Santiago Beruete, antropólogo, catedrático de filosofía y jardinero, se expresa de esta manera a propósito de la crisis climática: “Quizá no haya prueba más contundente de la lucropatía [la ambición enfermiza por el dinero] y el individualismo imperante en nuestra época que la escasa o nula sensibilidad hacia las necesidades de los que vienen detrás de nosotros… La falta de solidaridad intergeneracional evidencia la honda crisis ética y la pérdida de valores que se hallan detrás de la crisis ecológica. No encontraremos soluciones efectivas a ésta sin abordar antes aquélla, superar nuestro malsano egoísmo y dotarnos de nuevos códigos de conducta. La transición hacia un futuro sostenible, además de energética y económica, debe ser también moral. A fin de cuentas, no hay mayor innovación que un cambio de mentalidad”.

Pese a 2,500 años de pensamiento racional –con altibajos a lo largo de la historia, claro–, la especie humana es particularmente contumaz, es decir, que se empeña con notable tenacidad en persistir en el error. Hay abundantes pruebas de ello. Basta constatar que frente a una verdadera emergencia que pone en riesgo la supervivencia de la humanidad (porque de los otros seres vivos ya estamos dando pavorosa cuenta todos los días), los acuerdos de la última Cumbre Climática, que concluyó hace menos de un mes, fueron magros e insuficientes para enfrentar el desafío con ciertas probabilidades de éxito.

Y, para rizar el rizo (“éramos muchos y parió la abuela”), la pandemia que nos tiene acogotados desde hace casi dos años sigue lanzando dentelladas, ahora con una variedad del dichoso coronavirus que, sin que estemos todavía completamente seguros –la ciencia tiene sus tiempos, dice Javier Salas, editor de “Materia”, la sección científica de “El País”–, parece representar una amenaza que nos puede volver a encerrar en casa y hacer menos eficaz la protección que nos brindan las vacunas al uso.

Aunque los científicos sudafricanos han declarado que las vacunas existentes sí protegen contra la variante Ómicron impidiendo las formas graves de la enfermedad, e independientemente de que sus cincuenta mutaciones hayan ocurrido en algún animal del que pasó a los seres humanos o se hayan acumulado en los muchos inmunodeprimidos africanos portadores del VIH o enfermos de sida, lo que no podemos dejar de ver es que, mientras que en Europa y los Estados Unidos se ha vacunado ya al 70% de la población, en África sólo lo ha sido el 7%. Egoísmo, codicia y estupidez en estado puro.

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