Por: Juan Pablo Martínez Zúñiga

 (Nota: Ésta película se exhibe en cartelera comercial y se incluye en este espacio por su naturaleza analítica y observadora del fenómeno cinematográfico, pero es responsabilidad del espectador si decide asistir a una sala cinematográfica ante la contingencia sanitaria que impera).

Esta franquicia creada por el mediocre James Wan ya se va acomodando a un modelo similar al de una serie televisiva conforme este universo cuyo eje es el matrimonio Warren -algo así como “Los Hart Investigadores” de lo paranormal- y de pretensiones terroríficas va expandiendo sus confines con cada secuela y refrito que engendra su apabullante éxito en taquilla, pues la estructura dramática ha perdido originalidad por favorecer el asentamiento cultural de la pareja protagonista en la memoria cinéfila presentando sus historias tan solo como vehículos conducidos por la amenaza demoniaca en turno. En sí esta premisa debería funcionar, ya que el énfasis en unos cónyuges que técnicamente combaten a las fuerzas del mal apoyándose en el amor que sienten uno por el otro debiera erogar en tramas supurantes de pathos y emotividad, pero los guionistas insisten en diluir las posibilidades narrativas de esta interesante premisa con sustos a granel concebidos digital y sonoramente y una inmadura administración de sus recursos dramáticos donde los diálogos y momentos de confesión o expresión emocional se reducen a intercambios verbales anodinos y cursis muestras de afecto. Con la entrega más reciente subtitulada “El Diablo Me Obligó a Hacerlo”, la cual toma como base un proceso penal donde se juzgará a una persona acusada de homicidio en estado de posesión y con el confinamiento de Wan a las gradas de producción y libreto para cederle las riendas al novato Michael Chaves (“La Maldición de la Llorona”), el proyecto parecía alejarse atractivamente de su propia fórmula, pero el resultado sigue siendo desigual. A su favor escribiré que la tónica del susto barato e insensato a la que Wan le tiene tanto apegose ha visto amortiguada para cederle más tiempo a la dinámica entre los Warren y sus andanzas detectivescas, situaciones que sostienen interés gracias a las sólidas interpretaciones de Patrick Wilson y Vera Farmiga, ésta última como el soporte sensitivo y visceral definitivo, mas resulta insuficiente cuando la trama simplemente se niega presentar elementos resistentes al cliché o las irresistibles referencias a todos los filmes sobre posesiones y satanismo que les preceden.

En este capítulo los Warren, Lorraine (Farmiga) y Ed (Wilson) deben vencer a la líder de un culto satánico que ha maldecido a la familia Glatzel, comenzando por el hijo menor, David (Julian Hilliard), cuyo exorcismo abre la cinta. Durante el ritual, el novio de su hermana mayor Debbie (Sarah Catherine Hook), un muchacho trabajador y sensible llamado Arne Cheyenne Johnson (Ruairi O’Connor), impele a la entidad demoniaca a que deje el cuerpo del niño para ingresar en el suyo, algo de lo que sólo Ed se percata una vez que recibe un infarto cortesía del espíritu maligno. Una vez recuperado, el demonólogo y su esposa médium deberán unir las piezas sobre la maldición que pesa sobre el chico mientras éste, en un trance de poseso, asesina a su casero mediante 22 puñaladas, por lo que será juzgado de homicidio, así que los Warren trabajan contra reloj para esclarecer el misterio que involucra a una secta adoradora del diablo para evitar que el chico sea condenado a muerte.

Lo que pudo ser una atractiva continuación a los temas planteados en la inteligente cinta “El Exorcismo de Emily Rose” sobre la fe, Dios o Lucifer en el banquillo de un tribunal se apartan con facilidad para delimitar la trama a una estructura similar a un episodio de “Scooby Doo” donde la alocada persecución a una enemiga de carne y hueso capaz de manipular y endilgar huestes infernales produce una trama discontinua y floja que pretende nutrirse de la dinámica de los amorosos protagonistas sin producir ni gota de suspenso genuino o interesarse por explorar con mayor ahínco sus premisas sobrenaturales. Todo luce y se percibe como un episodio de casi dos horas en una serie que ya exige bajo estos debilitados términos su cierre. “EL Conjuro: El Diablo Me Obligó a Hacerlo” no se va al de lleno al averno gracias a que Wilson y Farmiga trasminan el evidente aprecio que le tienen a sus personajes con unas eficaces interpretaciones, más la paciencia de cualquiera llega a un límite ante las contorsiones ad nauseam a la que recurre Chaves para procurarle algo de miedo al espectador y diálogos de risa loca (v.g. Ed Warren tratando de convencer sobre la cepa espiritual del caso a la abogada que llevará el caso de Arne: “La Corte acepta la existencia de Dios cada vez que un testigo jura decir la verdad. Creo que es hora de que acepte la existencia del Diablo”) que remiten los peores alcances argumentales a los que llegaba el cine setentero y ochentero del género y sobre los que esta franquicia ha edificado sus bases de forma y fondo. Y para eso, pues mejor vemos la fuente y nos olvidamos de estos pobretones intentos.

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