Luis Muñoz Fernández

El hábito de la lectura, cuando se practica más allá de una mera distracción, para conocer y aprender de las ideas y puntos de vista de otros seres humanos, tiene a veces un sabor agridulce. Es cierto que amplía nuestra visión y nos permite vivir otras vidas más allá de los confines temporales de la nuestra, pero también nos hace conscientes de nuestras limitaciones y las de nuestro entorno a sabiendas de que no habremos de vivir para verlas superadas. Es así en lo individual y en lo colectivo.
Pienso en ello leyendo sobre el urbanista danés Jan Gehl que dice lo siguiente: “la mayoría de ciudades avanzadas están promoviendo que sus ciudadanos caminen y usen la bicicleta en sus desplazamientos urbanos. Es lo más inteligente, bueno para la salud y no contamina. Caminar debería ser considerado un derecho humano”.
Este arquitecto ha logrado cambios notables en algunas de las urbes más grandes del planeta, convirtiendo en zonas peatonales Times Square en Nueva York y los centros de ciudades como Moscú, Melbourne y Copenhague. Afirma que “la mayor parte de los ayuntamientos tiene montones de información sobre el tráfico rodado, pero no de cómo se mueve la gente”. Está convencido de que “un buen diseño urbano exige fijarse en la gente, no en los edificios”.
Comparo sus ideas y logros con lo que está pasando en mi ciudad, Aguascalientes, y me invade el desánimo. Por un lado, quienes aspiran a convertirse en la próxima alcaldesa o el próximo alcalde están prácticamente ayunos de ideas en este tema y, si acaso expresan alguna, no pasan de los clichés que se repiten en cada campaña electoral. Por otro lado, es evidente que los proyectos viales de las últimas décadas, incluyendo los más recientes, hacen énfasis en facilitar el flujo de los automotores a la mayor velocidad posible. ¿Para qué y a costa de quienes?
La falta de ideas auténticamente innovadoras para una ciudad como la nuestra, que por su tamaño todavía manejable ofrece interesantes oportunidades de verdadero desarrollo para sus habitantes, es una tragedia. Esa admiración ciega a todo lo estadounidense, incluyendo su modelo urbano predominante, en el que nadie puede desplazarse y llegar a su destino si no es en automóvil particular, nos está perjudicando cada vez más. Parece que nos empeñamos en imitar lo malo, aquello que en otras partes del mundo se abandona por inoperante y perjudicial. ¿Hasta cuándo?

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