Juan Pablo Martínez Zúñiga

Una película sobre el reconocido personaje del Depredador, escrita y dirigida por Shane Black, era una dulce promesa de que la audiencia se vería acometida tanto por las acciones hostiles que caracterizan al dentudo cazador intergaláctico, como por diálogos y personajes cubiertos de esa acidez negruzca que tanto le gusta a Black y demostrado en sus guiones para “Arma Mortal” (1987), “El Último Boy Scout” (1991), “El Último Gran Héroe” (1993), “Entre Besos y Tiros” (2005) y “Dos Tipos Peligrosos” (2016). Todas ellas destacan por su uso descarado de la mala leche como cimientos argumentales y las hizo funcionar gracias a que, entre el desparpajo, anidaban situaciones y elementos honestos armados con inteligencia y pulsaciones fársicas sobre la sociedad norteamericana y sus modelos de entretenimiento masivo. Y “El Depredador” posee latidos de esta vena mordaz en su argumento pero de forma muy aislada, ya que el conjunto se percibe desfajado e incoherente sin que varias de sus intrigantes e incluso fascinantes ideas lleguen a cuajar del todo, viéndose el director y guionista incluso tentado a modificar partes integrales en la mitología del Depredador sin algún fin específico que no sea el de sorprender gratuitamente a la audiencia mediante un giro que, seguramente, dejará helados (y no en el buen sentido) a los fanáticos de este popular extraterrestre.

La cinta inicia con la llegada de un Depredador a nuestro planeta siendo perseguido por otro de su especie. El forzado aterrizaje lo pondrá frente a frente con Quinn McKenna (Boyd Holbrook), un soldado quien, junto a su escuadrón, lo enfrenta. La trifulca termina con McKenna apropiándose de algunos artefactos del alienígena y enviándolos a su hijo Rory (Jacob Tremblay) por correo, para que un agente de inteligencia gubernamental llamado Traeger (Sterling K. Brown) no pueda encontrarlos. Aquí la historia se desgrana en tres puntos: McKenna aliándose con un conjunto de militares psicológicamente afectados llamado “Grupo 2” y con una xenobióloga llamada  Casey Brackett (Olivia Munn) que logra salir ilesa de un encuentro con el Depredador cuando se le creía inconsciente por su brusco aterrizaje, el pequeño Rory –quien padece de cierto autismo-  experimentando con la tecnología extraterrestre que le envió su padre, de formas incluso jocosas como poner en su lugar accidentalmente a los abusones de su escuela y el villano Traeger, quien pasa gran parte de la cinta buscando a McKenna y luego a Rory para hacerse de dichos aparatos. A las acciones se suma un nuevo Depredador, enorme y brutal que posee ciertas características notables, mostrando una evolución en su casta de forma consciente, pues resulta que su raza no es necesariamente cazadora, como se entendía desde aquella cinta con Arnold Schwarzenegger de 1987, sino más bien recolectora, recorriendo planetas para obtener el ADN de especies dominantes y adaptarlas a su código genético, echando por tierra todo el misticismo y aura de ferocidad que poseían y cultivaron en otras películas.

Aun así, la película tiene sus virtudes, pues entre la maraña de escenas inconexas y falta de atención a la continuidad (camionetas que van y vienen sin explicación, personajes innecesarios que pretenden pasar por protagónicos, escaso momentum en puntos fuertes de la trama, etc.) el oscuro sentido del humor de Shane Black paradójicamente brilla, y hay secuencias dignas como todas aquellas en las que interactúa el “Grupo 2”, adorables inadaptados que tienen los mejores diálogos de la cinta o detalles como el aclarar cuán inútil es el llamar depredador a una especie alienígena que en realidad no depreda, sino caza, entre otras.

Las actuaciones son variables, pero en su mayoría funcionan como las de Jacob Tremblay, Olivia Munn y Keegan-Michael Key, quienes realmente parecen disfrutar su presencia en este filme y venden bien a sus personajes, que en otras manos terminarían por fastidiar. “EL Depredador” es como un auto de segunda mano, pues partes funcionan y partes son defectuosas, pero el conjunto sirve para lo que fue creado: entretener, lo que en cierta forma decepciona por tratarse de un trabajo de Shane Black, quien hasta esta cinta se había mostrado filoso y muy capaz. Supongo que, después de todo,  hasta al mejor cazador se le va la liebre.

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