Moshé Leher

Pasaron de esto que les cuento, a lo mejor, medio siglo.
No sé ahora, pero entonces una marca famosa de cuadernos, libretas y productos de papelería, rifaba chucherías entre sus compradores, siempre en temporada de inicio de clases, que era cuando hacían su agosto, sobre todo porque creo que era de las muy pocas marcas de ese género que existían entonces. Fui a la Universidad de Guanajuato, con mi tío el Chacho Morales, que estudiaba allí, y su amigo, a la sazón dueño de una papelería que había en la escuela de arquitectura, me regaló, entero, el bloc de boletos para la rifa. Las llené y las mandé por correo, por si acaso.
Una mujer llamó a casa: había visto en un diario mi nombre en la lista de ganadores. Me había besado la diosa Fortuna.
¿El premio? Un paquete de productos de la marca y un disco de éxitos de Roberto Carlos (Amada, amante, das la vida en un instante). No era mucho, pero tal vez era una buena señal; tal vez la caprichosa diosa me había echado el ojo y se acordaría de mí de vez en cuando.
Desde entonces la dichosa deidad no se ha acordado de mi existencia.
Hace unos diez años, en un viaje a España, cobré un pequeño premio de la ‘Lotería de Navidad’, aunque en realidad el boleto premiado no era mío, sino de un familiar con el que había estado allá meses antes: en Lleida, creo, compramos dos billetes y el suyo fue el que resultó ganador de algo así como mil euros, me lo regaló, lo cobré y me lo gasté en una comilona y no recuerdo en qué cosas más.
Desafortunado que soy, suelo no participar en juegos de azar; Birján, ese oscuro dios del juego, no me hace en el mundo, con la excepción de la lotería española, una costumbre ya vieja, pero que no inicié yo, sino el recordado don Antonio Rodríguez ‘el Gamba’, un viejo asturiano que año con año me regalaba un décimo para el ‘sorteo del Gordo’; a su muerte yo seguí comprando un bilete, cuando mucho dos, cuando un número me llama la atención, casi siempre en un bar.
Me explico: bares, tiendas de barrio, peñas de vecinos, suelen comprar una serie y vender ‘participaciones’, a razón de diez décimos por número; yo entro al azar a cualquier bar de cualquier ciudad o pueblo, veo un número y me hago de mi número. Jamás saco ni reintegro.
Hace diez años, en el 2011, la ONCE, que es la Organización Nacional de Ciegos Españoles (a los ciegos españoles no les da cosa decir que lo son), hizo un sorteo extraordinario: Once premios de once millones de euros cada uno, con la entrega adicional de un millón de euros por once años, a celebrarse el 11 del 11 del 11.
Era una señal: yo nací el 11 del 11, de tal manera que ese año no sólo celebraría mi cumpleaños, sino saldría de bruja para toda la vida, me compraría una casita en un pueblo de por Vinaroz, una barca y me dedicaría a escribir, pescar y rascarme la barriga; si me aburría, pues me iba a Valencia, o a Barcelona, o a Madrid, o a donde se me pegara la gana.
Un mes antes de eso estuve por allá, recorriendo la Costa Brava y el interior de Cataluña: Rupit, Calella, Púbol, Sa Riera, Pals… En cada pueblecito compraba un décimo, hasta completar ocho, nueve, no sé, tal vez lo debido, para redondear el asunto habría sido comprar once; en la Platja de Empuriabrava, recuerdo, caminaba por el paseo marítimo y vi un quiosco de prensa, donde ofrecían un número, como cada cachito costaba sus buenos 5 euros, ya me dio codera y dije que ya estaba bien.
Allí cayó uno de los premios.
Es obvio que no me saqué ni veinte euros -de otra manera yo seguiría viviendo de mis rentas y no estaría aquí escribiendo y pasando fríos.
Total que dejé de ir a España un lustro, y dejé la costumbre: por cara, por inútil y porque tampoco venden lotería española en los Oxxos; este año que regresé volví a las andadas.
En la pequeña central de autobuses de Málaga, en una tienda donde entré a comprar una botella de agua, vi el número que tenía pinta de ser el bueno, el 553344, que guardé en la cartera y sería mi arca de salvación, pues ya es hora que la dichosa deidad que me regaló el disco de Roberto Carlos, se acordara de nuevo del menda.
El sorteo fue ayer (transmisión en vivo desde el Teatro Real de Madrid, los niños del colegio de San Ildelfonso y toda la cosa, como siempre), pero acabo de comprobar que esta vez, para variar, no dejaré las estadísticas del Coneval, de tal manera que acabo estas líneas y repetiré otro viejo ritual: maldecir la suerte, hacer pedacitos el billete y tirarlo a la papelera.

¡Iála bái!

@Mosheleher: Facebook, Instagram, Twitter.

¡Participa con tu opinión!