Moshé Leher

Luego de cuatro décadas metido en las redacciones, si algo llegué a aborrecer fueron los tiempos de campaña, las vísperas de las elecciones y, sobre todo, esas jornadas electorales que, antes del PREP y demás leches, me obligaban a quedarme en la redacción de turno hasta las tantas; nada peor que declarado un ganador de tales o cuales comicios, los derrotados salieran a declararse víctimas de un fraude.

En el mejor de los casos, y esto pasó pocas veces, el derrotado salía con cara de ‘yo no fui’ y decía las sabias palabras: los resultados no nos favorecen, así que…

Por lo demás, yo en lo personal, poco me metía en esos asuntos, hasta que pude darme el privilegio de pasarme campañas enteras sin asistir a ningún acto de ningún candidato (candidata, candidate… perdón por la payasada); no hablaba con nadie, o con casi nadie (que no es lo mismo, pero es igual, cantaba aquel), de mis preferencias; el día de las votaciones madrugaba, iba de los primeros a mi casilla y después paz y gloria.

Así estaba yo de cara a estos comicios, con el mismo interés que tengo por… Pero, ¿qué dices judío despreciable? Se supone que como el demócrata que digo ser debo mantener en alto el interés por los asuntos… Pero la verdad es que tampoco es que me entusiasme mucho el asunto, como tampoco es que sea del club de admiradores de ninguna de las candidatas; digamos que muy pronto supe por quién tenía (de tener) que votar, a quién nunca votaría y con quién más nunca desperdiciaría mi voto.

Pensaba pasar las campañas de puntillas, votar el día 5 de junio a primera hora, enterarme de los resultados esa noche y a otra cosa, entendiendo que el contenido de las campañas no difería del contenido de campañas precedentes: promesas y más promesas.

Hasta hace unos días todo parecía cumplir el guión: una candidata en caballo de hacienda, una oponente con algún peso pero que salió derrotada a la contienda, una más que quiso encender la campaña pero cuya propuesta no acabó de prender y dos señoras cuyos motivos por hacer de relleno no acabo de entender; las encuestas eran coincidentes (las de verdad, no las falsas que con tanto desparpajo publican las redes sociales de encuestadoras pato) y el clima era el de un resultado anunciado.

Pero resulta que, le cuento a un amigo que me llama de Zaragoza, de España no Puebla de ídem, parece que las huestes de la 4T se decidieron, si no a ganar sí a manchar la elección, enturbiar el proceso, convocar porros a sueldo y alborotadores que están revolviendo las cosas.

Tanto que los hay ya que se están poniendo nerviosos, porque lo que prometía ser una campaña más bien sosa y unas elecciones más, se pueden salir de madre e inhibir, tal parece el motivo, que los votantes o una parte importante de ellos opten por mejor quedarse en casa del domingo en una semana, en una escena inédita por lo menos en Aguascalientes, donde salvo algún incidente aislado en algún municipio, podemos presumir de haber tenido procesos electorales tranquilos.

No me consta pero doy crédito a que los adoradores de nuestro bienamado líder moral están llegando a armar camorra desde lugares menos pacíficos que el nuestro y entiendo, que tampoco es que las autoridades electorales y las encargadas de velar por nuestra tranquilidad estén muy atentas al riesgo, para mí poco más que hipotético, de que lo que debería ser una jornada de votaciones de rutina nos deje una experiencia desagradable.

Lo digo aquí por: pura indignación, como un deber cívico, y para que luego no salgan con que nadie les advirtió y los agarraron por sorpresa.

¡Hak nisht kain tshainik! (o sea: dejen de jorobar a la borrega, o algo así).

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