Eugenio Pérez Molphe Balch

La capacidad de percibir la forma y el color de lo que nos rodea es fundamental para entender nuestro entorno y ser capaces de sobrevivir en él. También nos permite apreciar la belleza que hay en la naturaleza y aquella que ha sido creada por nuestra propia especie. Sabemos que todos los mamíferos tenemos en mayor o menor medida esta capacidad, incluso hay especies que perciben las formas con mucho más detalle que el humano o pueden ver en condiciones de muy poca iluminación. Sin embargo, hay algo en lo que los primates destacamos con respecto a otras especies de mamíferos, esto es la capacidad de percibir los colores. En el resto de los mamíferos, la visión a colores se basa en dos tipos de receptores de luz presentes en la retina, cada uno de ellos reacciona a un color diferente. En contraste, los primates desarrollamos una visión llamada tricrómica, lo cual quiere decir que poseemos tres tipos de receptores, por lo que nuestra percepción de los colores es mucho mejor.

¿Por qué los primates desarrollamos esta excelente visión a colores? La respuesta a esto parece ser la relación especial que desde hace millones de años mantenemos con las plantas. La dieta de la mayoría de los primates, incluyendo al humano, se basa en gran medida en el consumo de frutos. Sin embargo, sólo aprovechamos la pulpa del fruto y desechamos las semillas. Esta conducta es de gran ayuda para las plantas, ya que al consumir los frutos dispersamos las semillas, haciendo que éstas lleguen a sitios propicios para germinar y desarrollarse. En este sentido, el papel ecológico de los primates es el de dispersores de semillas, y el éxito de muchas especies de plantas se basa en qué tan atractivos son sus frutos para nosotros. Sabemos que una característica de un fruto maduro, cuyas semillas están listas para ser diseminadas y germinar, es el color. Los frutos inmaduros son verdes, difíciles de distinguir del resto de la planta, mientras que los maduros son de colores brillantes y contrastantes con el follaje. Esta relación fomentó una evolución paralela de plantas y primates (llamada coevolución), en la que las plantas producían frutos de colores cada vez más vivos y contrastantes con el fondo verde, mientras que los primates desarrollamos una capacidad cada vez mayor de percibir estas diferencias de color aun a distancias muy grandes, y así sólo acercarnos a una planta cuando sus frutos están maduros. A pesar de lo anterior, los primates no somos los mejores diseminadores de semillas. Este lugar lo ocupan otros animales que no son mamíferos. Las aves han tenido esta relación con las plantas durante más tiempo y su visión a colores es aun mejor que la nuestra, incluso han desarrollado un cuarto tipo de receptor de color en su retina. Lo anterior es solo un ejemplo, pero todas las características que tenemos hoy y que nos hacen humanos provienen de procesos similares. Es por esto por lo que el gran biólogo Theodosius Dobzhansky afirmó: «Nada en biología tiene sentido si no es a la luz de la evolución».

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