Luis Muñoz Fernández

Jesús Mosterín (1941-2017), filósofo español con inusitados conocimientos en biología, afirmó con su contundencia característica que “los seres humanos no somos ángeles caídos del cielo, ni gritos en la noche, ni pura indeterminación; tampoco somos máquinas ni computadoras. Lo que somos es animales”. Muy probablemente, para la mayoría esto puede resultar un tanto chocante, pues desde la infancia se nos enseña que somos muy distintos de los animales e incluso se nos inculca que ocupamos un lugar de privilegio por encima del resto de los seres vivos.

No es raro que a la palabra “animal” le demos un sentido negativo o peyorativo, como si con ella descalificásemos a su destinatario. “¡Eres un animal!”, indicando con ello que el aludido sólo se deja llevar por sus instintos más bajos y no utiliza el recurso de la razón, cualidad humana por excelencia, para guiar sus actos.

Desde luego que Mosterín no quería decir que somos exactamente iguales que el resto de los animales, sino que lo somos antes que otra cosa, que lo somos a un nivel primario y profundo y que es importante que lo aceptemos. Pienso que no asumirlo tiene graves consecuencias.

Por un lado y hacia lo interno, habiendo sido adoctrinados en la creencia de que somos una especie de entes espirituales atrapados en un cuerpo material y que lo material, por perecedero (corruptible), es necesariamente malo (pecaminoso), la negación de nuestra naturaleza animal nos provoca serios desequilibrios psicológicos. Basta recordar lo que les ocurre a quienes por cuestiones doctrinales reprimen sus instintos naturales.

Por otro lado y hacia lo externo, creer a pies juntillas que somos un punto y aparte en el mundo natural ha conducido a una destrucción irreversible de la biodiversidad, a la sobreexplotación de los recursos planetarios y a un envenenamiento del medio ambiente que causa miles, o acaso millones, de muertes de seres humanos cada año.

Mark Bekoff y Jessica Pierce nos dicen que “estamos en un momento en que los animales ganan protagonismo. […] Las investigaciones sobre la inteligencia animal y emociones animales interesan a disciplinas que van desde la biología evolutiva y la etología cognitiva, hasta la psicología, la filosofía, la antropología, la historia y los estudios religiosos”.

Mosterín tiene razón: somos animales. Y lo que es más importante: en muchos sentidos, ellos son como nosotros. Ese es el punto de partida para abandonar su trato cruel e inhumano. No se necesitan argumentos más elaborados.

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