Aguascalientes, Ags., 14 de octubre de 1914.
La histórica sesión de hoy inició con la aprobación de varias credenciales que estaban pendientes. Una de las más discutidas fue la del capitán Clemente Osuna, expedida por el señor Jesús Valdés Leal, que a su vez fue habilitado por el general Domingo Arrieta. Eulalio Gutiérrez, que hizo uso de la palabra, se opuso a que se aprueben casos como éste. “No solamente hemos visto que hay compañeros que han delegado sus facultades en determinadas personas -expresó-, sino que éstas, a su vez, lo han hecho en una tercera, y así sucesivamente; y de esta manera mañana no sabrán los señores generales en poder de quién estarán sus representaciones. Qué, ¿no creen ustedes que es algo bueno lo que debemos discutir aquí?, ¿no creen ustedes que es algo patriótico, algo honrado? ¿No sabemos perfectamente bien que en esta cámara donde estamos -que bien puede llamarse así-, estamos discutiendo los grandes problemas nacionales? ¿Entonces, por qué, si es así, hay algunos generales que andan embriagándose o están en algunas partes que no puedo decir, ahora en México o en otras partes, por no venir a atender los asuntos nacionales?”
“Si empezamos así -continuó-, ya no dudo ni por un momento que esta Asamblea, en unos cuantos días más, se convertirá en una Asamblea de cargadores”. Gutiérrez hizo su proposición por escrito, que pese a los aplausos que recibió su discurso, no fue aprobada.
A continuación, Julio Madero y Roque González Garza presentaron una propuesta en la que se pedía que “los generales, gobernadores, jefes políticos o los representantes de los mismos, una vez aprobadas sus credenciales por esta Convención, no podrán transferir su representación sin permiso de la Asamblea. Dicha propuesta fue aprobada luego de agregarle una modificación sugerida por Eduardo Hay, en el sentido de que se refiere a las personas que ya están en la Convención.
Posteriormente, el secretario leyó una propuesta suscrita por Eduardo Hay, Roque González Garza y Alfredo Rodríguez, en la que se pedía que la Asamblea se declarara en Convención y que sea soberana.
Cabe aclarar que dicha proposición causó cierta extrañeza entre los delegados, debido a que justamente ayer, Roque González Garza se opuso a ello, basándose en que todavía no están presentes los zapatistas.
Como era de esperarse, y ya sin la oposición villista, la propuesta fue aprobada sin discusión, y acto seguido, se procedió a elegir nueva Mesa Directiva, resultando electos los siguientes: para presidente, el general Antonio Villarreal; para vicepresidentes, José Isabel Robles y Pánfilo Natera; para secretarios, Samuel M. de los Santos, Marciano González, Mateo Almanza y Vito Alessio Robles.
Los elegidos se situaron en sus lugares, y uno de los secretarios declaró: “Toma posesión la Mesa de la Gran Convención Pacifista, que se declara soberana”, aunque luego el presidente rectificó en el sentido de que sólo se declarará soberana una vez que la Asamblea haya jurado. Acto seguido, se anunció que se mencionarían los nombres de los delegados y éstos pasarían a firmar.
A continuación, el general Antonio Villarreal, presidente de la Asamblea, procedió a jurar. Éstas fueron sus palabras: “Ante esta bandera, por mi honor de ciudadano armado, protesto cumplir con las decisiones de esta honorable Convención”.
Mientras que la Mesa Directiva hacía lo propio, un delegado propuso que como respuesta se agregara lo siguiente: “Y si no lo hiciéreis, que la Nación os lo demande”.
Después de la Mesa Directiva juraron todos los delegados; mientras lo hacían, Enrique Paniagua propuso: “Estamos ante el altar de la Patria haciendo un juramento solemne, y pido que todos los que estén sentados se paren”. Luego agregó lo siguiente: “Vuelvo a decir que este acto es esencialmente patriótico y de inmensa importancia: y no veo justo que alguno o algunos de los señores delegados hayan abandonado este salón, donde todos estamos de pie, ante este altar santo de la Patria, y anden por los pasillos. Yo pido que vengan a ocupar su lugar”. Ambas propuestas fueron aplaudidas.
Por lo demás, la ceremonia transcurrió en medio de un impresionante silencio y revestida de la mayor solemnidad, cosas estas que provocaron que más de un par de ojos se vieran preñados de lágrimas, fruto de la emoción.
Una vez que los delegados hubieron jurado, el general Villarreal hizo la siguiente declaración: “Terminada la jura de esta bandera, la protesta de honor que hemos empeñado y rubricado el acto trascendental de unirnos para hacer cumplir todo lo que aquí aprobemos, pasamos a declarar solemnemente instalada esta Convención y a declararla con mayor solemnidad aún: Soberana”.
Luego de que los aplausos terminaron, el general Villarreal pronunció un sentido y trascendental discurso, del que, por su importancia, entresacamos los siguientes párrafos:
“Grandes, trascendentales, serán los resultados del acto a que asistimos; nuestro país muy pronto sabrá apreciar los beneficios de la labor que aquí hacemos nosotros. Nuestros desdichados valores que decaen en el extranjero, donde se duda, donde se tenía casi la certidumbre de que los mexicanos éramos incapaces de vivir como hombres cultos; quizá con estos actos se cambie de opinión, y nos vuelvan a considerar como hombres que sabemos ser ciudadanos y como ciudadanos que sabemos ser libres en medio de la paz.”
Villarreal consideró que estos “despreciados valores mexicanos” habían tenido un repunte considerable al decidirse realizar la Convención “para discutir, para acordar, para cambiarnos ideas como gentes que piensan, pero no será únicamente el alza de valores el resultado eficiente que nos han de dar estas labores, que eso nos ha de alegrar, no por el beneficio que reporte a los potentados, sino porque con esa alza de valores ayudaremos también y muy principalmente a los hambrientos que, debido a la situación lamentable de nuestro país, y debido a la depresión espantosa de nuestra moneda, no pueden, les es imposible por la falta de trabajo, atender a la subsistencia, atender a cubrir sus más imperiosas necesidades”.
“Declarados en Convención Soberana -dijo Villarreal en un discurso interrumpido por los aplausos hasta en 28 ocasiones-, declarados en Poder inapelable de la República, bien podemos ya, señores, hacer que la tranquilidad vuelva, hacer que la paz renazca, que las hostilidades se suspendan, que no se derrame más sangre hermana, que vayamos todos a abrazarnos con efusivo amor y a hacer promesas por no ser más salvajes, hacer promesas por ser civilizados, por ser patriotas y por ser verdaderos amadores de los destinos nacionales.”
“Las guerras que no se justifican ante las exigencias del progreso -continuó el flamante presidente de la Convención-; las guerras que no vienen a liberarnos, que no vienen a darnos algo más, algo que vale más que las libertades: el bienestar económico, la redención verdadera de los que han padecido hambre; las guerras que sólo sirven para saciar ambiciones; las guerras que son incendiadas por personalismos; las guerras que se producen en el arroyo de las infamias y de las bajas pasiones, señores, son criminales. Y nosotros en este momento, en que hemos comulgado con los principios, provocásemos la guerra, todos nosotros seremos criminales.”
Se refirió Villarreal a los dirigentes de facciones declarando lo siguiente: “la revolución no se hizo para que determinado hombre ocupara la Presidencia de la República; la revolución se hizo para acabar con el hambre en la República Mexicana.
Posteriormente, Villarreal habló de la vergonzosa intervención yanqui en Veracruz. “En estos momentos de recogimiento -expresó-, debemos pensar, debemos, interpelando a nuestras conciencias, confesar que tenemos muchos mucha culpa de que todavía en Veracruz flote el pendón de las barras y las estrellas. Si nos hubiéramos pacificado al terminar esta revolución con el derrumbamiento de la infame dictadura huertista, las buenas intenciones mil veces manifestadas y por mil motivos de creerse del gobierno americano, quizá ya se hubieran cumplido y en estos momentos podríamos con todo alborozo llamar a México verdaderamente libre e independiente”.
“Hoy es el tiempo de que podamos hacer de hecho lo que tanto hemos anhelado, hoy es el tiempo en que podemos consagrarnos a esas labores que son indispensables para que, al llegar el período constitucional, esté nuestro país en vías de gobernarse por sí mismo; en el período preconstitucional nosotros debemos con mayor empeño, procurar aniquilar al enemigo, al verdadero enemigo de todos nosotros: a la reacción, que nos acecha de nuevo, esperando el momento en que con nuestras discordias, nos debilitemos para volver a levantar su cabeza maldita y vuelva a entronizarse con sus infamias en el poder de México.”
“La Constitución nos prohíbe que confisquemos, por eso queremos vivir un poco tiempo sin nuestra Constitución. Necesitamos arrebatar al enemigo los fondos de donde ha de surgir la nueva revolución reaccionaria, necesitamos arrebatarle sus propiedades, necesitamos dejarle en la impotencia, porque ese enemigo sin oro es un enemigo del que podemos burlarnos implacablemente.
Nuestro enemigo fue el privilegio -prosiguió Villarreal-, el privilegio sostenido desde el púlpito por las prédicas del clericalismo, en forma de clericalismo anticristiano que tenemos en esta época de vicios, asociado también al militarismo de cuartelazos, que hemos visto que cae avergonzado, humillado, y que lo hemos visto dispersarse, para que sin los cuartelazos, sin la orden superior, sin la organización previa, quede completamente incapacitado para volver a enfrentar al ejército de ciudadanos armados.
“Se ha hecho, se ha procurado, arrebatar a los ricos lo que los ricos habían arrebatado a los hambrientos; pero no se ha hecho con orden, ni lo arrebatado ha aumentado el caudal de la República en gran proporción. Debemos hacerlo en orden, debemos hacerlo sabiamente para, con esas riquezas recogidas, pagar, que bien podemos hacerlo, todas las deudas de la guerra, y cubrir, que también podemos hacerlo, todas las necesidades para asegurar el futuro económico de la Patria.”
Refiriéndose al clero, el general afirmó que “hemos de arrebatarle también los bienes que ha adquirido, amparado con la política de conciliación del general Díaz. El clero tiene derecho únicamente a poseer los templos consagrados al culto, pero no tiene derecho a poseer, como posee, conventículos y hermosos edificios consagrados a lo que ellos llaman enseñanza, que no es otra cosa que la perversión del criterio de los niños”.
En lo que toca a la libertad de conciencia, Villarreal declaró que “en el período agitado es muy justo, y así se ha hecho, castigar a la clerigalla que se asoció a Huerta; castigar al catolicismo que dio dinero con que pudiera el clero fomentar el gobierno de Huerta; pero pasado el período agitado, nosotros, como buenos liberales, debemos respetar todos los cultos; pero no permitir que nuestra niñez sea envenenada. Es más trascendental prohibirle al clero la enseñanza, que prohibirle la religión; que sigan rezando, que sigan predicando; pero que no enseñen mentiras”.
“Aniquilaremos a nuestros tres principales enemigos: el privilegio, el clericalismo y el militarismo, podremos entrar de lleno al período constitucional que todos anhelamos. Discutamos con energía, hagamos con energía que quede reducido el fraile a su iglesia, el soldado a su cuartel, en tanto que el ciudadano, dios de la República, quede en todas partes.”
En lo que toca al nuevo Ejército Nacional, Villarreal pidió que “abriguemos temores por su futuro; más bien que temores, velemos su despertar, cuidemos su organización, estemos pendientes de los vicios que empiecen a observarse en él, tengamos siempre presente que somos ciudadanos armados en estos momentos, y que queremos formar un ejército que sea el aseguramiento de las libertades, y no el ejército de los cuartelazos y el sostenedor de las tiranías”.
Finalmente, Villarreal declaró lo siguiente: “que no sean los caprichos de los caudillos los que han de lanzarnos a la guerra, que sean las exigencias de los principios, los dictados de la conciencia. Tengamos el valor de decir; que primero son los principios que los hombres; tengamos el valor de proclamar que es preferible que se mueran todos los caudillos por tal de que salvemos el bienestar y la libertad de la Patria”.
Luego de que Villarreal terminó su histórico discurso, la sala se llenó de vivas a la revolución y a la Convención. Acto seguido, se interpretó el Himno Nacional, que los presentes entonaron henchidos de fervor patrio.
Posteriormente, hicieron uso de la palabra los delegados Eduardo Hay, Álvaro Obregón, Marciano González, Roque González Garza y Guillermo Castillo Tapia. Hay relató la forma como se hizo revolucionario en Guadalajara, cuando en 1907 fue testigo de la injusticia de la dictadura porfirista cometida en contra de los yaquis, que por miles fueron trasladados a Yucatán. Luego habló de su militancia al lado del señor Madero, y de la traición de que éste fue víctima. A continuación se refirió a esta Convención: “aquí tenemos la futura felicidad de la Patria -dijo-; aquí hemos puesto una lápida sobre todas las pasadas tiranías; pero nosotros debemos percatarnos de la responsabilidad inmensa que tenemos sobre nosotros; cada uno de nosotros va a ser parte de un gobierno; y, ¡ay de aquel que no cumpla con sus promesas! Nosotros podemos estar orgullosos y lo estarán nuestros hijos, de que nuestros nombres figuren en esta Convención, porque esta Convención tendrá más importancia que el Congreso de Constituyentes de 1857. Nosotros hemos venido como producto de la sangre y debemos devolver a la sangre toda la libertad del pueblo”.
“Vamos a salir por la puerta de esta Convención para entrar en un gobierno transitorio que será la base para el Gobierno Constitucional -aseveró-, y vamos a salir limpios de todos reproches, limpios de todo crimen.”
“Vamos a entrar en un gobierno de transición, en un paso necesario para poder llegar al Gobierno Constitucional; pero este gobierno de transición no va a ser como el Gobierno de De la Barra; esta Convención no puede compararse al convenio celebrado en Ciudad Juárez, donde el enemigo del pueblo y el amigo del pueblo se estrecharon las manos; no, de aquí salimos para cumplir con los ideales de la revolución, de aquí salimos no para ligarnos con el clero, o con el poderoso que ha extorsionado al pobre, no para ligarnos con el enemigo del pueblo, sino que aquí nos ligaremos con el pueblo, con el hombre honrado, con el trabajador, con el que lleva el arado a través de la tierra, con el fabricante que quizá sea poderoso, pero que nunca ha abusado del pobre. Debemos nosotros defender el poder cuando sea empleado en ayuda del pobre, así como debemos destruir el poder cuando sea empleado para destruir al pobre. No vamos aquí, en este período de transición, a dar la mano al enemigo en la forma del clero, que ha perseguido todos los ideales puros del pueblo.”
Más adelante, en una serie inagotable de maldiciones, el general Hay advirtió: “Maldito sea el gobierno de transición que vaya a dar preferencias a determinado grupo; maldito sea el gobierno de transición que tenga preferencias por determinados ricos; que vaya a la silla a favorecer al antiguo amigo, olvidando los deberes que tiene para con el pueblo de ahora; que no sea capaz de despojarse de sus afectos, de sus amistades, de sus relaciones de familia y que sea capaz de llevar allí el nepotismo, de llevar a los mejores puestos a sus amigos, en vez de a los hombres que lucharon por la causa del pueblo, y que, por lo tanto, saben sentir por la causa del pueblo. Y malditos sean también aquellos que habiendo un gobierno emanado de esta Convención, no lo sostengan honradamente. Que la sangre toda que se ha derramado para poder llegar a esta Convención; que los huesos que han servido de abono durante años y años a las tierras de nuestra amada Patria, sean azotados a la cara de esos que van a traicionar a nuestra causa sagrada”.
Ya para concluir, el encendido general Hay dijo: “señores, les ruego que en adelante todas las votaciones que tengamos, en todos los actos, en todas las palabras, os preguntéis siempre: ¿esto que digo es patriotismo?, ¿esto que hago es patriota?, y si después de habernos preguntado eso os respondéis: sí es patriótico, entonces adelante, aun cuando os cueste la cabeza”.
Luego que la décimo segunda salva de aplausos con que los delegados interrumpieron el discurso de Hay terminó, fue el general Álvaro Obregón el que se posesionó de la tribuna. Comenzó diciendo que ayer él era, moralmente hablando, un cadáver, porque consideraba que los revolucionarios no eran dignos de tener un país libre. Esto, debido a las divisiones en el movimiento constitucionalista al triunfo de la revolución.
“Hoy, señores -anunció-, ya puedo morirme, porque he podido justificarme ante la faz del mundo, que soy hombre leal, que soy hombre honrado; que no traiciono a Carranza; que no traiciono a Villa; que no traiciono a mi Patria, y que mi vida será para ella”.
“Este solemne juramento, señores, que hemos hecho hoy, este juramento no debemos olvidarlo; no debemos olvidar esta enseña, no debemos olvidar a ese héroe, ese héroe que está presenciando este acto sublime, ese Gran Morelos -exclamó refiriéndose a la figura pintada en el arco que divide el foro del patio de butacas-.
A continuación, el sonorense hizo un poco de historia y contó cómo en una ocasión, al visitar un campo de batalla en el que yacían innumerables muertos, se encontró con un perro que velaba el sombrero y los restos de su dueño. Luego platicó que posteriormente un oficial quitó el sombrero de su lugar y lo tiró en otra parte. “Algunos días después pasaba por ese sitio acompañado del mayor Julio Madero, y hemos encontrado que el perro había buscado su sombrero y continuaba velando por su compañero. Os invito, mis queridos hermanos, a que siempre que se lleguen los momentos solemnes, recordemos y digamos: seamos los perros que velemos por nuestros muertos”.
Marciano González, por su parte, dijo que éste era “el momento sociológico en que es necesario que las almas de la multitud se crispen, que reclamen justicia. Mañana la Historia será otra, hoy los hombres somos unos. Hemos jurado, señores, hemos escrito, como nadie lo ha hecho, nuestros nombres en lo más blanco, en lo níveo de nuestra enseña Patria, ¡pensad en estos caracteres! Que sean, señores, como los borbotones de sangre que con todo placer vayamos a derramar en holocausto ante la Patria, cuando ella gime y cuando ella sufra”.
Finalmente exclamó: “Señores, que el espíritu del bueno, que el espíritu del mártir, que, como San Pablo, fue el primer cristiano; Madero, el primer mártir de la democracia, venga aquí y extienda sus alas y purifique nuestra atmósfera en todo el territorio y nos dé vitalidad eternamente”.
Para terminar, Roque González Garza señaló las motivaciones de su representado, el general Francisco Villa. “El punto principal, el objetivo trascendente de la División Norte y de su Jefe, no es ni ha sido otro, que el de procurar para la República una forma de gobierno provisional que afirme por lo pronto la paz interior, que asegure el crédito nacional, que satisfaga las necesidades y las ansias del pueblo y que en estos momentos de desorientación y, ¿por qué no decirlo?, de anarquía, de ambiciones mal satisfechas y de recompensas injustas por lo excesivas, pueda aplacar estas ambiciones, remediar las injusticias, imponer el orden y moderar el desenfreno y darle al pueblo la tierra que nos está pidiendo a gritos, desde hace luengos siglos, mientras se prepara, con la mayor brevedad posible, el advenimiento del Gobierno Democrático Constitucional”.
“Penetrado el ciudadano general Francisco Villa de los graves inconvenientes que podría traer para el país el predominio de un jefe militar o de una junta de militares -continuó-, absorbiendo absolutamente todos los poderes, aspira a que la representación nacional la asuma una persona civil, y que los revolucionarios, ya sea con su carácter militar o con su colaboración en el sentido de las reformas imperiosas económicas y sociales, ayuden a ese gobierno a establecer la paz en la República, la organización del Ejército y la resolución del Problema Agrario, hasta que se pueda convocar a una elección democrática de genuinos representantes del pueblo, de gobernadores de los estados y de presidente constitucional”.
“Existe también, señores -agregó-, una ingente necesidad que apremia resolver, sin demoras y sin complacencias: el establecimiento de la justicia en toda la República; para que corrijan nuestros mismos desmanes, para que refrenen los impulsos malsanos de aquellos revolucionarios que olviden sus deberes; para darle a la sociedad garantías y para que la revolución entre de lleno en el espíritu y en el amor de los más descontentos.
Al terminar la histórica sesión, la Asamblea aprobó que en todos los edificios públicos del país se ice mañana el pabellón nacional para celebrar la apertura de esta Convención. (Felicitaciones, ampliaciones para esta columna, sugerencias y hasta quejas, diríjalas a carlos.migrante@gmail.com).