Advertencia: Este es un relato de ficción.

El lunes 3 de junio de 2024, el Presidente se asomó al balcón central de Palacio Nacional. No había dormido casi nada y estaba por salir a su conferencia matutina para anunciar el triunfo de la candidata oficial. Contemplando al Zócalo, recordó sus luchas pasadas.

Evocó cómo en 2006 no estuvo dispuesto a que le arrebataran el triunfo que él pensaba haber obtenido. Bloqueó durante meses Paseo de la Reforma; se autoproclamó Presidente; nombró un gabinete alterno; sus huestes estuvieron a punto de impedir por la fuerza, la toma de posesión en la Cámara de Diputados del nuevo Presidente. Luego, continuó su peregrinaje por todo el país, para nuevamente ser candidato a la presidencia en 2012. Volvió a perder, pero sería la última vez.

La noche del 2 al 3 de junio había estado muy agitada. En las primeras horas de la madrugada, los resultados del PREP daban ya una ventaja importante a la candidata presidencial de la oposición. Entre un 3% y un 5% de votos más que la candidata oficial.

La presidenta del INE recibió una llamada de Palacio Nacional a las 2 de la mañana. A las 2.30 a.m. se suspendió la publicación del PREP aduciendo fallas técnicas por cortes en el suministro eléctrico de la CFE, empresa dirigida por el Lic. Bartlett. “Se cayó el sistema” fue la explicación escueta. De nada sirvió la inconformidad de algunos de los Consejeros Electorales.

Para el miércoles 5, el conteo de las actas seguía arrojando una ventaja para la candidata opositora, pero llovían las impugnaciones de las casillas donde había ganado esta.

Pero el Presidente no estaba dispuesto a dejar que la oposición regresara al poder que con tanto esfuerzo había logrado conquistar. Había ejercido toda la fuerza del Estado a su alcance, utilizando el reparto de dinero a través de los programas sociales para comprar votos; mediante alianzas con la delincuencia organizada; y operando a través de todos los gobernadores del bloque oficial. El Presidente se asomó al Zócalo una vez más y pensó: “no nos sacarán de aquí”.

En las siguientes semanas, entre protestas de la oposición y movilizaciones de las dos candidatas, la presión para forzar a las autoridades electorales a dar un fallo favorable al partido oficial dio fruto. La candidata oficial fue declarada presidenta electa.

Unos días antes de entregar la banda presidencial, el Presidente saliente le avisó a la nueva Presidenta que pensaba quedarse en sus habitaciones de Palacio Nacional hasta que “se calmaran las aguas”, para seguirla apoyando en todo momento.

Así llegó el primero de octubre entre numerosas protestas. Se llevó a cabo la transmisión de poder sin que la oposición pudiera hacer gran cosa.

El día después de la toma de posesión, se encontraba la nueva Presidenta en el despacho presidencial. Sin anunciarse, el expresidente entró al despacho, se acomodó en la silla de enfrente y le dijo: “Felicidades. Ahora a gobernar.  Lo primero es anunciar que todos los proyectos de mi sexenio continuarán hasta su terminación. “

A continuación, el expresidente le entregó una relación de las reformas constitucionales que se requerían y una lista de personas que había que nombrar en la nueva administración. Luego, le dio una larga lección de historia recordando el prolongado gobierno de Juárez y cómo Cárdenas se había equivocado al no apoyar a Mújica. La nueva Presidenta lo escuchó pensativa, cabizbaja, y tomó nota sin decir casi nada.

Afuera, los ciudadanos reclamaban fraude en las principales ciudades del país, ese emblemático 2 de octubre, cuando se recordaban los excesos del autoritarismo de Díaz Ordaz y el PRI en 1968.

Terminada la reunión, el expresidente se fue a gozar de los murales de Diego Rivera y pasó un momento a lo que habían sido las habitaciones de Benito Juárez. Probablemente él también moriría en Palacio Nacional cuando le llegase su tiempo. Pero regresar a su rancho, eso no.