Luis Muñoz Fernández

El poder sobre las almas conduce al “control de las conciencias”. Sólo una conciencia limpia, pura, no contaminada con lo material, garantiza la salvación, se argumenta. Por eso la misión del sacerdote, en la más clásica concepción del ministerio ordenado, es formar a sus feligreses en la recta conciencia, que exige renunciar a la propia y someterse a los dictámenes morales de la Iglesia. Se llega así al grado máximo de alienación y manipulación de la conciencia. Violentar la conciencia personal, torcer la conciencia individual, obligar a actuar en contra de la conciencia es una de las formas más sutiles y graves de violencia ejercida con frecuencia por los dirigentes e ideólogos religiosos sobre las personas creyentes que siguen crédulamente sus orientaciones morales.

El final de este juego de controles es el “poder sobre los cuerpos” […] Quienes ejercen el poder sobre las almas y sobre las conciencias se creen en el derecho de apropiarse también de los cuerpos y de usar y abusar de ellos.

 Juan José Tamayo. Prólogo al libro de Emiliano Fitipaldi Lujuria. Pecados, escándalos y traiciones de una iglesia hecha de hombres, 2017.

De acuerdo al texto oficial, “El objeto de la iniciativa por la que se reforman los Artículos 2º y 4º de la Constitución Política del Estado de Aguascalientes, presentada por ciudadano diputado Gustavo Báez Leos a nombre de los Diputados integrantes del Grupo Parlamentario Mixto del Partido Acción Nacional, Partido de la Revolución Democrática y Partido Movimiento Ciudadano ante esta LXIV Legislatura, consiste esencialmente en incluir en la Constitución del Estado, el reconocimiento del derecho al respeto a la vida de la persona desde su inicio en la fecundación y hasta su culminación en la muerte natural, así como el derecho a su personalidad jurídica, aclarando que para efectos de la Constitución, y las leyes que de ella emanen, persona es todo ser humano”.

Bien señala el Observatorio de Bioética y Derecho de la Universidad de Barcelona que varios de los temas sobre los que reflexiona y opina son muy delicados. Tal es el caso del aborto, cuya sola mención solivianta los ánimos y desata el debate, que es justo lo que está ocurriendo en Aguascalientes con la iniciativa de ley a la que se hace alusión en el párrafo precedente.

Por ello, el Observatorio recomienda que cuando se discuta sobre temas como el aborto o la eutanasia, por la carga emocional negativa que conllevan, se utilicen sinónimos menos emotivos. En el caso del aborto es preferible utilizar la expresión “interrupción voluntaria del embarazo”. Esta recomendación no pretende engañar a los interlocutores, en especial a quienes se oponen a la despenalización del aborto, sino “quitarle hierro” a la expresión para analizar el asunto con la serenidad suficiente y la racionalidad indispensable. Es un reconocimiento a la importancia que tienen las palabras a la hora de debatir.

Durante una mesa de diálogo que se presentó el pasado martes 18 de diciembre de 2018 en el programa radiofónico “Más Allá de la Noticia”, mediante un enlace telefónico con la cabina, el diputado Báez insistió en que la iniciativa no busca criminalizar a las mujeres ni oponerse a sus derechos y que no pretende modificar el Código Penal ni tipificar nuevos delitos.

Ante estas palabras debe señalarse que es más que evidente que, de aprobarse, la reforma constitucional dificultará notablemente cualquier intento posterior de despenalizar el aborto y que forma parte de una serie de medidas similares adoptadas en 18 estados del país como reacción a la despenalización del aborto durante las 12 primeras semanas de la gestación que fue aprobada en abril de 2007 por la Asamblea Legislativa del Distrito Federal.

Hay pues una contradicción evidente entre lo declarado por el señor diputado y el propósito implícito de esta iniciativa de reforma constitucional: al obstaculizar cualquier intento posterior de despenalizar el aborto, se mantiene la tipificación actual del aborto como delito en cualquier momento de la gestación, salvo por las causales permitidas que, en el caso de Aguascalientes, son que el embarazo se deba a una violación, que el embarazo represente un peligro para la vida de la madre y el llamado aborto imprudencial o culposo, que es cuando la mujer aborta por causas ajenas, como un accidente. Impedir u obstaculizar una reforma constitucional posterior para despenalizar el aborto es mantener el estado actual del marco legal que criminaliza a la mujer. Cuidado con las frases y palabras que ocultan sus verdaderas intenciones.

Álex Grijelmo, escritor y periodista español muy destacado en el ámbito del uso del lenguaje en los medios de comunicación, expresidente de la agencia Efe y creador de la Fundación del Español Urgente, nos dice en su obra La seducción de las palabras (Taurus,    2000):

Las palabras tiene un poder de “persuasión” y un poder de “disuasión”. Y tanto la capacidad de persuadir como la de disuadir por medio de las palabras, nacen en un argumento inteligente que se dirige a otra inteligencia. Su pretensión consiste en que el receptor lo descodifique o lo interprete; o lo asuma como consecuencia del poder que haya concedido al emisor. […]

En cambio, la “seducción” de las palabras, lo que aquí nos ocupa, sigue otro camino. La seducción parte de un intelecto, sí, pero no se dirige a la zona racional de quien recibe el enunciado, sino a sus emociones. Y sitúa en una posición de ventaja al emisor, porque éste conoce el valor completo de los términos que utiliza, sabe de su perfume y de su historia, y, sobre todo, guarda en su mente los vocablos equivalentes que ha rechazado para dejar paso a las palabras de la seducción. […]No apela a que un razonamiento se comprenda, sino a que se sienta (las negritas son mías).

Esta forma de seducción por medio de las palabras es lo que se está utilizando en el discurso habitual y recurrente de quienes dicen “defender la vida”, cuando lo que en realidad pretenden es maniatar a la mujer, socavar su ya de por sí mermada autonomía, siempre amenazada por el machismo imperante y por lo que Juan José Tamayo, teólogo y secretario general de la Asociación del Teólogos y Teólogas Juan XXIII llama “la masculinidad dominante convertida en sagrada, en el poder igualmente sagrado de los varones consagrados a Dios”.

Ese discurso que utiliza frases vacías de significado, como la muy espetada “cultura de la muerte”. ¿Quién de a quienes se atribuye dicha cultura aboga en realidad por la muerte? ¿Quién entre quienes buscando fortalecer el derecho de las mujeres a decidir sobre su cuerpo desea la muerte en lugar de la vida? ¿Acaso no hay un acuerdo prácticamente absoluto (ahí sí) en considerar al aborto un grave problema? Tragedia agravada por las restricciones religiosas sobre el uso de los métodos anticonceptivos modernos. Grave problema sobre el que tenemos el deber de buscar una solución práctica, situada no en el intento estéril por acercar posturas irreconciliables, sino fincada en posiciones moderadas, que alivie el sufrimiento, las secuelas físicas y psíquicas y la muerte de tantas mujeres que, con el agravante de su pobreza y/o su condición de marginadas, se ven obligadas hoy a practicarse el aborto en las condiciones insalubres de la clandestinidad.

Práctica frecuente entre los grupos que apoyan la iniciativa en cuestión y que le hacen saber a los diputados que la proponen que “no están solos” es el asumirse como representantes de todos los aguascalentenses, lo que de entrada es una falacia. Podrán ser la voz de un segmento más o menos numeroso de nuestra sociedad, pero no de su totalidad y muy custionablemente de su mayoría. Por fortuna, son cada vez más quienes, en la posición contraria, se atreven a levantar la voz y no quieren dejarse avasallar por quienes en una situación de ventaja cuentan con el respaldo abierto o velado de poderosos intereses.

Quienes se empeñan en imponer su moral al conjunto de los aguascalentenses, suelen aducir también un deseo de mantener unida a la sociedad. En su porfía, que el diccionario define como  “importunar repetidamente con el fin de conseguir un propósito”, confunden la unidad con uniformidad. Craso error: vivimos en una sociedad plural.

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