La historia: James Belmont (Brad Pitt) y su perro Odin (Uber) han vivido experiencias horribles en el ejército. Aunque se han retirado del servicio activo, los recuerdos de sus misiones de combate aún los atormentan. Para escapar de estos traumas, Belmont ha elegido vivir en la naturaleza salvaje de Alaska, donde rara vez se encuentra con otro ser humano. Un día, mientras pilota su avioneta, sufre un infarto y se estrella. Ambos sobreviven al accidente, pero quedan varados en la naturaleza. Con escasos recursos y sin ayuda, deben encontrar el camino de regreso, superando numerosos peligros en el camino…

Cuando Jack London presentó como posibilidad narrativa la lucha titánica entre la naturaleza humana y la naturaleza tal cual, a través de sus inmortales novelas «Colmillo Blanco» y «En lo Salvaje», brotó un manantial de inspiración para miles de argumentos cinematográficos que aún beben de ello, produciendo obras que logran trascender y otras como la que actualmente tenemos en cartelera, titulada «El Corazón de la Bestia», cinta de David Ayer, quien demuestra que sólo cuando pone verdadero empeño logra generar algo comprometido y honrado (v. g. «Fury»), y cuando sólo se emplea como mercenario estético, éste es el resultado.

El guion de Cameron Alexander coquetea con la idea de la desconexión social del veterano de guerra James Belmont (Pitt). En lugar de profundizar en las verdaderas y dolorosas ramificaciones del trastorno de estrés postraumático, la película termina romantizando la reclusión extrema y la soledad masculina. Al colocar a Belmont leyendo «La Carretera», de Cormac McCarthy, Ayer intenta darle un barniz de nihilismo intelectual a la cinta; sin embargo, no ofrece respuestas satisfactorias, reduciendo un grave problema de salud mental a un simple pretexto para filmar paisajes gélidos y hostiles.

La película sufre de un constante tironeo entre el crudo suspenso característico de David Ayer y el melodrama familiar de una película de Disney de matiné. Por un lado, se nos presentan brutales ataques de osos y heridas explícitas; por el otro, la dirección abusa de planos subjetivos y composiciones visuales sensibleras para forzar la empatía hacia un compañero canino cicatrizado, con prótesis en una pata y dientes de titanio. Esta inconsistencia rompe la inmersión del espectador, que nunca sabe si está viendo un thriller de supervivencia maduro o una fábula sentimentalista manipuladora.

La inclusión de fauna generada por computadora sólo extenúa más el recurso maniqueo, pues mientras que el plantígrado o los lobos hambrientos se nos presentan con ojos asesinos, Odin se mantiene fiel a su compañero bípedo a modo de subrayar la «domesticación positiva», siendo el can la primera víctima moral del relato, pues se trata de un animal que jamás debió pisar tierra extranjera, en combate por intereses capitalistas/imperialistas, y mucho menos padecer las ahora cruentas circunstancias en que su amo, de frágil condición cardiaca, lo arrastra.

Todo el peso dramático se relega a Pitt y su personaje, un ente unidimensional que exige demasiada empatía para con el espectador, siendo éste un mero peón de la milicia brutalista norteamericana, al que sus frecuentes pero banales flashbacks deben justificar como ser torturado por su condición militar mientras arrasaba pueblos y facilitaba bombardeos en aldeas inocentes de Medio Oriente.

«El Corazón de la Bestia», título autocomplaciente que busca un sentido de epicidad sobre los temas que describe London en sus textos, termina siendo una aventura visualmente espectacular, pero fallida. Se apoya por completo en el desgastado carisma de Brad Pitt y en la empatía automática que genera un perro herido para enmascarar un libreto perezoso y plano. Es un producto diseñado para conmover superficialmente a los amantes de los animales, pero que carece del peso psicológico, la lógica narrativa y la originalidad técnica que definen al cine contemporáneo de mayor calidad.

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