Noé García Gómez

La ONU establece como uno de los principales problemas de la sociedades modernas la corrupción, ya que ésta socava las instituciones democráticas al distorsionar los procesos electorales, “pervertir el imperio de la ley crear atolladeros burocráticos, cuya única razón de ser es la de solicitar sobornos. También atrofia los cimientos del desarrollo económico, ya que desalienta la inversión extranjera directa y a las pequeñas empresas nacionales les resulta a menudo imposible superar los ‘gastos iníciales’ requeridos por la corrupción”. Pero la corrupción es hermana de otro fenómeno, la impunidad.

La corrupción y la impunidad en nuestro país son un problema grave y fuerte; pero algo peor es que parece que es algo que muchos se están acostumbrando a convivir y hacer parte del día a día.

Pero ¿hay una fórmula ideal para combatir la corrupción? Jorge L. Daly dice que “Expertos que a fondo la estudian resumen el problema en una fórmula sencilla: la corrupción (C) es igual al cargo que detenta un funcionario público (X), más el uso y abuso de las oportunidades que se derivan del cargo para provecho propio (Y), menos la ausencia de vigilancia de sus funciones por parte de autoridades que fiscalizan y de los medios que investigan e informan (Z). Entonces C=X+Y-Z”. Que podemos traducir de la siguiente manera: “quítele al funcionario público la facultad del ejercicio arbitrario de su poder y fortalezca el poder de los que tienen el deber de fiscalizar y de informar, y finalmente nunca viole el mandamiento de tolerancia-cero frente a la impunidad”.

El problema, claro está, es que en países como México la fórmula no resuelve nada ya que el problema está tan arraigado que la mayoría de la población se ve implicada de una u otra manera, directa o indirectamente, es un fenómeno social cuya práctica no está solamente reservada a lo público, se ha convertido, peligrosamente, en un hábito generalizado en nuestro país.

Hay que destacar, que para que la corrupción se dé, el corrupto y el corruptor son conscientes que hay las condiciones idóneas y con altas probabilidades de salir impune. La impunidad es un caldo de cultivo para la corrupción.

La corrupción no entiende de ideologías, ni religiones, clases sociales, nivel de estudios u ocupación, es un fenómeno que tienta lo más básico del instinto humano. Se puede considerar una especie de cáncer que hace metástasis en multiplicidad de espacios.

La corrupción es un complejo fenómeno social, político y económico que afecta a todos los países del mundo. Lo preocupante es que en México va acompañada de un alto índice de impunidad, lo que provoca un círculo vicioso y deleznable. En diferentes contextos, la corrupción perjudica a las instituciones, inhibe el desarrollo económico y social además de contribuir para una inestabilidad política y ensucia la imagen al exterior de un país. La corrupción destruye las bases de las instituciones democráticas al distorsionar los procesos electorales, socavando el imperio de la ley y deslegitimando la burocracia.

Tal es su magnitud que se estima, moderadamente, que en la actualidad el diez por ciento del producto interno bruto (PIB) es lo que ocasiona de daño directo al pueblo de México. De ahí que se diga que es el impuesto más costoso que pagamos los mexicanos. El más reciente informe de Transparencia Internacional ubicó a México en el lugar 106 de 177 naciones, lo que lo coloca como uno de los países más corruptos para el organismo.

El Índice Nacional del Buen Gobierno 2010 (INBG) estima que dar una mordida cuesta en promedio 165 pesos a cada hogar de México; mientras que tres años atrás la cifra fue de 138 pesos. Además estima que en un año se dan aproximadamente 32 mil millones de pesos para, a través de la corrupción, facilitar o acelerar trámites y servicios públicos. Según las estimaciones presentadas en este índice los mexicanos destinaron por familia 14 por ciento de sus ingresos en sobornos con el fin de acelerar trámites o librar sanciones.

Gran parte del desprestigio ganado por la clase política es por estos dos fenómenos, difícilmente se salva algún partido y pocos políticos, la realidad es que parte del ciudadano también se está quedando sin calidad moral para exigir al político, pues de una u otra medida se enclava en la dinámica. Pero lo que hay que reflexionar es qué ejemplo le estamos dando a las nuevas generaciones, en las que están nuestros hijos, hoy más que nunca se requiere de ciudadanos de temple, con calidad moral y ética para poder formar con el ejemplo a nuestros jóvenes y en un corto plazo se puedan generar cambios culturales que al menos señalen y segreguen a los agentes corruptos y corruptores.

Termino con una convocatoria de transparencia internacional: “Hemos tenido suficiente de los políticos corruptos y empresarios que abusan de su poder para disfrutar de un estilo de vida de lujo financiados con dinero público robado. Y estamos seguros de que ya tienes suficiente. Es hora de que enfrenten a las consecuencias reales de sus crímenes. ¡Al unir fuerzas juntos, podemos hacer que eso suceda!”.