Por Juan Pablo Martínez Zúñiga

No todo ha sido animación y canción en la Fábrica del Ratón

Las décadas de los 70’s y 80’s fueron duras para la compañía Disney. Luchas internas, batallas corporativas y, sobre todo, pérdida tras pérdida monetaria en taquilla debido a la incapacidad del estudio por adaptar su ethos a la sensibilidad cultural y social de la nueva generación pusieron en la mira de varios estudios y empresas privadas al afable legado fílmico del finado Tío Walt, el cual estuvo durante aquella lejana época en la cuerda floja económica al no rendir los resultados esperados con las cintas producidas en ese entonces (sus únicos proyectos exitosos, “Bernardo y Bianca” y “Robin Hood”, no dieron los réditos necesarios para sostener la capacidad productiva de la empresa), por lo que buscaron ampararse tanto en múltiples préstamos bancarios como en géneros ya probados en cuanto a su resonancia y atractivo para con la audiencia.
El drama no sólo se percibe respetable, también es costeable y poco exigente en cuanto a sus modelos narrativos debido a su naturaleza real y próxima, lo cual calzaba con la línea argumental cultivada por la Disney desde los 50’s, trabajando historias herederas de los idiolectos de Frank Capra o Billy Wilder donde el hombre o mujer (o incluso niño o niña) común deben superar obstáculos en apariencia insalvables. Empleando premisas atractivas y repartos sólidos la Disney logró conjurar algunos proyectos dramáticos que, en retrospectiva, fueron arriesgados. Algunos superan el paso del tiempo funcionando incluso hoy en día, mientras otros simplemente se pierden en el éter del anacronismo. He aquí algunos de los dramas más elocuentes, fallidos y curiosos de la Disney que, aún con las evidentes huellas del tiempo en sus imágenes y tramas, lograron marcar de alguna forma a quienes los vimos en su momento en pantallas de diversas dimensiones:
“NAPOLEÓN Y SAMANTA” (1971) – De todas las fórmulas empleadas por la Casa del Ratón tal vez esta fue la más socorrida: humanos acompañados de animales en una travesía que involucra melancolía y aventura. De todos los ejemplos que al respecto brotaron durante los 70’s (“El Rey de los Osos”, “El Comebollos”, “Corre, Puma, Corre”, “Mustang”, “Los Osos y Yo”, etc.) tal vez esta cinta sea la más eficaz, ya que cuenta con una sólida dirección del experimentado Bernard McEveety, un reparto que incluía a Michael Douglas, Jodie Foster y Will Geer, la música -postulada al Oscar- de Buddy Baker y una historia amable e irresistible: Napoleón (Johnny Whitaker), un niño que vive con su abuelo (Geer) en un circo, huye cuando éste fallece acompañado de un imponente león y su mejor amiga, Samanta (Foster). Nada sofisticado, sólo entretenimiento cursi bien elaborado.
“EL ZORRO Y EL SABUESO” (1981) – Un regreso a la antropomorfización animal en la vena de “Bambi” pero con una historia que se decanta al drama de Brönte, donde los caninos del título exploran las etapas de la amistad, desde su concepción más cándida siendo cachorros hasta las barreras impuestas por la madurez y la diferencia ideológica (en este caso, representada metafóricamente por su propia condición animal). Con algunos añadidos de comedia, representados por personajes secundarios y ciertos toques de inocencia por parte de los protagonistas, la cinta logra desarrollar una mirada dramática e incluso nostálgica sobre las relaciones afectivas que todos forjamos en algún momento de nuestras vidas, siendo muy efectiva en ello gracias a la estilizada animación y presencia limitada de personajes humanos.
“AMY” (1981) – Tal vez inspirados en los logros histriónicos y temáticos de filmes como “La Maestra Milagrosa”, la Disney probó suerte con esta producción estelarizada por la británica Jenny Agutter sobre una mujer que en el alba del Siglo XX enseña a niños sordos y ciegos de una escuela rural huyendo de un matrimonio insatisfactorio y la dolorosa pérdida de su hijo, también discapacitado. Agutter logra diseñar un personaje con bastante pathos que convence tanto en su dedicación alfabetizadora como por sus demonios internos.
“FUGA NOCTURNA” (1982) – Una muestra de que sin importar la seriedad o relevancia del tema, todo se desploma si se trabaja con el mínimo de empeño. John Hurt es el protagonista de una historia digna del Selecciones del Reader’s Digest sobre un hombre que convence a su familia y la de su vecino que es posible escapar de la facción fascista alemana donde viven construyendo un globo aerostático casero para sobrevolar el Muro de Berlín. Tanto el ritmo como la puesta en escena remiten a una modesta producción televisiva y aun cuando el filme mismo se muestra convencido de relatar algo importante, nada impide que el flojo guion de John McGreevey hunda las buenas intenciones de la Disney por querer trabajar temas serios.
“LOS LOBOS NO LLORAN” (1983) – Una joya que no logró superar en su momento la indiferencia de un público favorecedor de Spielberg y Lucas. La cinta contó con la naturalista mirada de Carroll Ballard (“El Corcel Salvaje”, “Belleza Negra”), una espléndida fotografía preciosista sin recargamientos y la presencia del excelente Charles Martin Smith, encarnando a un investigador gubernamental enviado al Ártico para averiguar el papel del lobo local en la merma de caribúes. Tanto el adentramiento del protagonista en el helado ecosistema como su relación con ciertos personajes secundarios -un sabio esquimal y un piloto interpretado por Brian Dennehy- dotan al filme de capas de lectura que van del simbolismo al lirismo. Una muestra de que la Disney podía arriesgarse y ganar, aunque fuera en el terreno creativo.
“NATTY Y EL LOBO” (1985) -Una jovencita en la era de la Gran Depresión norteamericana viaja miles de kilómetros para reencontrarse con su padre acompañada de un lobo y un trotamundos interpretado por John Cusack. La trama invoca el espíritu de Jack London para crear una cinta ágil y bien estructurada tanto en su narrativa como en el contexto histórico, volviéndose una especie de clásico de culto para la juventud de los 80’s.

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