México, D.F., a cinco de octubre de 1914. Hoy, la Asamblea de generales y gobernadores debió posponerse de la mañana a la tarde, debido a que a la hora en que los delegados debieron hacer acto de presencia en el salón de sesiones de la Cámara de Diputados, no fue posible reunir el quórum necesario para el inicio de los trabajos.
Mientras la mañana transcurría, y ante la ausencia de los representantes, se suscitaron diversos comentarios entre los presentes en la sede de la asamblea. Unos afirmaban que los generales Obregón y Hay ya se habían trasladado a Aguascalientes, mientras que otros opinaron que su ausencia significaba el fracaso de la Convención y la negativa de los representativos a aprobar la propuesta de la Comisión Permanente de Pacificación de que informamos ayer.
Sin embargo, poco después del medio día, la Mesa se instaló en el presídium, y el presidente de la Asamblea, en esta ocasión el general Francisco de P. Mariel, declaró que ante la falta de quórum citaba a sesión para las 15 horas.
A pesar de los rumores de la mañana, la sesión se inició a la hora programada, con la presencia de los supuestos ausentes.
Luego de la apertura, el secretario leyó la siguiente proposición: “Primero: Diríjanse telegramas a los ciudadanos José María Maytorena y Francisco Villa, pidiéndoles pongan en inmediata libertad a los ciudadanos que por causas políticas mantienen presos en Hermosillo y en Chihuahua.
“Segundo: Nómbrese una comisión que atentamente pida al Primer Jefe del Ejército Constitucionalista ordene sean puestas en libertad las personas que se hallan en la penitenciaría por asuntos políticos, y que pertenecen a la División del Norte”.
El coronel Guillermo Castillo Tapia subió a la tribuna en defensa de la propuesta. “No es justo que los que combatieron por la libertad, los que han luchado para derrocar una tiranía infame, estén presos, mientras que por la gran avenida de Plateros continúan paseando tranquilamente los “científicos” -dijo-.
La moción fue aprobada y la Asamblea se abocó a la discusión sobre si se iría a Aguascalientes o no. En defensa tomó la palabra el multicitado general Eduardo Hay. Refiriéndose a los incidentes en que se vio envuelto el general Obregón en su viaje a Chihuahua, dijo que este miembro de la Comisión “no llevó en su bolsillo ningún documento que le garantizara la vida, y si hoy se encuentra entre nosotros, ello no prueba otra cosa que la buena fe y la honradez de algunos jefes, tal vez todos los de la División del Norte”. Más adelante agregó que entre dichos jefes existen personas de irreprochable honorabilidad, como los generales Eugenio Aguirre Benavides y José Isabel Robles.
Hay terminó su intervención señalando que lo afirmado por el abogado Luis Cabrera, en el sentido de que los militares representaban a 150,000 soldados, mientras que los civiles eran portavoces de millones de ciudadanos, era un sofisma, porque estos delegados también representaban a personas y grupos concretos.
Luego vino una digresión en el tema a debatirse, cuando la Mesa dio lectura a una moción presentada por los delegados civiles, entre ellos el licenciado Cabrera, en la que renunciaban al derecho de asistir a la Convención, dejando en manos de los militares la solución de los “graves problemas del país”, propuesta que fue aprobada por unanimidad y sin ninguna discusión.
A continuación, el jurisconsulto Cabrera subió a la tribuna en apoyo de la propuesta. Declaró que había tres razones por las cuales se excluía a los civiles: no representaban al elemento revolucionario; estorbaban; y, en el momento de la lucha no estarían presentes.
Cabrera advirtió a la Asamblea del peligro que significaba la exclusión de los civiles, que sintetizó en la tendencia a militarizarse por parte del elemento revolucionario. “Se convierten en autómatas si son subordinados o en absolutos dominadores cuando son jefes -explicó-; y por consiguiente, toda obsesión que encuentran, toda intervención que hallan en el camino de su actividad, aun cuando sea para traerlos a la razón y aun cuando sea para advertirles del peligro u orientarlos mejor en el conocimiento de los hechos, la interpretan inmediatamente como un estorbo a sus propósitos y por consiguiente la califican de obstrucción”.
En el que fue su último discurso en la Convención, y que en varias ocasiones fue interrumpido por los aplausos, Cabrera privilegió la participación de los civiles, por contar con un punto de vista más frío y, tratándose de la política, superior al de los militares, a los que calificó como hombres de acción. Impugnó las afirmaciones de algunos de ellos, en el sentido de que los civiles no representaban al elemento revolucionario, y ejemplificó con los casos de algunas personas, comenzando por el Primer Jefe.
Cabrera calificó su participación en estos trabajos como la de traducir en ideas las opiniones de los demás. “Cuando yo he escrito o hablado en público, ninguna idea es mía -aseguró-. Procuro siempre interpretar el sentir de la nación, y si lo he logrado, no es a mí a quien toca calificarlo. Acepto que puedo no conocer el sentir del elemento militar; pero sí conozco el sentir de muchísimos desgraciados, muertos de hambre, infelices que claman por pan en la República, y que no han tomado las armas”.
Luego tocó los temas que se tratarían en Aguascalientes. “Ahí -dijo- van tratarse tres cosas; la forma de gobierno preconstitucional o provisional y su duración: las reformas sociales que efectuará ese gobierno y la manera como se transformará en gobierno constitucional”.
Impugnó a la División del Norte por pretender establecer el gobierno constitucional antes de las reformas, ya que éstas sólo se harán realidad con la fuerza de las armas. “Yo creo -continuó- que si queremos un gobierno legal y constitucional, necesitamos formar una constitución adecuada a nuestras necesidades, y que del seno de la Convención de Aguascalientes debe surgir un Congreso Constituyente, que será tan grande, o más grande que el de 1857, y que ese Congreso será el primero en la historia de la Nueva España y de México que ponga la base de una legislación que vaya de acuerdo con la sangre, con la raza y con las necesidades del indio, y no una constitución copia de la francesa o la de los Estados Unidos”.
Ya para finalizar con su peroración, señaló que “cuando se ven en México hombres que empiezan a pedir un gobierno constitucional, porque nos llamamos constitucionalistas, y quieren que sea ese gobierno el que lleve a cabo las reformas del país, sepan que esos hombres están pretendiendo hacer fracasar la revolución. Yo he repetido que las reformas verdaderamente trascendentales para un pueblo, jamás se han obtenido por medio de la ley, siempre se han obtenido por medio de la fuerza”.
Cuando el Lic. Cabrera terminó de hablar, estalló en el salón una emocionada ovación, tanto por la brillantez del discurso, como por el hecho de haberse librado de su presencia, molesta para algunos. Por su parte, el general Obregón no desperdició la última oportunidad que se le presentaba para refutar a Cabrera y declaró lo siguiente: “Nosotros tenemos más derecho de representar a los civiles que los mismos civiles. Los 14 millones de habitantes de que nos habla el señor Cabrera pusieron por voto unánime en el poder al señor Madero. ¡Y esos 14 millones de habitantes lo dejaron asesinar!”
Finalmente, la Asamblea acordó trasladarse a Aguascalientes y reanudar sus trabajos el día 10. La sesión terminó a las 21 horas. (Felicitaciones, ampliaciones para esta columna, sugerencias y hasta quejas, diríjalas a carlos.migrante@gmail.com <mailto:carlos.migrante@gmail.com>).