Carlos Reyes Sahagún
Cronista del municipio de Aguascalientes

Aguascalientes, Ags., 27 de octubre de 1914.
Sin ningún género de duda, la sesión de hoy ha sido la más importante de la Convención, y al mismo tiempo la más escandalosa, debido al incidente provocado por el zapatista Antonio Díaz Soto y Gama, que -podríamos afirmarlo- estuvo a punto de costarle la vida.
La asamblea abrió a las 10:30 hrs., con el trámite de algunos asuntos pendientes. Luego, el general Antonio Villarreal dio la bienvenida a los delegados zapatistas y acto seguido, Paulino Martínez, que encabeza a los morelenses, hizo uso de la palabra.
“Ilustrado auditorio -comenzó Martínez-, honrado por la Revolución del Sur para hacer saber a la Nación por qué no se ha unido al Primer Jefe del Ejército Constitucionalista, reconociendo su Jefatura, voy a exponer ante esta Honorable Asamblea las razones que aquellos insurgentes de la montaña han tenido para asumir la actitud que hasta este momento están guardando”.
Martínez hizo un recuento de la situación del país bajo la dictadura de Porfirio Díaz. Luego se refirió al señor Madero con estas palabras: “cuando el caudillo de 1910, don Francisco I. Madero, celebró prematuramente su pacto de Ciudad Juárez con los enemigos de la Revolución, todos los elementos sanos quedaron descontentos y altamente decepcionados del que los había llamado a la lucha”.
Apuntó que este descontento se debió a que todo constituyó una farsa, e incluso una traición, porque se pretendió ahogar la energía de la lucha social que comenzaba, pero que este intento, afortunadamente había resultado fallido, “porque las energías de los titanes de esta homérica lucha, que desgraciadamente no termina todavía, estaban en el sur y en el norte de la República; sus genuinos representantes eran Emiliano Zapata en el sur y Francisco Villa en el norte”.
Acto seguido, don Paulino habló de la lucha que en defensa del Plan de Ayala se lleva a cabo en el sur, definiendo este documento como “la condenación a la infidencia de un hombre que faltó a sus promesas, y el pacto sagrado, a la nueva alianza de la revolución con el pueblo para devolver a éste sus tierras y sus libertades, que le fueron arrebatadas desde hace cuatro siglos.
“Tierra y libertad, tierra y justicia, es lo que sintetiza el Plan de Ayala -dijo-, para fundamentar la libertad económica del pueblo mexicano, base indiscutible de todas las libertades públicas; no sillones presidenciales para los ambiciosos de mandos y de riqueza”.
“Por eso no ha podido ni puede reconocer como Presidente Provisional de la República al Primer Jefe del Ejército Constitucionalista. Cree sinceramente el Jefe Supremo de la Revolución del Sur, y con él los generales y soldados que lo rodean, que han sufrido una lamentable equivocación los que han creído que por el hecho de llegar en son de triunfo a la capital de la República, con un Plan de Guadalupe en la mano, podría ese plan imponer a la Nación un Gobierno Provisional, que no era el acuerdo armonioso y leal entre el pueblo y los demás grupos revolucionarios de toda la República”.
Más adelante Martínez invitó a los señores delegados a reflexionar sobre los distintos planes. “El Ejército Constitucionalista enarbola el Plan de Guadalupe; el Ejército Libertador, el Plan de Ayala; aquél tiene por principal objeto -y me atengo a lo escrito- elevar un hombre al poder, atropellando la autoridad del pueblo y los derechos indiscutibles de otros grupos revolucionarios; el Plan de Ayala tiene por principal objeto elevar los principios al rango de leyes, para redimir a una raza de la ignorancia y de la miseria, a fin de que los mexicanos tengan su propio hogar, abundante pan con que alimentarse y escuelas libres donde poder abatir su ignorancia; y si esto es así, como los hechos lo demuestran, los campos están deslindados ya: luchadores de buena fe, escoged”.
Martínez terminó con estas palabras su discurso, que fue muy aplaudido, aunque también pudimos ver algunas caras largas. Todavía no terminaban las palmas, cuando Enrique Paniagua propuso que hablara Antonio Díaz Soto y Gama, uniéndose a su petición otros delegados. El abogado, habilitado como coronel para poder asistir a la Convención, subió al foro, y posesionándose de la tribuna se dirigió a los representantes.
“Señores delegados, público de las galerías -dijo-. Nunca en mi vida he vacilado tanto al subir a esta tribuna, porque ésta es la tribuna de la Nación Mexicana, que habiéndose portado heroicamente, ha puesto toda su sangre al servicio de las causas más grandes que puede haber: la de los oprimidos, de los desheredados, del mayor número, eternamente olvidado en este pobre país”.
Soto y Gama invitó a los delegados a romper con Carranza y con Villa, poniendo el corazón en todos los debates. “Es necesario que se prescinda de fórmulas parlamentarias de pactos que segregan -aseguró-; es necesario elevarnos a la altura de nuestro deber; que las sesiones sean públicas; es necesario que se invoquen símbolos que sean respetables; pero temo mucho que no se lleve en el alma el patriotismo, cuando parece necesario recurrir todos los días a las farsas, que me parecen mucho farsas de iglesia”.
“Aquí venimos honradamente. Creo que vale más la palabra de honor que la firma estampada en este estandarte, que al final de cuentas no es más que el triunfo de la reacción clerical encabezada por Iturbide”.
Yo señores, jamás firmaré sobre esta bandera -aseguró, mientras en el patio de butacas comenzaban a escucharse los gritos de varios delegados-. Estamos haciendo una gran revolución que va expresamente contra la mentira histórica, y hay que exponer la mentira histórica que está en esta bandera; lo que se llama nuestra independencia, lo fue de los criollos y de los herederos de la conquista, para seguir infamemente burlando al oprimido y al indígena…
Como Soto y Gama siguiera estrujando la bandera, los gritos arreciaron y el orador debió suspender su discurso, a pesar de que también él subió el tono de voz para hacerse oír. Los insultos incontenibles de decenas de bocas se mezclaron con el ruido de la campanilla, que Villarreal hacía sonar inútilmente para restablecer el orden, al tiempo que varias pistolas salían a relucir, y apuntaban amenazantes al sacrílego orador. Algunos lo llamaron traidor, otros exigían que bajara de la tribuna, pero en general eran tantos los que gritaban, y tan fuerte, que difícilmente pudimos comprender lo que decían.
Mientras esto ocurría, en las galerías, al ver las armas fuera de sus fundas, se produjo una estampida de personas que, poseídas por el miedo, luchaban por abandonar el teatro ante la balacera que veían venir, y que sin duda alguna, hubiera significado el fin de la Convención. Sin embargo, la prudencia demostrada por Samuel de los Santos, Eduardo Hay, Mateo Almanza, Antonio Villarreal y otros, evitó la tragedia. Una vez que el orden fue restablecido, Soto y Gama continuó hablando.
Lamentó que la Asamblea lo haya malinterpretado. Aclaró que a lo que se refería era a que se usara la bandera para lo que calificó como una “farsa para maquinaciones políticas”. Señaló que posiblemente la Asamblea no conocía la historia del país, así como para darse cuenta de lo que significaban sus palabras. “Vengo yo a echar en cara a esta Asamblea que su deber es defender a esa raza oprimida y no olvidar que esa raza no está emancipada, no olvidar que la verdadera revolución no es la de la raza blanca aquí reunida. Nosotros somos los aficionados de la política, los diletantes de la revolución; y los verdaderos hombres que han hecho la revolución, para quienes se ha hecho, son tan esclavos como antes del Plan de Iguala” -declaró.
Soto y Gama denunció la maniobra de Luis Cabrera para ratificar en la Primera Jefatura a Carranza, al que calificó como “el hombre funesto que ha impedido que la revolución llegue a su fin”. Esto, aunado al ultraje a la bandera, constituyen “un cordel para amarrar a todos en un grupo, y que sigan cometiendo la gran locura que juzgará la Patria Mexicana; poner a un hombre por encima de la revolución; hacer creer que el señor Carranza personifica a la revolución; que sin él ésta no existe, que sin él se sacrifica todo; que sin el Plan de Guadalupe se sacrifica la Patria”.
Finalmente, el encendido orador exhortó a los presentes para que, con la bandera en la mano, impartan justicia y emancipación a los humildes.
Pese al desprecio que provocaron en los presentes las primeras palabras del delegado Díaz Soto y Gama, su discurso fue saludado con una estruendosa salva de aplausos, que cuando terminó, permitió que Eduardo Hay hablara.
Antes de que éste iniciara con su peroración, los delegados volvieron a aplaudir, ya que al subir al foro, previamente, Hay besó la bandera. Al hacer uso de la palabra, felicitó a la Asamblea por su patriótico comportamiento durante el penoso incidente. “Habéis sabido tener calma en momentos críticos y habéis demostrado al mundo entero y a la Nación que puede haber aquí elementos armados que están aquí con la pistola al cinto, y que no son capaces de disparar un tiro mientras no sea en defensa de la Patria” -dijo.
En otra parte de su discurso, Hay señaló la disposición de la Asamblea para rechazar el Plan de Guadalupe si éste encierra algún personalismo. “Nosotros hemos venido aquí sin ningún plan, nosotros venimos a admitir todos los elementos. Si el Plan de Ayala tiene, como me consta que tiene, artículos verdaderamente favorables a nuestro pueblo, por el cual hemos luchado, con gusto los aceptaremos”, pero instó a los zapatistas a hacer lo propio, y se concentren con la Asamblea, con el pueblo en su bienestar. “Nosotros venimos aquí a luchar por el pueblo, porque tenga pan, tierra y libertad, y entonces veréis como toda la Asamblea se levantará para aprobar eso, porque venimos a luchar por el pueblo, ni por Carranza ni por Villa, como tampoco ustedes deben venir a luchar por Zapata”.
Acto seguido, el orador señaló que la Asamblea ha prescindido de cualquier ambición personal para llevar a cabo su objetivo: “el que salga de aquí -señaló-, no saldrá debido a un chanchullo, ni tampoco va a ejercer una política personalista; de aquí va a salir un programa de gobierno, la forma en que se llevará a cabo ese programa en ese Congreso preconstitucional en el que estarán representados, no solamente el ejército revolucionario, sino también el pueblo mexicano, bajo su representación civil. Vamos desde aquí a formar un programa por medio del cual se podrá formar un congreso preconstitucional, que será el que realmente dé las leyes, para que el que emane de esta Convención pueda ejecutar las leyes que le hemos impuesto, que le han sido impuestas por ese Congreso”.
Una vez que Hay concluyó su discurso, tocó el turno a Roque González Garza, que de entrada declaró estar de acuerdo con lo dicho por Díaz Soto y Gama.
Se refirió a esta Convención como el “crisol ardiente donde tienen que irse templando todas las facciones, para salir purificadas, y llegar a la meta de las aspiraciones de los que luchan, de los que nos han dado el puesto, mandándonos aquí; me refiero a los soldados, a los que sufren, a los que se nos olvidan, a los que pasan hambre, a los que sin abrir su boca esperan que nosotros seamos lo suficientemente inteligentes y sensatos para poner un hasta aquí a la infame guerra que estamos llevando a cabo, precisamente porque no hemos podido entender ni nos hemos convencido de cuál es la mejor manera de llegar a la expresión suprema, es decir, desear para el pueblo mexicano un gobierno para él, en donde todos gobiernen como un solo hombre y en donde las actividades del pueblo mexicano se ejerciten, y no el gobierno de un grupo, como se pretende en estos momentos”.
Finalmente, González Garza declaró que “a nombre de mi representado, manifiesto que en principio, el Plan de Ayala es de la División del Norte”.
De inmediato el general Obregón pidió la palabra para una interpelación. “Suplico a los señores jefes de la División del Norte se sirvan declarar si están representados todos por el compañero González Garza, o solamente el señor general Villa” -pidió-.
En apoyo de González Garza se levantó Felipe Ángeles expresando su adhesión al citado plan. El representante del general Villa por su parte, pidió a los jefes de la División del Norte ahí presentes ponerse de pie si comulgaban con el Plan de Ayala, cosa que desde luego hicieron.
Acto seguido, González Garza pidió a todos los delegados ponerse de pie si no estaban de acuerdo con el citado plan. Algunos delegados protestaron por la actitud del villista, exigiendo que fuera la Mesa la que cuestionara. Otros representantes dijeron desconocer el multicitado plan. A continuación, preguntó al dirigente zapatista si los surianos estarían dispuestos a venir personalmente o enviar representantes a esta Convención, “para discutir, estudiar y resolver en la medida de nuestras fuerzas, en unión de todos los demás elementos de las distintas facciones revolucionarias de la República, todos los asuntos que se sometan a esta Asamblea”. Paulino Martínez contestó afirmativamente. (Felicitaciones, ampliaciones para esta columna, sugerencias y hasta quejas, diríjalas a carlos.migrante@gmail.com <mailto:carlos.migrante@gmail.com>).