Aguascalientes, Ags., a 18 de octubre de 1914. Con este título ha encabezado uno de sus despachos nuestro colega, el corresponsal del diario capitalino El Liberal en la Soberana Convención Militar Revolucionaria, y en el que se refirió, no a la magna asamblea que se lleva a cabo en esta ciudad, sino a la urbe misma; a su carácter y a su gente.
Por esta razón queremos retomar para nuestros estudiados lectores, algunas de las impresiones que este “repórter” de la capital del país ha dado a conocer, y que seguramente serán del interés para quienes aquí vivimos, por tratarse de una mirada ajena sobre nosotros mismos.
El despacho, publicado en México el pasado día 14, lleva por subtítulo el de «Impresiones de nuestro enviado especial», y por principio de cuentas llama la atención el hecho de que este personaje se refiera a nuestra ciudad como una urbe «de ordinario triste y solitaria, con sus calles estrechas y largas, y accidentadas…”
Vaya usted a saber quién le diría eso, porque acto seguido informa que en contraste con lo anterior, en estos días de la convención militar, la urbe se observa «discurrida por gente de todas cataduras. Ya gallardos grupos militares, que en alegre charla recuerdan sucesos de la campaña; ora asombrados moradores de la ciudad, que con ojos muy abiertos contemplan a muchos de esos guerreros, de quienes oyeron relatar prodigiosas aventuras; ya hermosas mujeres, que con paso ligero se dirigen a los cuatro templos, únicos que abiertos al culto han quedado al servicio de los católicos».
Por otra parte, tiene razón este “repórter” cuando afirma que Aguascalientes es una ciudad antigua, de calles sinuosas que recuerdan tiempos pasados, «y sus principales edificios ostentan rigurosamente marcado el sello colonial. Y como ciudad antigua, el carácter religioso de sus habitantes forma parte principal de su modo de ser».
A propósito de esto último, que indudablemente forma parte de nuestra idiosincrasia, nuestro informante recuerda que actualmente sólo cuatro iglesias están abiertas al culto. «Las restantes, unas se han dedicado a instituciones de mayor provecho, tales como la de San Antonio, que será el Palacio Legislativo, el Seminario y otras. Y muchas, habiendo sido abandonadas por los clérigos que las atendían, mantienen cerradas sus puertas.»
En otros aspectos, nuestro aplaudido huésped habla en su reportazgo del progreso que se ha enseñoreado de nuestra urbe, y que “alza orgulloso magníficos templos al trabajo. Escúchanse los silbatos de los talleres de fundición y demás establecimientos ferrocarrileros que proporcionan labor a varios miles de obreros. La estación se ve frecuentemente cruzada por las febriles locomotoras que arrastran pesados trenes de pasajeros o de carga. Los tranvías eléctricos, a paso desesperante por lo tardío, entran en la ciudad y llegan a la Plaza de Armas para tornar nuevamente a la estación”.
Dice nuestro colega que esta situación contrasta con el fervor religioso que ha observado en los habitantes. “Los templos están repletos de fieles; muchos de éstos quedan en el atrio, y en la vía pública, y allí se arrodillan y rezan”.
Una noticia que nos sorprendió fue que tuvo lugar una corrida de toros. Dice el “repórter” que “poco después de las doce del día, los chiquillos cruzan las calles, armando algarabía infernal. Escúchanse destempladas notas de una charanga, y a poco aparece un tranvía que conduce una murga y que provoca la general admiración, con un trofeo taurómaco que lleva a la zaga. Allí pueden verse banderillas y moñas, que por la tarde lucirán los toros del ‘Garabato’ que serán estoqueados por Ramón Rodarte y Ernesto González, dos chicos que han realizado proezas, si ha de creerse a sus panegiristas. Y entre aquellas moñas y banderillas, lo que provoca mayor admiración son los ‘cuernos de la abundancia’, los ‘juiles’, de que tanto gustaba ‘El Manchado’, y que después de clavados en el morrillo del cornúpeta, cuando tira de ellos el garapuyero (sic), brotan innumerables tirillas de papel multicolor.
“La época de Bernardo Gaviño, y de Ponciano Díaz, vive aún por estos lugares y todas las familias, como número obligado, esperan en el parque el paso del convite que las hace concebir deseos de presenciar la fiesta taurina.”
Decimos que nos llamó la atención este evento porque, como se recordará, el Gobierno del coronel Fuentes prohibió las corridas de toros mediante el decreto 1,456, de fecha 19 de junio de 1911, en la época en que era gobernador provisional del estado. Incluso recordamos que nuestro colega periodista de El Clarín tituló la nota respectiva de la siguiente manera, que mucho ofendió a los amantes del arte de Cúchares. En efecto, El Clarín proclamó: “Las corridas de toros han sido abolidas en el Estado. Nuestra civilización de plácemes”, e incluso señaló el periódico que bastaría sólo ese hecho “para que la gestión administrativa del Sr. Fuentes D. en el gobierno del Estado, escuche un aplauso unánime de aprobación. El paso dado, obedezca a lo que obedezca, encierra en sí la idea bienhechora de moralizarnos, suprimiendo un espectáculo sangriento y bárbaro de suyo tan arraigado en las diversas capas sociales”.
En fin, que seguramente la mencionada corrida, flagrante violación del decreto señalado, tuvo lugar al amparo del desorden que vive el país con motivo de la revolución.
Cambiando de tercio… Perdón: cambiando de tema, otra cosa que llamó la atención del enviado de El Liberal fueron las audiciones musicales que tienen lugar en la Plaza de Armas de esta ciudad, en donde “una banda militar -la del estado- ejecuta brillante audición. Las piezas más gustadas y populares, juntamente con selecciones de óperas, y las bellas hijas de Aguascalientes, así que salen del templo, pasean rítmicamente por la amplia calzada asfaltada que rodea el parque.
“Las audiciones musicales, repetimos, es decir, las serenatas por lo visto, son de especial predilección para las bellas mujeres de Aguascalientes. Y así, por las noches, de ocho a once, salen a pasear parvadas de pollitas graciosas.”
Pero no sólo en las noches salen a pasear nuestras agraciadas pollitas, y ojos que las contemplan. En rigor “por la tarde, la Plaza de Armas mírase más concurrida y parece insuficiente para dar cabida a todos los que por ella pasean. La banda militar ejecuta brillantes piezas, hasta las once de la noche, hora en que todos se retiran a sus domicilios, y la tranquilidad, un momento turbada, renace nuevamente. Y la vieja ciudad recobra su aspecto acostumbrado, quieto, melancólicamente pacífico. Y mientras tanto, altos jefes militares, reunidos en sus domicilios, cambian opiniones y comentan la cosa pública, que parece que interesa muy poco a los habitantes de esta ciudad. (Felicitaciones, ampliaciones para esta columna, sugerencias y hasta quejas, diríjalas a carlos.migrante@gmail.com ).