Luis Muñoz Fernández

En “Los fines de la medicina”, documento relevante del Centro Hastings de Bioética, sus autores se preguntan qué puntos de vista y qué límites se deberían tener en cuenta en el diálogo entre la medicina y la sociedad, qué clase de respeto deben los médicos a sus pacientes y viceversa, cómo debería la medicina moldear las costumbres, prácticas y valores que inculca a sus estudiantes, cuáles deberían ser estos valores, cómo puede mantenerse la medicina fiel a sus propias tradiciones y a la vez discernir qué cambios en el conocimiento científico o los valores sociales exigen una transformación fundamental de sus propios valores.

Aquí en Aguascalientes llama poderosamente la atención que interrogantes como las planteadas en el párrafo precedente, fundamentales para los médicos y los ciudadanos, no se hayan tratado nunca en los espacios y órganos propios de nuestro gremio.

En lugar de aprovechar la oportunidad, lo más probable es que en el Día del Médico, que se celebrará este 23 de octubre, volvamos a escuchar la voz cansina de un representante de la profesión o de un reputado líder de opinión emitiendo declaraciones sobadas sobre la sagrada vocación de los galenos, la delicada misión de las escuelas de Medicina y la nobleza de la profesión médica. Ninguna reflexión sustanciosa, de hondo calado. Mucho menos un proyecto gremial verdaderamente trascendente que impulse la superación de la medicina local para beneficio de la sociedad. Las motivaciones y los intereses son otros.

Debe ser por eso que cuando se planeaba la celebración del centésimo décimo aniversario del Hospital Hidalgo, durante una reunión para definir el programa académico de los festejos, recibí una mirada reprobatoria y un silencio sepulcral como primera respuesta a mi proposición de celebrar un debate público sobre los objetivos del Hospital y su papel dentro de la sociedad aguascalentense, tanto en la enseñanza como en la práctica de la profesión. La segunda respuesta fue ya no ser invitado a esas reuniones. Muerto el perro, se acabó la rabia.

Como bien ha señalado el doctor Leonardo Viniegra, la reflexión y el debate sobre el quehacer cotidiano de la profesión médica y la implementación de las medidas de mejora pertinentes son el motor principal para elevar su nivel más allá de la rutina y el interés pecuniario, acercándola así a sus ideales más nobles. No hacerlo la condena a permanecer estancada en lo científico, en lo clínico y, sobre todo, en lo ético. Triste realidad.

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