El domingo, al mediodía, alguien de la mesa donde estaba, mencionó el debate. Me preguntó, como dándolo por un hecho, que si lo iba a ver. Yo le respondí que, si no lo hubiera mencionado, ni me hubiera acordado siquiera. También que lo vería, siempre y cuando no tuviera otra mejor cosa qué hacer; que los cuarenta años que me pasé pendiente de esas monsergas, y de esas personas que amorosamente quieren servir a México, habían sido más que suficientes y que si de algo me precio ahora es de ser el tipo peor informado del país.
Para lo que hay qué enterarse, mejor vivir en la ignorancia.
Afortunadamente para mí, sí que me encontré cosas mejores qué hacer: ver una versión relativamente nueva de ‘Parade’, el ballet cubista que se montó con la música de Satie, la coreografía de Diaghilev, el vestuario de Picasso y la puesta en escena de Cocteau, y beber tequila, ambas cosas más gratificantes que escuchar a las dos señoras tirarse los platos a la cabeza.
Hoy al mediodía, en el trayecto de vuelta a casa, sometido a la mínima dosis diaria que tengo de noticias de nuestra pobre vida pública, me enteré, en el noticiero de López Dóriga de la radio (de lo poco que mi salud mental tolera), más que involuntariamente, que parece que aquello fue un desastre, y que al parecer la señora de MORENA salió más o menos airosa del trance.
Allí mismo me enteré que todavía faltan otros dos o tres debates, que me obligarán a buscar cosas mejores qué hacer; ya jugar al yoyo me parece una forma de ocupar mi tiempo.
Pero era el debate el primero de los dos sucesos del calendario que, se supone, deberían llamar nuestra atención; el otro, mucho más interesante por supuesto era el eclipse.
Tampoco es que me volviera loco verlo, porque en general a mí esos asuntos me interesan más bien poco. No se distinguir las constelaciones del cielo; no me salgo a ver la luna cuando todo mundo pone en redes que hay que salir a verla; y me da lo mismo si los planetas están alineados de tal forma que… Si me toca ver una lunota, pues bueno; si no, pues igual. Recuerdo que hace unos veintipico de años me tocó ver, varias noches, el cometa Hale-Bopp en Londres, lo que significa que en lo que mí respecta ya vi todos los cometas que tenía que ver en la vida.
También recuerdo que el eclipse del 91 lo vi, primero, saliendo de la que era la casa de mis abuelos en la calle de Grecia, echando una rápida mirada al cielo tras unas simples gafas de sol; de allí me fui a unas oficinas de la radio que estaban en Madero –cuando yo todavía podía entrar–, y afuera vi otra fase del fenómeno en un charco que había en la calle.
Respecto al de hoy: pues estaba en el club y no tenía más cosas qué hacer, de tal manera que me junté con un grupito de personas, y lo vimos. Sergio Rosales llevaba sus cámaras y sus filtros, que nos permitieron verlo en los charcos y en la mirilla de sus aparatos, y más tarde una señora llegó con unas gafas especiales, que nos prestó, para que pudiéramos ver al sol convertido en una pequeña uña, pasados unos minutos del mediodía.
Visto y no visto, a las doce y media me acordé que tenía cosas que hacer y seguí con mis asuntos, aun sabiendo que es muy probable que nunca vuelva a ver otro fenómeno parecido en la vida, por lo menos no aquí, porque leo que el próximo eclipse solar que se verá en esta parte del país será no sé qué día de marzo de dentro 28 años.
Eso significa que para tales fechas yo andaría ya pegándole a los noventa años, cosa asaz improbable; o a lo mejor estoy vivo como un viejito pasita que ya no ve ni papa; o a lo mejor estoy vivo, viejito, pero con la vista intacta, y sencillamente esa mañana no voy a andar de ánimos para andar viendo cosas en el cielo que, bien visto, a mí ni me van ni me vienen.

Abur