Jesús Eduardo Martín Jáuregui

López Obrador lo logró, convirtió un país en una arena y a los ciudadanos en adversarios

Fue el monje franciscano Guillermo de Ockham en el siglo XIV quien afirmó que no hay que multiplicar los entes sin necesidad. Principio conocido como «navaja de Ockham» o «principio de parsimonia»: una hipótesis es tanto mejor cuanto más explica con menos elementos teóricos. En otras palabras, se dice que para la resolución de un problema primero debemos intentar la explicación más simple.

Para muchos, los resultados de las elecciones, para efectos prácticos, son definitivos e inaceptables, lo cual es una cuestión de voluntad. Para otros, son incomprensibles, lo que es un problema de razón. Otros piensan que son producto de un gran fraude que transformó (quinta transformación) la voluntad popular y aparenta un resultado alejado de la realidad, pensamiento mágico. Muchos más nos situamos en un plano de perplejidad, extendiendo nuestra percepción a todo el universo de votantes y pensando que votarían de manera uniforme con nuestra visión del país y su gobierno. Justamente, los seguidores del KKASH que se manifestaron como una mayoría en el voto tienen una visión diferente del país y del gobierno, y más aún, tienen una previsión de un futuro radicalmente distinta a la nuestra.

Es aquí donde aparece Ockham. A la votación no concurrieron los ciudadanos de nuestro país, sino dos grupos de adversarios entre los que se definiría la votación, y una comparsa de despistados que cumplían muchos por primera vez un ritual lúdico, más o menos intrascendente, aderezado por un jingle pegajoso y los tenis naranjas como emblema. ¡Qué pena!

En una conferencia hace no muchos días, Macario Schettino señalaba una característica más o menos generalizada en la política mundial: la aparición de los grupos de agraviados que luchan por su liberación. Agraviados reales o ficticios que toman como bandera la reivindicación de derechos para dejar de sufrir. Lo mismo puede ser la conquista de hace quinientos años, que el despojo de las compañías deslindadoras, que la discriminación y maltrato a grupos de la diversidad sexual, o la permanente ignorancia de los sectores afromexicanos, o la desaparición de los bosques, o el despojo de los pastizales o el robo de aguas, etc., etc. Seguramente ciertas y seguramente dolorosas, aunque no todas sean actuales. El agravio se dio y llegó la hora del desquite.

Somos un país con cincuenta millones de individuos en la pobreza, treinta de ellos en pobreza extrema, que ya encontraron no sólo al responsable sino también al vengador. El responsable tiene nombre y cara: es el neoliberalismo, y la cara más notable es la de Felipe Calderón. Junto a él, todos los fífís, conservadores, aspiracionistas, que son sus adversarios, son los culpables de que su condición persista y se extienda. Más aún, son los responsables de que la reivindicación se lleve a cabo porque frenaron las propuestas, las políticas y las acciones del vengador. Éste, para completar su tarea, necesitaba que le despejaran las trabas, le dieran los instrumentos y se sentaran a esperar los resultados.

El reivindicador tiene cara: es Andrés López Obrador y su instrumento, la 4T. Empezó su labor de justicia entregando apoyos a los olvidados, a los preteridos, a los necesitados, a los que nunca el gobierno había volteado a ver, a las no personas que, por primera vez desde Lázaro Cárdenas, se convertían en objeto de cuidado y atención del patriarca. “Tata” Lázaro reencarnado, “Tata” Andrés Manuel encabeza un gobierno patriarcal que se enfrenta al monstruo del Conservadurismo y al dragón del Neoliberalismo, y a todos los fifís, aspiracionistas, traidores, etc., que pretenden frenar la labor reivindicadora de la 4T.

No debería haber sorpresa, nos enfrentamos con una imagen de la realidad mexicana que no habíamos querido ver. Un país que pretendió ingresar al siglo XXI con una economía que ocupa el lugar número quince en el mundo y que arrastra un terrible lastre de varios millones de mexicanos que siguen viviendo como en el virreinato.

Con el invento del mito de la Revolución, Lázaro Cárdenas también inventó un país de atenidos, con mecanismos políticos clientelares, con una reforma agraria que dio al traste a las unidades de producción y condenó a la pobreza y la sumisión a las estructuras políticas a los ejidatarios. Se creó también un férreo mecanismo de control de los obreros y el país hizo como que caminó, a la sombra siempre, como ahora, de nuestros ¡Oh Dios! (odios vecinos).

Ese mito se prolongó y sus subproductos: una mayoría en la pobreza, una clase media emergente y una clase pudiente alimentada por la política, continuaron. Los gobiernos postrevolucionarios y los neoliberales fracasaron en lograr una mejor distribución de la riqueza, sin duda en buena parte por la impunidad. La corrupción ha campeado en el país a todos los niveles. Somos un país de improvisados, de medianías, de mil usos, de «ahí se va», de mañana…

El terreno era propicio para un Mesías y el Mesías apareció, nos convenció a muchos, sedujo a una mayoría de votantes y llegó a la presidencia luego de una larga carrera de acumular frustraciones, resentimientos, revanchas. Perverso, vengativo, mentiroso, traicionero, difamador, corrupto pero seductor. Inepto, incapaz, inculto, ha mantenido a flote al país con la sumisión a las políticas neoliberales que critica, pero que el Banco de México y la SHCP, con las remesas de los braceros que se multiplicaron prodigiosamente y con una economía soportada en los ingresos del narco que de alguna manera permean en grandes regiones del país.

El Mesías Tropical tiene su legión de creyentes, que creen en él y en el Paraíso que les ha prometido. Creen que llegó el tiempo de la revancha y de mostrarles a los conservadores, liberales, fifís, de lo que es capaz el pueblo bueno y sabio cuando es guiado por un líder impoluto, incorruptible, veraz, honesto y valiente. Pero la tarea no está completa, para completarla requería que le limpiaran de escollos, le dieran armas y permitieran que su creatura completara la tarea para el desquite y la reivindicación de sus rencores, frustraciones y desengaños.

¿Cuál sorpresa? Se consuma el desquite, pero… juego que tiene desquite, ni quien se pique.

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