Por J. Jesús López García

Es de todos conocidos que la Revolución Industrial ocasionó una crisis en la manera de concebir y construir edificios. Los materiales y las técnicas nuevos empezaban a manifestar una independencia total de los cánones clásicos que por alrededor de dos mil años habían sido los modeladores de la arquitectura occidental, aunque fuese como oposición o referencia. Durante la segunda mitad del siglo XIX el acero y el concreto empezaron a irrumpir en el panorama constructivo con más fuerza hasta llegar a desplazar a la piedra como material icónico de la arquitectura de mayor representatividad social.

Al mismo tiempo la joven disciplina de la ingeniería civil quitaba del centro de la experimentación constructiva y formal a la especialidad arquitectónica académica. Lo que ocurrió fue una respuesta a ello en dos vertientes opuestas, la que prevaleció fue la de asimilar los nuevos repertorios constructivos para refundar una profesión arquitectónica actual y más revolucionaria y experimental, a tono con los avances de la ingeniería, y sobre todo de acuerdo a los planteamientos ideológicos, estéticos y conceptuales de la modernidad más radical, todo ello cristalizado de manera decisiva hacia los años veinte y treinta del siglo pasado, tras lo que se formuló un nuevo canon moderno –aunque sus exponentes no querían hacerlo así pues, el hablar de un canon, supone una permanencia opuesta al dinamismo revolucionario al que ellos eran fieles.

La otra vertiente que presentó una respuesta más rápida, ocurrió en la segunda mitad del siglo XIX al tiempo de los logros técnicos modernos de la construcción y fue realmente una reacción a ellos. No sería una réplica arquitectónica únicamente, el academicismo cundió en todas las artes y en su reacción más crítica, se pretendió una reformulación de la arquitectura y el arte en un rescate de la tradición occidental, incluso anterior al inicio del mundo Moderno marcado éste con el Renacimiento. En pintura por ejemplo, los «prerrafaelistas» –llamados así por considerar su arte previo a la «contaminación renacentista» del arte de Rafael Sanzio de Urbino (1483-1520)–, buscaron en la Edad Media su fuente de inspiración incluyendo incluso motivos fuera de la racionalidad occidental moderna como hadas, duendes, íncubos, súcubos y criaturas fantásticas. En arquitectura se dieron las tendencias del ‘revival’ buscando sus fuentes en ese pasado medieval de la mano de estilos premodernos y mezclándolos después con algunas formas exóticas en ocasiones ajenas a la tradición occidental.

Esas tendencias se conocen como  «revivalismos» –del inglés «revival»– y tienen como su principal abanderado al estilo Neogótico. El prefijo «neo» indica que aunque en esencia formal es similar al gótico de los siglos XII al XV, se desliga de ellos al ser realizado en la centuria antepasada –con un siglo transcurrido de Revolución Industrial– y por integrar algunas «licencias» de forma y técnica no incluidas en el gótico medieval original. De esos estilos revivalistas o neohistoricistas se pasó hacia una mezcla entre ellos y con tendencias exóticas: el neogótico con el neomudéjar y luego combinándose con una especie de neobizantino y de ahí ciertos aires orientalistas con interpretaciones de formas chinas, entre otras.

Esta mezcla es parte del eclecticismo decimonónico del que el templo de San Antonio es un ejemplo, pero antes que ese edificio el «revivalismo» ya había echado raíces en Aguascalientes. Tras la precariedad económica dejada por once años de guerra por la Independencia y algunas décadas posteriores de guerras civiles e intervenciones extranjeras, finalmente hacia la década de los sesenta del siglo XIX el país se estaba preparando para iniciar su reconstrucción. Queriendo ponerse a la par de las tendencias occidentales en boga, el México independiente necesitaba mostrar que pertenecía por pleno derecho al mundo occidental moderno y es así como edificios neogóticos y eclécticos empiezan construirse en el territorio. La balaustrada del Jardín de San Marcos iniciada en esa década es ejemplo del eclecticismo temprano en nuestra ciudad. Por su parte el templo El Sagrario –conocido también como «El Conventito»– es modelo prematuro –alrededor de 1875– de nuestro neogótico.

El templo «El Conventito», actualmente parroquia, es un neogótico discreto pues sigue la construcción tradicional de muros de carga sin hacer uso de los haces de columnas y bóvedas apuntadas características del gótico original del que sustrae sólo algunas formas en su fachada: comenzando por el rosetón en el segundo cuerpo y el acceso de arco ojival, se sigue con las ventanas con ajimez de los lados y los haces de columnas que sólo son decorativas. Aún así es un edificio agradable y mesurado como fue ese reinicio de la construcción en el Aguascalientes del siglo XIX que estaba por experimentar la Revolución Industrial –unos 15 años más tarde– con la inminente instalación de los talleres ferrocarrileros y de la Fundición.

Sin duda alguna El Sagrario –El Conventito–, forma parte de los innumerables templos con los que contamos los aguascalentenses y que posiblemente pasen desapercibidos, sin embargo, ello no les resta las cualidades arquitectónicas en cuanto a su plasticidad, sus materiales y su técnica constructiva que hacen de estos casos singulares acalitanos.