
Esta semana, en mis andanzas de ciego, tuve la oportunidad de disfrutar de un partido más en el estadio viendo al equipo de casa: los Rayos del Necaxa. Confieso que mi corazón futbolero suele inclinarse hacia el ave de las tempestades, pero el fútbol, para mí, va mucho más allá de los colores o de las rivalidades deportivas. Es un estilo de vida, una pasión que se respira, que se escucha y que se siente en cada rincón de una cancha.
Sin embargo, estas líneas no buscan hablar de mis filias o fobias deportivas. Hoy quiero hacer eco de algo mucho más profundo: el poder transformador del deporte, particularmente del deporte adaptado.
En muchas ocasiones, cuando se habla de deporte adaptado, se le reduce a una actividad recreativa, a una forma de pasar el tiempo o de mantener cierta condición física. Pero, para miles de personas con discapacidad —y lo digo desde la experiencia personal—, el deporte representa algo mucho más trascendente: es una puerta hacia la rehabilitación funcional, hacia la reconstrucción de la confianza y hacia el redescubrimiento de las propias capacidades.
En mi caso particular, el deporte adaptado fue la mejor rehabilitación que pude haber tenido.
Corría el año 2018. Después de haber quedado ciego y de comenzar mi proceso de rehabilitación, mi vida transitaba por ese territorio desconocido donde uno intenta comprender cómo volver a habitar el mundo. Es un proceso complejo: no sólo se trata de aprender nuevas habilidades, sino de reconstruir la relación con el entorno, con el movimiento y, sobre todo, con uno mismo.
Fue entonces cuando llegó a mis oídos una noticia que lo cambió todo: existía el fútbol cinco para ciegos.
De pronto, aquello que parecía parte de una vida pasada —volver a una cancha, sentir el césped bajo los pies, escuchar el eco del balón— volvía a ser una posibilidad real.
Recuerdo perfectamente la primera vez que regresé a la cancha. Escuchar a los compañeros gritar “¡voy!”, sentir el sonido de los cascabeles dentro del balón, correr detrás de él, patearlo y volver a empezar. Aquello se volvió casi una religión. Cada entrenamiento era una mezcla de emoción, descubrimiento y libertad.
Pero, más allá del romanticismo que inevitablemente despierta el fútbol en quienes lo amamos, el verdadero regalo que me dio este deporte fue otro: me permitió entender que, como persona ciega, no era de cristal.
Durante mucho tiempo, la sociedad tiende a envolver a las personas con discapacidad en una especie de burbuja de fragilidad. Se nos mira con preocupación excesiva, con miedo a que nos lastimemos, a que nos caigamos, a que algo nos suceda. Y esa mirada, aunque muchas veces nace desde el afecto, termina limitando.
El fútbol cinco rompió ese paradigma para mí.
En la cancha entendí que sí, podía haber choques, tropiezos o caídas. Pero también entendí algo fundamental: podía levantarme. Y seguir jugando.
Ese descubrimiento fue poderoso.
Porque cuando uno aprende a moverse con confianza en una cancha, también aprende a moverse en la vida. El movimiento que comencé a desarrollar en el fútbol para ciegos me permitió trasladar esa seguridad a otros espacios: caminar por la calle, explorar lugares nuevos, enfrentar entornos desconocidos.
Hoy puedo decir que el deporte fue un pilar fundamental para lograr la funcionalidad plena que tengo en mi movilidad.
Me considero una persona ciega que puede desplazarse prácticamente en cualquier entorno. Me he puesto a prueba en espacios complejos: campos abiertos, calles caóticas, ciudades que visito por primera vez. Y en cada uno de esos lugares hay algo de aquel aprendizaje que comenzó detrás de un balón con cascabeles.
Pero esta historia no se trata sólo de mí.
El deporte adaptado está lleno de historias que merecen ser contadas.
Ahí están los jugadores de básquetbol en silla de ruedas que convierten la cancha en un espectáculo de velocidad, estrategia y fuerza. Están también los futbolistas amputados que corren con una determinación que haría palidecer a cualquier atleta convencional. Y están las personas con discapacidad intelectual que encuentran en el deporte un espacio de expresión, de alegría y de pertenencia.
Resulta fascinante, por ejemplo, ver a Checo —un joven con discapacidad intelectual— disfrutar con una intensidad absoluta cada minuto de un partido. O presenciar cómo las personas sordas se comunican entre sí en medio del fragor de un encuentro deportivo, demostrando que el lenguaje del juego también se construye con gestos, miradas y complicidades.
En esos momentos uno entiende algo profundamente humano: el deporte es un gran nivelador social.
En la cancha, lo que importa no es la discapacidad. Lo que importa es el esfuerzo, la estrategia, el trabajo en equipo y la pasión por el juego.
Por eso, desde el enfoque social de la discapacidad que defendemos cada semana en este espacio, el deporte adaptado debe entenderse no como una actividad secundaria o asistencialista, sino como una herramienta de inclusión real.
Promover el acceso al deporte para las personas con discapacidad no es un gesto de buena voluntad. Es una política de derechos.
Significa abrir espacios deportivos accesibles, formar entrenadores capacitados, generar ligas, torneos y oportunidades para que niñas, niños, jóvenes y adultos con discapacidad puedan descubrir todo lo que el deporte puede aportar a sus vidas.
Porque cuando una persona con discapacidad entra a una cancha, no sólo está jugando.
Está rompiendo estereotipos.
Está fortaleciendo su autonomía.
Está descubriendo su potencial.
Y, sobre todo, está recordándole a la sociedad algo muy simple pero profundamente poderoso: que la discapacidad no limita la capacidad de vivir, moverse, competir y disfrutar.
A veces todo empieza con algo tan sencillo como escuchar el sonido de un balón con cascabeles.
Y detrás de ese sonido puede comenzar una nueva manera de habitar el mundo. ⚽








