Eduardo J. Correa, de quien se cumplieron 150 años de su nacimiento en noviembre pasado, fue diputado del Partido Católico, aunque desconozco si por Aguascalientes o por alguna otra región. Por cierto que participó en la legislatura disuelta por el golpista Huerta. Que yo sepa esta fue su única actividad política. Tampoco tengo noticia sobre si mantuvo vínculos con Aguascalientes una vez que se instaló en la capital del país.

En algún momento de esta vida leí una de sus novelas, La culpa de otros, y no… No me pareció que fuera la gran historia; ni siquiera recuerdo de qué trata. El efectivo, el luminoso, es “Un viaje a Termapolis”.

El libro lleva el sugerente subtítulo de “Óleos antiguos”, y el autor lo dedicó a su padre, el abogado Salvador Correa, que es el protagonista. El subtítulo por demás evocador. ¿Se imagina? La escritura como una pintura en la que el escritor esboza su cuadro con un pincel muy delicado, delinea el retrato de unas personas; de un lugar; de una fiesta, todo a través de la palabra escrita, y ya que termina se emplea a fondo en la pintura propiamente dicha, las nubes entre blancas y grises, las hojas de los árboles, el agua que corre gozosa luego del aguacero, y muchas cosas más, y todo sin que falte la luz de un Sol antiguo,de tonalidades en sepia, que ilumina ese universo recuperado del pasado gracias los portentos de la memoria y de la escritura, y que queda plasmado en el lienzo…

“Un viaje a Termapolis… Cosa de pensarse bien y de resolver después de prolijas consideraciones. Sólo la necesidad puede empujar a una empresa plagada de peligros y plena de cansancio…”.

Al personaje, un hombre con la “estudiada frialdad del profesionista”, no se le ven muchas ganas de venir a Aguascalientes; venir desde Guadalajara, que era, o según algunos sigue siendo, como venir de la ciudad al pueblo. El asunto era cosa de pensarse por esto de los peligros y cansancios que entrañaba un viaje a mediados de la segunda mitad del siglo XIX, pero como la necesidad ya sabe usted cómo es, aquí lo tenemos embarcándose en la aventura de viajar en diligencia; ganándole al Sol la salida para que mejor rinda el tiempo. Lo bueno es que es principios de mayo, por lo que no hace frío. Lo de “empresa plena de cansancio” va por aquello de que si ahora se hace el recorrido en unas dos horas y medias en promedio, en aquel tiempo se tardaba varias jornadas.

Pero ya tenemos al abogado en esta capital llena de “calles chuecas y polvorientas”, para ocupar el cargo de juez. Como digo, la necesidad es cabezona, y está aquí por ella, y no por voluntad propia. Por eso la primera impresión que la población le causa no es la más halagüeña. Ésta “le pareció larga, larga, recoleta y achaparrada, (y) al sentirse en el cuarto del hotel, experimenta sensación dolorosa. La ve como cárcel. Su espíritu está triste; lo está la urbe que lo acoge. Siente un acoplamiento de tristezas”.

Pero pronto la ciudad triste a la que ha llegado comienza a cambiar su percepción, y con ella su estado de ánimo. La transformación ocurre en el curso de la interacción con las personas, las celebraciones, el paisaje urbano -humilde paisaje, digo-. Por ejemplo, “lo han seducido la luminosidad del cielo y la transparencia de la atmósfera”, y esto ocurre a un grado tal, que le parece residir en una ciudad envuelta en cristal”. Aunque claro, no todo lo que ve y/o experimenta, le parece correcto. De entrada, porque llega hacia el final de la Temporada de San Marcos, le desagrada la transformación que sufre el Jardín con motivo de las fiestas, porque siente que se mancilla ese paraíso -ya somos dos… o más-, aparte de que no le gustan otras cosas que va viendo, aunque a final de cuentas son las menos…

En principio vive en el hotel, pero algún tiempo después busca una casa de asistencia, que encuentra en la calle de Nieto, y así va transcurriendo su tiempo, inmerso en el tiempo de Termapolis, alternando el trabajo con la experiencia de la urbe durante un año, de mayo a abril, y participando, o enterándose, de los acontecimientos del ciclo, las actividades del pueblo, hasta que… Bueno: no le voy a platicar el final, porque estas líneas,que aquí llegan a su fin, han querido ser una invitación a leer este libro, que muy probablemente encuentre en La librería de los escritores, en Casa Terán. A lo mejor me equivoco, pero tengo la impresión de que su lectura podría significar también una especie de reconciliación entre usted y la ciudad; estrechar el vínculo que lo une a ella, tan solo por el hecho de vivir aquí y posiblemente por mucho más. Eso ya será cosa suya.

“La luminosidad del cielo y la transparencia de la atmósfera”… A propósito de esta afirmación, “Un viaje a Termapolis” quizá sea también una especie de recuento de daños, como cuando se tiene un accidente y luego hay que evaluar el impacto recibido para recomponer lo trastornado, si es que es posible, esto porque a la hora de leer uno puede contrastar aquel Aguascalientes con éste que nos ha tocado, que por cierto es el único posible, y que por eso mismo tendríamos que cuidar de mejor manera. Ahora me detengo en esta expresión como podría hacerlo con otras, porque me parece que cada vez tenemos más días de cielo blanquecino; enfermizo, cuajado de opacidad, y el Cerro del Muerto se me aparece como entre bruma, un tanto borroso, es decir, ¿cómo y cuándo perdimos esa luminosidad y transparencia que vio el padre del autor; quizá también nuestros padres? (Felicitaciones, ampliaciones para esta columna, sugerencias y hasta quejas, diríjalas a carlos.cronista.aguascalientes@gmail.com).