Luis Muñoz Fernández

El pasado lunes 1 de junio de 2020, el presidente Donald Trump anunció en la Casa Blanca que emplearía mano dura contra los manifestantes violentos que protestaban en varias ciudades de los Estados Unidos por la muerte de George Floyd. En ese mismo momento, la policía y la Guardia Nacional dispersaban con gases lacrimógenos a un grupo de manifestantes pacíficos en el parque ubicado frente a la mansión presidencial. Al terminar su discurso, despejado el camino, Trump caminó tranquilamente por el parque hasta llegar a la Iglesia de Saint John en donde se tomó una fotografía con un ejemplar de la Biblia en la mano.

Observo la foto. La pose no es casual. Sujeta la Biblia con firmeza, ligeramente por arriba de su propia altura. La mirada fija con el ceño fruncido, advirtiendo a los revoltosos lo que pueden esperar de él, que tiene a Dios de su lado. No sé qué tan sincera sea su devoción, pero en esa foto proyecta la terrible determinación de un cazador de esclavos fugitivos.

Algunos afirman que el racismo es el pecado original sobre el que se fundó aquel país. No es una exageración. En “La otra historia de los Estados Unidos”, Howard Zinnnos dice que los primeros inmigrantes europeos empezaron a requerir esclavos para sobrevivir y prosperar apenas se asentaron en Norteamérica a principios de siglo XVII. Los negros ya estaban allí cuando los norteamericanos se independizaron de Inglaterra. Bastará recordar que algunos de los “padres fundadores” como Jefferson y Washington eran propietarios de esclavos.

Hoy, como la abolición de la esclavitud es sólo una verdad a medias, y no sólo en los Estados Unidos, no es difícil encontrar semejanzas entre la forma brutal con la que el policía Derek Chauvin trató a George Floyd y los atroces castigos que los amos imponían a sus esclavos en aquellas plantaciones de algodón y tabaco. En “El ferrocarril subterráneo”, novela de Colson Whitehead, la esclava Cora “había visto a hombres colgando de árboles, abandonados a las rapaces y los cuervos, mujeres azotadas con el gato de nueve colas hasta que se les veían los huesos, cuerpos vivos y muertos asados en piras, pies cercenados para impedir huidas y manos cortadas para frenar el robo”.

Entre eso y la rodilla de Chauvin asfixiando a Floyd sólo cambia el estilo de matar.

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