba. De nueva cuenta los reflectores internacionales están encima, la Organización de las Naciones Unidas y la OEA han demandado el esclarecimiento de los hechos en Iguala, algo que sin duda debe llevar a cabo el gobierno, y a lo cual, la izquierda debe obligarse a dar respuesta, no buscando justificar o deslindarse de los personajes centrales, sino, por el contrario, condenar estas acciones, asumiendo su responsabilidad y proponiendo acciones claras específicas y contundentes en contra de los responsables, solo así, podrá comenzar a tratar de fondo «la enfermedad» que le aqueja.

Como es costumbre, agradezco el valor de su lectura y los espero una vez más la próxima semana.