Luis Muñoz Fernández

Con el tiempo he llegado a comprender que viajar no siempre ilustra y que leer necesariamente tampoco. Todo depende de las semillas que uno lleve dentro. Si son las de las convicciones inamovibles, es muy probable que ambas experiencias no hagan sino reafirmarlas y se pierda la oportunidad del crecimiento que sigue al cuestionamiento sistemático de las propias certezas.

El pasado año de la pandemia que no termina, la editorial Acantilado, cuyos libros son el anhelo de todo buen lector, les propuso a algunos de sus autores que escribiesen un párrafo breve con una reflexión alusiva a la difícil situación que estamos atravesando.

Ramón Andrés, escritor cultísimo y de pensamiento penetrante, escribió lo siguiente:

“Siempre me ha gustado pensar que los libros son las cajas negras de la historia. En ellos está todo, nuestras voces, también las finales. Leer es un modo de recordar, de intuir lo que fuimos y lo que somos en verdad. No todos los libros pueden cumplir esta función; no todos sirven. Sólo la madurez de la lectura, la apuesta por el conocimiento, dejan un vestigio en nosotros. El libro es un peldaño. Un descenso, un ascenso. Nuestro tiempo, que ha transformado la cultura en ocio y no en compromiso, pide, cada vez más, un libro cuyas páginas sean una forma de salvación”.

Coincido con esa visión de la cultura de la que habla Ramón Andrés. También otros han señalado esa transformación que intenta combatir uno de los males más arraigados de estos tiempos: el aburrimiento. Es también un poco triste que la cultura sea solamente el ornato de quien la ostenta, una carta de presentación para captar la atención, una especie de selfi retocada con poco o nada detrás, que vale más por lo que esconde que por lo que deja ver.

Compromiso, que significa una obligación contraída, una palabra dada para ser honrada, es la mejor forma de concebir la cultura, especialmente en un país como en nuestro, donde quienes hemos tenido el privilegio de cultivarnos no podemos olvidar el deber que hemos adquirido con nuestros conciudadanos, sobre todo con quienes no tienen voz y nadie les hace caso. Es por ellos y para ellos que atesoramos saberes, placeres estéticos, ejecuciones depuradas y toda suerte de haberes que, si se han sedimentado bien, nos deben hacer cada día más sensibles a sus necesidades y más tolerantes con sus debilidades.