Una de las leyendas más conocidas de este cerro dice que tiene varias entradas y que en las entrañas guarda uno de los más grandes tesoros, acumulado por los indios de la región. El Cerro del Muerto no se ha explorado, no por negligencia de los gobernantes, sino porque uno de ellos quiso hacerlo y no terminó su gestión por haber sido envenenado. Ya sea por el miedo de correr la misma suerte del gobernante, sea por la maldición de los chichimecas, o porque el tesoro esté “encantado”, este ha sido intocable.

Pero, ¿cómo se formó el Cerro del Muerto? Esta es otra de las leyendas que se cuenta y con gran sabor oral.

Se dice que en este sitio se reunieron los chichimecas, los chalcas y los nahuatlacas, tratando de ponerse de acuerdo para establecerse en el lugar y de allí salir a diferentes lugares, quedando este punto como centro de operaciones. Entre ellos había tres sacerdotes, uno por cada tribu, que eran extremadamente altos, fornidos, de aspecto majestuoso e imponente.

Después de deliberar sobre lo que se tenía que hacer, y cuando ya estaba por ocultarse el sol, a uno de los sacerdotes, el de la tribu chichimeca, se le ocurrió bañarse en el charco de agua caliente de La Cantera y después de tirarse al agua, desapareció. Se le llama La Cantera a un manantial de agua termal en el estado y según se dice no es el único, existen muchos otros de estos “charcos”, los cuales fueron “sembrados” por otras tribus anteriores. Para “sembrar” el agua hacían un hoyo, le ponían agua de su guaje y medio “almud” de sal, lo tapaban y en el transcurso de tres o cuatro años había un inmenso manantial de agua sulfurosa. De este modo hicieron varios en la región y de ahí el nombre de Aguascalientes.

Después de saltar al agua y desaparecer el sacerdote, los chichimecas esperaron que su señor apareciera en otro de los charcos que había, pero fue inútil, pasaron varios días y el sacerdote no regresaba. Se reunió la tribu y deliberaron: ¿acaso los traicionaron los chalcas? ¡No era posible!, habían hecho un pacto y su honor estaba en juego. Al no regresar el sacerdote en meses, no les quedó duda a los chichimecas que los chalcas lo habían matado y enfurecidos corrieron a dar aviso a sus compañeros para enfrentarse con sus enemigos.

De esta manera inició una guerra contra los chalcas, los cuales no supieron de qué se trataba, pues sin decirles nada, llovieron flechas por todos lados. Los chalcas pidieron ayuda a los nahuatlacas; estos, no solo no se unieron a los chalcas, sino que dieron la vuelta diciendo que el pleito no era con ellos. Indignados por la afrenta, los chalcas se dispusieron a repeler el ataque y en los fulgores de la batalla vieron con sorpresa que venía caminando el sacerdote perdido. Ya no era posible retroceder y sin quererlo, una flecha atravesó el corazón del sacerdote de los chichimecas, el que les gritaba: ¡Deténganse! ¡Solo fui a sembrar algunos charcos!, pero no fue escuchado. Al tratar de huir, el sacerdote fue regando su sangre en el camino, que todavía se puede ver en la tierra roja del montecillo. Quiso hablar con su gente, pero no pudo, sin decir palabra cayó muerto y con su cuerpo sepultó a todo el pueblo chichimeca que lo seguía. Con sus cadáveres se formó el Cerro del Muerto que se encuentra al poniente de la ciudad.

Se dice que algunos arqueólogos han tratado de explorar esa región, pero al hacerlo escuchan voces, llantos y lamentos que los llenan de estupor e incluso han impedido que continúen las excavaciones.

Algunos valientes han querido descifrar el enigma del cerro, pero no han podido contar lo que vieron, porque se han quedado mudos y sin razón. El montecillo, al parecer, no está muerto, tiene vida en su interior; allí prevalece el alma de los chichimecas y del sacerdote gigante que vigila la ciudad de Aguascalientes.

Tomado, textualmente, de Leyendas de Aguascalientes. Recopilación de Pamela Anet Valle. Ediciones Horus, Ciudad de México.