Carlos Reyes Sahagún
Cronista del municipio de Aguascalientes

Aguascalientes, Ags., 25 de octubre de 1914.
Anoche llegaron a esta ciudad, procedentes de la capital de la República, las personas designadas por el señor general Emiliano Zapata, para representar al Ejército Libertador en la Convención Militar que se realiza aquí desde hace 15 días.
Sin embargo, por haberse declarado la Asamblea en receso el día de hoy, la representación zapatista siguió viaje al pueblo de Guadalupe, Zacatecas, para atender la invitación a comer que les fue girada por el señor general Francisco Villa.
En el banquete reinó el espíritu de hermandad entre los hombres del norte y los del sur, y al final del mismo, el general Villa se puso de pie y dirigió a los comensales las siguientes emocionadas palabras, que este repórter tomó al pie de la letra:
“Señores delegados de los jefes revolucionarios del Sur: conforme a mi juicio somos hermanos todos los hombres que salimos a luchar contra Victoriano Huerta y que buscamos en el triunfo de nuestra causa, no el encumbramiento de una nueva tiranía, sino el advenimiento de leyes justas que acaben con la explotación de los pobres por los ricos, y que disipen las sombras de la ignorancia, como de sueños en que los pobres están, y que alivien la grande miseria que ellos padecen. Estimo yo por eso que han obrado ustedes bien oyendo mi ruego de presentarse en esta Convención, y que harán bien en protegerla en sus decisiones, cualesquiera que ellas sean, pues la dicha Convención se hace para cerrar el camino de la nueva tiranía y para que los hombres que nos iluminan en los negocios de la política nombren un buen gobierno y preparen la aplicación de las leyes que demanda nuestra justicia”.
Luego de estas sentidas palabras, que todos los presentes aplaudieron, el colega periodista Paulino Martínez, presidente de la delegación zapatista, agradeció al jefe de la División del Norte el ágape con estas emotivas palabras:
“Señor general Villa: conocemos su grande amor por la memoria de don Francisco I. Madero, y conoce usted como nosotros, para proteger la pureza de la revolución, pues considerábamos prematuros los Tratados de Ciudad Juárez, seguimos, después de dichos tratados, en armas contra el gobierno de aquel apóstol de la democracia, que se había engañado en su buena fe, y proclamamos nuestro Plan de Ayala, que lo inculpaba según mirábamos las cosas con nuestra inteligencia, y lo desconocía. Mas nosotros le prometemos, señor general, que los hombres de las llanuras del norte y los de las montañas del sur, que han derrocado la usurpación de Victoriano Huerta, son los mismos que alimentaron en 1910 la lucha contra la dictadura de Porfirio Díaz, y que después de todos los asesinatos perpetrados por los usurpadores, están vivos y en pie los dos hombres que representaban en aquella fecha, y representan ahora, los grandes anhelos del pueblo. Estos hombres son, Francisco Villa en el norte y Emiliano Zapata en el sur. Guiados por ellos, estamos resueltos a conseguir que nuestro triunfo revolucionario ya no se descarríe; queremos decir, que todo se haga de aquí en adelante no con apariencia engañosa, sino en beneficio verdadero de los pobres, su justicia y su trabajo”.
Luego de terminar los discursos, huéspedes y anfitriones se despidieron, y los primeros dieron un paseo por la ciudad de Zacatecas, para regresar a Aguascalientes en la noche.
El viaje resultó por demás interesante, ya que pudimos contemplar un sinfín de fogatas que iluminaban las tinieblas nocturnas a lo largo de la vía férrea, sobre todo en los alrededores del poblado de Rincón de Romos, lugar donde la División del Norte tiene estacionados a aproximadamente 18,000 hombres.
Ya a bordo del tren, nos llevamos la grata sorpresa de compartir asiento con el joven Martín Luis Guzmán, que el pasado día seis cumplió los 27 años. Debido a la duración del viaje, pudimos platicar largo y tendido con el señor Guzmán, mientras contemplábamos el alucinante espectáculo de los soldados villistas y sus mujeres, que a lo largo de la vía férrea, se congregaban alrededor de los fuegos nocturnos.
El señor Guzmán era una de las personas que el señor Carranza tenía prisioneras, y que fueron liberadas por órdenes de la Convención.
“El, sin embargo, no hizo lo que le mandaban -nos aclaró-, sino que resolvió meternos en un tren y consignarnos al general Nafarrete, jefe militar de Matamoros, para que bajo su vigilancia se nos depositara en territorio de los Estados Unidos”.
Guzmán narró de manera pormenorizada las peripecias por las que él y sus compañeros pasaron hasta su liberación, y sus sospechas de que serían asesinados por Nafarrete. Entonces inquirimos sobre quién impidió que sucediera tal cosa.
“La preponderancia de la Convención de Aguascalientes -contestó-. Don Venustiano no había previsto el hecho de que ésta estuviese presidida por un hombre moralmente íntegro: Antonio Villarreal. Carranza se creía tan fuerte e indiscutible, que esperaba respeto para sus órdenes, así fuesen arbitrarias, hasta en los territorios dominados por generales sinceramente convencionistas. Pero que ello fue mera pretensión ridícula se puso de manifiesto en nuestro caso, gracias a la actitud de Villarreal, que no toleró que el Primer Jefe se riera de él, ni de las órdenes que la Convención daba”.
“Mandó, pues, Villarreal -continuó Guzmán mientras su rostro era iluminado de vez en cuando por los fuegos que rebasábamos a gran velocidad-, que la orden de ponernos libres se cumpliera al pie de la letra, lo que se hizo al llegar a Monterrey el tren que nos conducía”. Acto seguido, Guzmán habló de las impresiones que le produjeron su llegada a Aguascalientes.
“En el pardear de la tarde -expresó nostálgico-, la caminata por la calzada que conduce a la ciudad desde la estación, calzada larga y bordeada de árboles, acabó sumergiéndonos el espíritu en un baño de suave melancolía. Y en esa sensación de tibieza melancólica, de euforia crepuscular, estaba todo México”.
Luego, Guzmán platicó emocionado de la bienvenida que la Convención les brindó. “Esperamos en el vestíbulo a que se nos anunciase; a poco se escuchó en el interior de la sala una salva de aplausos, y poco después salió a darnos la bienvenida, y a invitarnos a pasar, una comisión de tres delegados. Al entrar en el salón todos los asistentes a la Asamblea se pusieron de pie, vueltas las caras hacia nosotros. Rebosaban de luz y de gente el patio, los palcos, las galerías. Cruzada la puerta, nos detuvimos indecisos: nuestra situación era algo embarazosa porque, cabalmente, no sabíamos de qué se trataba. Pero vimos que en el fondo del escenario los miembros de la Mesa directiva se levantaban también de sus asientos y que uno de ellos, adelantándose hacia las candilejas, nos hacía señas de seguir avanzando; entonces continuamos por el pasillo hasta la altura de las primeras filas de butacas. Habían entrado con nosotros los miembros de la comisión y el oficial de nuestra escolta”.
El joven Guzmán continuó su relato señalando que el presidente Villarreal tocó la campanilla pidiendo silencio, y acto seguido proclamó que la Convención había ordenado su libertad. “La Convención rompió en aplausos de sentido incierto -siguió diciendo Guzmán-; unos parecían aplaudir su decisión soberana; otros, no sé por qué, parecían aplaudirnos a nosotros, los primeros soldados del anticarrancismo. Concluidos los aplausos, don Miguel Bonilla habló en nuestro nombre para dar las gracias por la justicia que se nos hacía. Acto seguido, entre más aplausos, subimos al foro a estrechar la mano del general Villarreal y de los delegados a él próximos, y luego fuimos a ocupar uno de los palcos situados a la derecha”.
En vista de que el señor Guzmán ha estado presente en algunas sesiones de la Convención, aprovechamos la oportunidad para preguntarle su opinión. El joven Guzmán volteó hacia los lados, para ver si había alguien cerca, y luego se nos acercó, y en tono muy íntimo nos dijo: “a mí me bastó contemplar por primera vez aquel conjunto militar deliberante para convencerme de que el resultado de sus deliberaciones sería nulo. Quizás el nivel moral y cultural de la Convención no sea tan bajo, pero con todo, la Convención Militar denota a leguas carecer del alto espíritu cívico y del patriotismo consciente indispensable en esta hora. Se trata de salvar a la Revolución quitando de su medio dos peligros: un peligro mayor -Carranza- y otro menor -Villa-. El primero representa el falseamiento de la verdad revolucionara y la vuelta, sin otra guía que las propias ambiciones, a la disputa del poder. En el segundo se personifica el desenfreno de la acción, domeñable sólo con la inteligencia. Mas los generales, que en su gran mayoría han hecho la revolución movidos por un impulso colectivo vago, aunque noble, no están lo bastante capacitados para convertir en idea altruista útil lo que sólo ha actuado en ellos como solicitación confusa -contestó con la decepción reflejada en el rostro-.
Guzmán nos aseguró que cuando se había hablado de patriotismo, muchos han contestado con sus ambiciones personales, de tal manera que al final no se comprende que sean estos los que hicieron la revolución.
“Entonces, ¿no cree que la Convención esté por honor -preguntamos-, como dijo el general Hay?”. “Está a la vista que lo más extraño a la Convención es justamente la esencia de lo honorable -dijo Guzmán-, y eso, ni más ni menos, se pondrá de manifiesto cuando los generales falten a sus compromisos, ya verá”.
Acto seguido el señor Guzmán se recargó en su asiento y guardó silencio, tal vez ensimismado en las reflexiones que acababa de emitir, mientras este repórter veía las primeras luces de la ciudad, y el Cerro del Muerto iluminado por la tenue luz de la espléndida luna de octubre. El tren arribó a la estación, y al bajar del convoy pudimos saludar a algunos de los zapatistas que mañana se presentarán en la Convención. El señor Guzmán nos hizo el favor de presentarnos con algunos de ellos. Fue así como tuvimos el privilegio de saludar al general Otilio Montaño, que ayudó al general Zapata a escribir el famoso Plan de Ayala; a los licenciados Antonio Díaz Soto y Gama y Paulino Martínez; el general Juan Banderas, al que apodan “El agachado”, y que según se cuenta, anda tras el licenciado José Vasconcelos para ajustarle una cuenta pendiente; Enrique Villa, Alfredo Cuarón, Rafael Cal y Mayor, Gildardo Magaña, y otros. (Felicitaciones, ampliaciones para esta columna, sugerencias y hasta quejas, diríjalas a carlos.migrante@gmail.com <mailto:carlos.migrante@gmail.com>).