NOÉ GARCÍA GÓMEZ

La preocupación del calentamiento global y las repercusiones ecológicas que traería esto en el planeta y la humanidad se lograron visibilizar gracias a un mexicano, el científico Mario Molina a través del descubrimiento que las emisiones de ciertos gases -los clorofluorocarburos (CFC)- que emanan de algunas fábricas están acabando con un filtro indispensable para mitigar los efectos dañinos que las radiaciones ultravioletas de los rayos solares pueden provocar sobre la salud, provocando un agujero en la capa de ozono.

Un 11 de octubre de 1995 recibió este mexicano el Premio Nobel de Química, dicho premio fue compartido con su colaborador, el químico Sherwood Rowland, de la Universidad de California y al danés Paul Crutzen, del Instituto Max-Planck de Química de Mainz, Alemania, con su coautoría de la publicación en la revista británica Nature del artículo original que predijo el adelgazamiento de la capa de ozono como consecuencia de la emisión de gases industriales que estaban siendo usados como refrigerantes. Lo realizado por él y sus investigaciones llevaron y provocaron el Protocolo de Montreal de las Naciones Unidas, tratado que prohíbe la producción de CFCs en los países en desarrollo desde 1996.

Cuentan que tenía una precocidad por la química, detonada por un regalo que le harían sus padres −Leonor Henríquez y Roberto Molina, quien fue profesor en la UNAM y embajador de México en Etiopía, Australia y Filipinas−, le compraron un pequeño microscopio; esto lo llevo a convertir uno de los cuartos de baño de su casa en un improvisado laboratorio, que llenó de artilugios para hacer experimentos. El Doctor Molina en una entrevista con el diario francés Le Figaro comentó: “Pasaba horas mirando en mi microscopio lo que nadie podía ver a simple vista”; continuó profundizando: “Desde muy joven, la ciencia fue mi pasión a pesar de tener padres de orientación literaria. A los 10 años devoraba las biografías de los premios Nobel como Marie Curie”; y remató: “Toda mi vida me he guiado por el deseo de descubrir cosas nuevas y por el deseo de ser útil utilizando mis conocimientos”. Sin duda, su biografía debería ser leída y trabajada en las primarias de nuestro México, para con ello aprovechar la imaginación y curiosidad en nuestros niños y lograr despertar al científico que llevan dentro.

El doctor Molina Estudio Ciencias Químicas por la Universidad Nacional Autónoma de México en 1965. Realizó estudios de postgrado en la Universidad de Friburgo (Alemania) y se doctoró en Física y Química por la Universidad de Berkeley (California). Durante 8 años, fue uno de los 21 científicos que formaron parte del Consejo de Asesores de Ciencia y Tecnología de Estados Unidos en el gobierno del presidente Barack Obama.

El Nobel fue el reconocimiento que lo trascendió del ámbito científico, pero recibió otros grandes reconocimientos también, como el de Caballero de la Legión de Honor del Gobierno de Francia en 2012 y la Medalla de la Libertad de la Presidencia de Estados Unidos en 2013, además de una medalla que le otorgó la NASA por sus logros científicos.

En octubre de 2020, un miércoles 7 muere, y la comunidad científica internacional se pone de luto. A un año de su muerte, de uno de los científicos más reconocidos y de mayor aportación, en su país, el Gobierno lanza una campaña de desprecio contra esta comunidad, persigue judicialmente a un sector de académicos e investigadores, y desfonda los fideicomisos que soportan en gran medida la investigación científica de nuestro país.

Concretito:

iPRE: un grupo de profesores y académicos principalmente de educación media superior y superior lanzaron una Iniciativa Permanente de Reflexión Educativa (iPRE); el próximo jueves 14 tendrán su segunda Ágora de Reflexión, si eres una persona relacionada con la educación, esto te puede interesar, busca las bases en su redes sociales.