Por Juan Pablo Martínez Zúñiga

No todo ha sido animación y canción en la Fábrica del Ratón

Más allá de las figuraciones enajenantes de los Estudios Disney que emplearon todos los recursos posibles en cuanto a retórica y técnica durante su época dorada en la animación, hubo una herramienta que siempre incluyó en su construcción diegética que contribuía a la capacidad de asombro de sus jóvenes espectadores: el sentido de la aventura. Probada su eficacia desde los antiguos griegos, las experiencias que significan un riesgo a cualquier protagonista de un relato ficticio mantienen alerta a la audiencia y proveen de una dimensión dramática que los conflictos convencionales o cotidianos no poseen. La aventura y los personajes que la viven logran trascender por el estatus heroico que la experiencia vivida les añade, y la Disney logró que varios de sus filmes ceñidos en este género funcionasen, aún si en ocasiones lo hacían bajo los lineamientos más básicos que dicta el cine de matinee (maniqueísmo, manipulación del rango emocional, psicología o motivaciones precarias, etc.), pero que lograron su objetivo primario: evadirnos de la realidad mediante una cronotópica y emocionante aventura. A continuación, enlisto aquellas que, para un servidor, cumplen el objetivo, e invito a los lectores a sumarse a este ejercicio nostálgico y enumerar aquellas que consideren sus preferidas al respecto.

“EL VIAJE INCREÍBLE” (1963) – Después de sus exitosos documentales sobre vida salvaje y dibujos animados con animales antropomórficos, la Disney probó suerte con un relato en acción real protagonizado exclusivamente por fauna casera, en este caso dos perros y un gato que atraviesan una porción de los Estados Unidos buscando a sus dueños después de extraviarlos. Por supuesto el resultado es un abanico de emociones pues se apela al candor que posee una mascota que debe afrontar varios peligros (incluyendo un oso) para cumplir el acto de fidelidad máximo. La cinta es rítmica y ágil e incluso tuvo un mediocre remake 30 años después con un guion más flojo e incluso condescendiente, pues hace hablar a sus protagonistas animales. El éxito de “El Viaje Increíble” dio luz verde a subsecuentes proyectos similares como “Charlie, El Puma Solitario” (1967), “Historia de Dos Criaturas” (1977) o “Benji, El Perseguido” (1986).

“LA TIERRA DE NADIE” (1970) -Probablemente la mejor cinta de aventuras familiar protagonizada por una familia (incluyendo “La Ciudadela de los Robinson”, muy bien producida pero protagonizada por John Mills, un actor más bien resultón) en los anales de la Disney, donde el clan Tanner (que incluye a Steve Forrest, Vera Miles y a Ron y Clint Howard) hereda un rancho en Wyoming a finales del Siglo XIX. Entre tornados y peleas por manantiales acuíferos, la cinta cuaja sus elementos y funciona como cine y entretenimiento.

“LA ISLA DEL FIN DEL MUNDO” (1974) – Cuando la Disney encontró la aceptación de la crítica y el público masivo adaptando textos fantásticos como “20,000 Leguas de Viaje Submarino” (1954), decidió continuar con otras de variable éxito, siendo ésta la mejor después del mencionado filme con Kirk Douglas. “La Isla…”, basada en el libro de Donald G. Payne, economiza valores de producción, pero su trama se ve enriquecida por un guion resuelto y macizo con una historia sobre un explorador Eduardiano que busca a su hijo en una montaña nórdica junto a una pequeña tripulación solo para encontrar vikingos en plenos albores del Siglo XX. Un filme que condensa el mejor cine serie “B” fuera de Roger Corman.

“LA MONTAÑA EMBRUJADA” (1975) – Tan solo por el reparto esta cinta vale su peso en oro: Ray Milland es un multimillonario que emplea a un agente interpretado por Donald Pleasence para apoderarse de dos chiquillos con poderes telequinéticos (el motivo de sus talentos es una sorpresa reservada para el tercer acto del filme) que encuentran apoyo en un bondadoso anciano encarnado por Eddie Albert. El giro de tuerca que involucra la montaña del título y la acción que se detona mediante las persecuciones del ambicioso Milland hacen de esta cinta un deleite culposo al que le sobra ingenuidad, pero también honestidad narrativa.

“EL TESORO DE MATECUMBE” (1976) – Algo así como un prefacio a “Los Goonies”, esta película sobre dos jovencitos que buscan la fortuna del título en 1896 remite a los antiguos seriales de los 30’s. El filme se apoya con un rol antagónico bien resuelto por Vic Morrow y un Peter Ustinov en plena decadencia como boticario itinerante y bonachón que auxilia a los pequeños protagonistas. De los genuinos filmes de culto del estudio.

“EL ÚLTIMO VUELO DEL ARCA DE NOÉ” (1980) – Una gentil, amable y ocasionalmente cómica historia de supervivencia donde Elliot Gould debe hacer lo posible por transformar su avión en una embarcación que le permitan a él, una misionera interpretada por Genevieve Boujold, unos pequeños polizones y varios animales escapar de una isla donde aterrizaron forzosamente. La historia remite vagamente a “El Cielo Fue Testigo” (1957) de John Houston en cuanto a la tensión romántica de los protagonistas adultos, pero carece de su fuerza argumental a favor de un público muy familiar. Aun así, la aventura -que involucra a soldados japoneses de la Segunda Guerra Mundial- logra superar los obstáculos autoimpuestos de reparto amplio y un actor principal débil.

“POPEYE” (1980) – Un experimento de gran presupuesto odiado por la crítica de entonces respaldado por la Paramount y dirigido, si puede usted creerlo, por Robert Altman. El amado personaje come espinacas creado para tiras cómicas por Elzie Segar contó con las facultades histriónicas y cómicas de Robin Williams, mientras que Oliva Olivo fue interpretada por la actriz que nació para encarnarla: Shelley Duvall. Entre canciones algo sosas, una puesta en escena entre teatral y barroca y un sentido del humor que pretende adaptar el espíritu de la fuente impresa pero que no logra conjurarse fílmicamente, “Popeye” es una de esas rarezas que debe verse para creerse.

“CONDORMAN” (1981) -Una cinta cuya premisa funcionaría mejor hoy en día: un dibujante de cómics llamado Woody Wilkins (Michael Crawford) experimenta en carne propia las peripecias de su personaje Condorman cuando se enfrenta a un ruso malvado (en ese entonces, no había de otros) con el tétrico rostro de Oliver Reed que busca a la disidente Natalia (Bárbara Carrera), quien es rescatada por Woody con el apoyo de un colega de la CIA, quien le provee de artefactos y vehículos dignos del James Bond de la era Roger Moore. La producción es ambiciosa, con dos secuencias de persecución muy logradas donde autos de lujo son despedazados a placer, pero Crawford parece que sólo busca emular a Gene Wilder y no encuentra voz histriónica propia, además de un guion que se apoya más en pirotecnia que en explorar a sus personajes. Eso no impide que sea todo un recreo visual y lúdico.

Correo: corte-yqueda@hotmail.com