Moshé Leher

Una de las ideas más fascinantes que guardo de mis estudios, por lo atinada es que el ‘ruido’ crea sentido, lo que quiere decir que un hombre cualquiera ante un código desconocido (o ante datos contextuales o nociones de su intertextualidad) lo interpreta como su mollera, funcional o no, le dé a entender; para no entrar en Las Hibueras digamos que ponemos a un cabrero iletrado ante las ilustraciones de Doré del Quijote, o la Comedia; que no sepa de qué va la cosa, y no tenga idea de la obra cervantina o de la existencia de Dante, no obstará para que él le dé un sentido, cualquiera, que es en parte el mecanismo por el que se aprecian como arte muchas expresiones contemporáneas, no necesariamente las del llamado arte abstracto, que es un asunto complicado.

De esa noción paso, para explicarme, a lo que me pasó ayer, que salí de casa, a atender varias citas y reuniones, olvidándoseme las gafas, lo que me lleva a ese día aciago en que, justo en Sevilla, hará una década, descubrí que ya no era capaz de leer la letra pequeña, en un proceso (presbicia, me dijo luego el oculista) que ahora me impide distinguir apenas nada que esté a menos de un metro de mí, y leer otra cosa que no sea un espectacular callejero.

Pienso, admitiendo lo grave que es para cualquiera, pero para mí en mi caso, esta ceguera parcial, en Homero -el presunto escritor que presuntamente llevó el nombre de Homero-, en Milton, obviamente en Borges, en Joyce que era (casi) ciego y en Pérez Galdós, que murió invidente, entre otros escritores (Borges recordaba especialmente a Paul Groussac) con graves o hasta absolutos problemas de la visión; me vienen a la cabeza también pintores que hicieron parte de su obra con problemas de ceguera, tal es el caso de Miguel Ángel, dicen que de El Greco o del último Monet.

Todas estas cosas pensé ayer por la tarde cuando intenté, sin éxito, distinguir siquiera unas letras de un libro que llevaba conmigo (‘Sombras sobre el Hudson’, de Singer), cuando la agenda de ayer me dio una hora entre una agradable comida y luego un café presuntamente (hoy andamos muy presumidos por estos rumbos) de trabajo, y me encontré con dos páginas ilegibles, llenas de manchas grises, a las que, pese a la citada teoría de arriba, no les encontré ningún sentido.

Para entretener esa pausa y a la espera de la reunión de más tarde, en donde fui un inútil burriciego, pues era incapaz de distinguir los reportes, los números o los diagramas que me enseñaron, pensé en aquel famoso Códice Voynich, considerado casi unánimemente el manuscrito más raro del mundo y de la historia por las sencillas razones de, primero su antigüedad, ya de casi ocho siglos, y segundo y principalmente de que nadie tiene la más remota (iba decir puñetera, pero luego la gente me dice que soy un pelado de la calle), idea de qué trata o qué dice.

Escrito en un idioma desconocido, con grafías que nadie reconoce, tiene además unas ilustraciones de unas plantas y objetos que nadie puede decir qué representan, pese a que los hay que hablan de una obra con secciones de herbolaria y farmacológica y los que aseguran que unos matemáticos y unos lingüistas, usando para más inri un dichoso algoritmo, aseguran que la escritura es un extraño derivado del hebreo, una afirmación puesta en duda.

Como no ver, no podía ni siquiera leer los mensajes y correos que recibía en el teléfono, lo que primero me dio rabia, luego me produjo frustración -al final de cuentas la culpa era mía, pues invidente que soy para cualquier asunto de cercanías, sólo a mí, que estoy desempleado, se me ocurre salir a ver tratar asuntos de posibles trabajos sin gafas de ver-, para terminar con una jaqueca marca Chamuco.

Me sentí, para usar una figura, como un soldado que se fue a la guerra sin fusil, un domador que entró a la jaula de los tigres sin látigo o un jinete que se fue a las carreras sin su caballo; decir que como un invidente que se olvidó del lazarillo ya sería mucho forzar el símil y entrar en los pantanos pestilentes de lo políticamente correcto; al final llegué a mi casa, recuperé las gafas (de esas desechables que compro en los supermercados o farmacias), agarré mi ‘Florido pensil’, para recitar, con alivio: ‘Mi mamá me mima…’, bueno me mimaba…, bueno la verdad es que… En fin, que se acabó el espacio y lo demás es parte de otra historia.

¡Shabat Shalom!

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