Luis Muñoz Fernández

En estos días la esposa del presidente de la República ha viajado a Europa para solicitar tesoros arqueológicos, ornamentos y valiosos documentos prehispánicos hoy propiedad de varios museos y archivos de aquel continente y, de pasada, reavivar las llamas de la exigencia, absurda a todas luces, de que los titulares de la Corona Española y la Santa Sede pidan disculpas por la Conquista de México y la colonización consecutiva ocurridas 500 años atrás.

Aunque hoy la política se ha reducido a la simple gesticulación, que un rey y un papa en pleno siglo XXI se disculpen por lo que otros en esos cargos ordenaron y consintieron en el siglo XVI no deja de ser un anacronismo cuya utilidad real –más allá de satisfacer el ego del gobernante, dar cauce a sus obsesiones y distraer a la opinión pública– es, por decir lo menos, nula.

No es que se subestime la terrible violencia y crueldad con la que se conquistó y colonizó México, abusos que, por otro lado, el ser humano ha cometido y sigue cometiendo allí donde da rienda suelta a su codicia pisoteando la dignidad de sus semejantes, sino que no tiene sentido usar ese reclamo como bandera de una reparación ya imposible, a sabiendas de que hay asuntos pendientes de mayor urgencia y gravedad cuyo remedio demanda imaginación, concentración y esfuerzo.

La triste realidad actual de nuestros compatriotas indígenas, por ejemplo.Nuestra crónica incapacidad de generar oportunidades para millones de mexicanos que tienen que emigrar para subsistir y mantener a sus familias. O lo que Eduardo Galeano nos advierte sobre el colonialismo que sigue vigente: “El colonialismo visible te mutila sin disimulo: te prohíbe decir, te prohíbe hacer, te prohíbe ser. El colonialismo invisible, en cambio, te convence de que la servidumbre es tu destino y la impotencia tu naturaleza: te convence de que no se puede decir, no se puede hacer, no se puede ser”.

Ese colonialismo invisible que nos sigue esclavizando y haciendo vergonzosamente dependientes de otros países e intereses, a quienes les entregamos lo mejor que tenemos: el talento de  nuestros hijos y nuestros recursos naturales, perpetuando aquel “oro a cambio de espejuelos”. Dependencia intelectual, alimentaria, tecnológica,científica y hasta moral. Con el agravante de nuestra pereza e indiferencia, cuando no de nuestra mal disimulada complicidad. Explotación para beneficio de unos cuantos de aquí, de allá y acullá.

Comentarios a : cartujo81@gmail.com