Luis Muñoz Fernández

Desde mediados de la década de 1960 los científicos sabían que los gases de efecto invernadero que provienen de la quema de combustibles fósiles podían provocar un cambio en el clima de la Tierra, pero en esa época creyeron que el fenómeno ocurriría en un futuro lejano.

En la década de los ochenta se empezaron a dar cuenta de que tal vez ese futuro había llegado ya. Por eso se creó el Grupo Intergubernamental de Expertos sobre el Cambio Climático (IPCC, por sus siglas en inglés), una iniciativa de la Organización Meteorológica Mundial y el Programa de Naciones Unidas para el Medio Ambiente. Hoy en día el IPCC está conformado por científicos de todo el mundo.

Desde entonces, el IPCC ha emitido una serie de informes sobre el tema. En los primeros se estableció la realidad del cambio climático y en los más recientes la comprobación inobjetable de que se debe a la acción del ser humano, concretamente a la ya citada emisión de gases de efecto invernadero por el uso de los combustibles derivados del petróleo. En el Sexto Informe, cuyas conclusiones están siendo publicadas en este 2022, puede leerse lo siguiente:

“El cambio climático inducido por el ser humano, incluyendo los fenómenos medioambientales extremos más frecuentes e intensos, ha causado una serie de impactos adversos, con pérdidas y daños tanto para el ser humano como para la naturaleza, que van más allá de la variabilidad natural del clima. Algunos esfuerzos para la adaptación y el desarrollo han reducido esos efectos, sin embargo, las personas más vulnerables son las que se han visto afectadas con mayor frecuencia e intensidad. Los cambios extremos en el clima y la temperatura han provocado ya consecuencias irreversibles conforme los sistemas naturales y humanos son llevados más allá de su capacidad de adaptación”.

¿Qué significa esto? En primer lugar, que el cambio climático ocasionado por el ser humano es indudable. En segundo lugar, que este cambio, que se manifiesta por fenómenos climáticos extremos, afecta de manera más frecuente e intensa a los más pobres y con menos recursos para poder enfrentarlos. Y, en tercer lugar, que este daño afecta también al resto de los seres vivos, provocando la extinción acelerada y constante de muchas especies y destruyendo el entorno natural del que los seres humanos, nos cueste aceptarlo o no, dependemos para sobrevivir.

¿Por qué no se han tomado las medidas para revertir, o al menos contener, esta situación? Las respuestas son varias, pero quiero destacar aquí las campañas orquestadas por las industrias contaminantes, que han patrocinado “estudios científicos” para desacreditar las conclusiones a las que ha llegado el IPCC. Están utilizando la misma estrategia que décadas atrás siguió la industria tabacalera para tratar de negar la relación causal entre el consumo de tabaco y el aumento en la frecuencia del cáncer pulmonar que habían demostrado numerosas investigaciones serias. En ambos casos, los resultados de estas campañas han contado con la aceptación y el respaldo de gobiernos y ciudadanos. ¿Por qué? Una posible respuesta la podemos encontrar en estas palabras de Carl Sagan:

“Hemos diseñado una civilización que se basa en la ciencia y la tecnología y, a la vez, hemos organizado las cosas de tal manera que nadie entiende nada de ciencia y tecnología. Una clarísima receta para el desastre. Con esta mezcla de ignorancia y poder nos libraremos un rato del problema, pero tarde o temprano nos va a explotar en la cara”.

Ya está ocurriendo.

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