COLUMNA CORTE1ª Función
“EL LIBRO DE LA VIDA” (“THE BOOK OF LIFE”)
México para los americanos. La más reciente producción del tapatío Guillermo del Toro auspicia el debut, en el terreno de los largometrajes, de Jorge R. Gutierrez, diseñador y artífice de series animadas arraigadas al contexto latino en su línea más “raza” y ´pocha como “Mucha Lucha” o “El Tigre: Las Aventuras de Many Rivera”. Su línea plástica, plenamente casada con la estética del graffit de barrio angelino, se trasplanta al arte digital con esta producción que pretende divulgar una marejada de idiosincrasias y rasgos culturales netamente mexicanos, pero resulta tan auténtica y promotora de los fundamentos socioculturales nacionales como un episodio de “El Chavo del Ocho”, o la curiosa desestructuración fresa de la iconografía católica hecha por la marca Distroyer con sus “virgencitas plis…”. “El Libro de la Vida” se ubica en un México sacado de un libro de la SEP, a principios de siglo XX, y centra su núcleo dramático en dos romances, el primero enmarcado por un triángulo amoroso donde se ven involucrados Manolo, un músico de corazón sesgado ante su pasión melómana y su dinástico compromiso familiar para dedicarse a la lidia de toros -labor que encuentra justificadamente detestable-; Joaquín, mejor amigo de Manolo y valeroso, pero arrogante soldado que se jacta de haber derrotado a un temible bandolero que asolaba a la población, y María (por supuesto, de milagro no se llamó “Rosita” ), joven independiente que ama fervorosamente a su padre y con tendencias sentimentales al bohemio y gentil Manolo. El segundo romance se genera entre La Catrina, ama y señora del Inframundo de los Recordados -lugar donde moran todas las almas que subsisten gracias al recuerdo de sus seres queridos- y Xibalba, temible regidor de un universo oscuro conocido como la Tierra de los Olvidados, estéril y desértico. Ambos fueron amantes alguna vez y ahora los une una tersa rivalidad, mas las tribulaciones románticas del anterior trío llama la atención de Xibalba, quien fragua un plan para fugarse de su miserable reino: apostar con la Catrina sobre quién de los dos jóvenes se quedará con María. La Catrina elige a Manolo, así que será el rival a vencer. Mediante engaños, Xibalba envía al guitarrista frustrado al Otro Mundo donde deberá hacerle al Orfeo y conquistar varios obstáculos para recuperar su cuerpo y al amor de su vida antes que se case con Joaquín. Una narración pasmosamente plana se desarrolla ante nuestros adormilados ojos mientras chistes forzados y bastante malos se hacen pasar por diálogos ingeniosos, a la vez que los personajes no son más que viles arquetipos incapaces de sobrepasar sus mediocres motivaciones. Lo único que mantiene el interés del espectador es la impresionante y colorida animación, saturada de elementos cromáticos festivos y barroca como un altar de muertos, lo que no puede ser más adecuado considerando que la cinta pretende homenajear y valorar los aspectos más distintivos de la celebración de El Día de Los Muertos. El problema es que semeja demasiado a un panfleto propagandístico diseñado por la Secretaría de Turismo, y cualquier aspecto identatario o vinculado a la cultura mexicana se percibe distante, hueco y procesado por la sensibilidad sajona, aún si sus creadores son de ascendencia latina. Una cinta que se erige sólo en buenas intenciones, pero éstas jamás podrán sostener el valor y peso narrativo y de propuesta de una película. Tan distante nos resulta que incluso nos lleva revalorar otras propuestas semejantes como “La Leyenda de la Nahuala” (Arnaiz, 2007), mucho más sangrona, pero por lo menos no tan ñoña.

2ª Función
“ANNABELLE”
El director John R. Leonetti cierra el círculo, al iniciar su carrera como director de fotografía en la cinta “Chucky, El Muñeco Diabólico 3” (1991), ahora dirige un derivado o spin off -pues no es precuela- de la exitosa cinta “El Conjuro”, iniciando lo que seguramente será una exitosa franquicia. Y estas cintas eso son, precisamente: un producto que se suma al modelo esquematizado por las compañías de comida rápida al ofrecernos cintas carentes de valor o propuesta para su consumo y excreción inmediatas, cortesía del farolero y chapucero James Wan, quien ahora sólo se limita a producir. En esta soporífera experiencia sobrenatural la acción se ubica en 1970, donde una pareja integrada por Mia (Annabelle Wallis, que ironía) y John Gordon (Ward Horton) esperan a su primer bebé. Su apacible vida se ve trastornada por un siniestro obsequio que John le hace a la futura madre: una muñeca de rasgos horrendos y pavorosos, pero que ella, siendo coleccionista de estos clásicos dadores de pesadillas, encuentra encantadores. Una noche son atacados por una secta satánica y una mujer, de nombre Annabelle, muere en la querella, pero su último aliento es para invocar a un demonio utilizando su sangre y se hace de la muñeca para su conducto. A partir de aquí Mia será objeto de terribles acosos, apariciones y eventos espectrales que orillarán a la familia a buscar ayuda espiritual e incluso valerse de una vendedora de libros (Alfre Woodward) quien, al parecer, puede asistirlos en estas lides terroríficas. La cinta se plantea y desarrolla con el rigor y fuerzas de un telefilme y nada, absolutamente nada, de lo que presenciamos produce miedo por sí mismo, así que Leonetti recurre al enervante recurso del golpe musical estridente y a los acostumbrados sustos baratos a los que su patrón James Wan recurre en sus otras producciones, como “La Noche del Demonio” y secuela. Lo más frustrante es que la muñeca que da título a la cinta realmente sale sobrando, pues técnicamente no participa de nada en toda la película y las situaciones pavorosas son producto de componentes periféricos. Y aún si ésta fuera la causante de las desgracias de los protagonistas, a nadie se le ocurre simplemente quemarla o destrozarla, a ver qué pasa. En fin, sentido común aparte, la dirección es perezosa al recurrir a los lugares y situaciones más comunes, amparado por un guión sacado de un taller de cine y actuaciones patosas llenas de envaramiento. Simplona y lerda, así es Annabelle.
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