Moshé Leher

Si nos atenemos al DRAE, que tampoco es que sea la Torá, un algoritmo es un conjunto finito -como el jerez-, y ordenado -palabra extraña para los naturales de estas tierras- de operaciones que permiten solucionar un problema; ampliando la definición a la lógica y de allí a las matemáticas estas operaciones deben ser ‘no ambiguas’, de tal manera que formen una secuencia para obtener, ‘típicamente’, un resultado.

Si le entendió, qué bueno, y si no ya somos dos, pues a mí esto de la lógica nunca se me ha dado del todo, y menos cuando hablamos de famosos algoritmos, como los que usan servicios como los de Google, cuya eficacia es el secreto de que sus descubridores sean multimillonarios; o como los que usan las redes sociales para perfilar a sus usuarios y buscar, al parecer con éxito, esquilmarnos a todos.

Hasta donde entiendo, que no es mucho, en las mentadas redes nuestras intervenciones, nuestra red de contactos, los datos que les vamos entregando sin escrúpulo y otras informaciones que obtienen con nuestra autorización tácita, son procesadas por algoritmos que nos llegan a conocer, dicen, mejor que nosotros mismos, de tal manera que nuestro perfil es usado para ofrecernos lo mismo un cursillo de cocina mozambiqueña, que una suscripción para ver cualquier bodrio en un servicio de streaming; los teóricos de la conspiración cibernética, que no andan tan mal encaminados, dicen que esos datos se usarán, o se usan ya, para lavarnos el cerebro y dominar a la humanidad.

Yo, reitero, comprendo poco de cómo operan los dichosos algoritmos que se usan para hacer de tal servicio o tal red social un éxito de esos que se traduce en la incorporación de la lista de potentados de Forbes, de hecho, resulta obvio, si supiera siquiera un poco no estaría aquí, escribiendo bobadas, sino paseando en un yate en la Costa Azul o algo por el estilo, pues como dijo Fran Lebowitz, mi problema es que despreciando el dinero como lo desprecio, me encantan las cosas que el dinero puede comprar.

Justo con la Lebowitz iba yo a comenzar mi reflexión de hoy, pues me entusiasmó tanto su serie de Netflix (apenas la segunda serie que veo yo en dicha plataforma, que uso muy ocasionalmente), que hace semanas pensaba hacer un par de artículos de esa pequeña y fascinante mujer, cuyo libro ‘Un día cualquiera…’ ya me consiguió el zarévich y debe estar por llegar.

Luego reparé en el hecho de que si mis recomendaciones son tomadas por los que no las solicitaron, como yo hago con las que me dan algunos bembos, o como las tonterías que me recomienda el algoritmo de Facebook, pues mejor me las guardo y que cada quien vea, lea, observe o escuche lo que se le venga en gana.

Baste decir que tengo una norma en la vida: basta que alguien me recomiendo un libro, una serie, una película, salvo un puñado de personas cuyo gusto valoro y acepto, para que yo en automático le huya como se huía de la peste y hoy del COVID, que al parecer es un decir.

Con frecuencia acepto las recomendaciones de dos o tres amigos cuyo gusto está probado; ante el resto de la humanidad, sus invitaciones a ver series sobre el auge y caída de Pablo Escobar, las intimidades de tal cantante o tonadillera populares y otras baratijas, las tomo frecuentemente como otra forma de la descortesía -entre las que incluyo la de que me inviten a una boda, una graduación o a una primera comunión- y casi seguramente como un insulto a la inteligencia. A la mía.

Volviendo al mentado algoritmo de las redes, no soy quién para criticar a sus dueños archifamosos y archimillonarios, pero en mi caso su algoritmo es un timo, pues ni me interesa ser amigo de Zulemita Persianas de Ecatepec, ni seguidor de la estación La Tropicosa de Cuautla, ni mucho menos me interesa pertenecer a un grupo de seguidores de la Banda el Tejocote, ni del grupo Ecúmene de Estudios Bíblicos (¡Soy un judío, por Yahvé! Y además ateo!) y menos de la Sociedad Gestalt de Autoayuda para Bembos Depresivos.

Y no, no me interesa suscribirme a Claro Video para ver el documental sobre la vida de Carlos Lico, ni pertenecer a las juventudes de adoradores de AMLO; y si ya no le sigo es porque espacio ya no tengo y sí muchas ganas de llevar este reclamo al nivel de la palabra soez.

¡Shalom Alejeim! Y después paz y luego gloria.

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