Por J. Jesús López García

Los grandes edificios, los de mayor jerarquía tales como los palacios, templos, de administración pública, mercados, estadios, grandes centros laborales, entre otros, siempre se ubican en una disposición urbana que les hace parte importante de la imagen de la ciudad. El perfil de las torres de un templo fue tradicionalmente una mojonera en el territorio urbano para ubicar los sitios más importantes de un asentamiento: alrededor de la iglesia, plaza y comercios de más interés tenían cita. Actualmente en los perfiles más contemporáneos, los volumenes de apartamentos y oficinas señalan el distrito urbano de mayor bonanza en la urbe.

A la par de esos inmuebles que dominan la forma de la ciudad, sin embargo se van destacando algunos, que por su situación urbana, por su naturaleza comunitaria o por su longevidad, se constituyen como parte de un paisaje citadino que gana familiaridad al menos para quienes los utilizamos o simplemente pasamos por ahí, como la finca que se encuentra ubicada en el cruce de las calles Aquiles Serdán y Plan de Ayutla, donde además de la habitación construida en forma de “casita” que remata la azotea de la obra-posterior al resto del edificio-, destaca del entorno por la longitud de la fachada noreste, por su altura y por la manera de organizar sus usos: en planta baja  domina el comercial y el primer nivel lo habitacional, de ahí una gran terraza cubierta en su extremo sureste con la losa soportada en esquina por una columna de fuste hexagonal, su muro recubierto de mosaico  y la esquina boleada. Es un tipo de edificio realizado de manera más o menos común hace alrededor de 50 o 60 años, pero lo que hace familiar a este en particular es su ubicación, pues a quien se dirige del centro de la ciudad hacia Jesús María, le sale al encuentro de manera franca pues lo que tiene enfrente es sólo una plazoleta sobre la que nunca se construyó algo en altura. Es parte por tanto de un imaginario tal vez vago, para muchos aguascalentenses que hemos hecho esa ruta por décadas.

La familiaridad de los edificios tiene que ver con el encuentro más que con la dignidad jerárquica, con la ubicación -como en el caso descrito- más que con la plástica  y por supuesto, con su uso. En las incipientes ciudades inglesas de la Baja Edad Media, las tabernas que recibían con comida y bebida a los maestros canteros buscando acomodo en la obra de alguna gran catedral componían su nombre particular con la terminación genérica “arms” -brazos- con lo que se aludían como establecimientos que recibían con los brazos abiertos a los maestros y les ofrecían una comida gratuita después de peregrinar. Hoy en dia, aún se encuentran algunas de esas tabernas que desde hace alrededor de 700 años dan servicio y se disponen en las llegadas a los centros históricos de esas ciudades, Londres incluida.

Seguramente todas aquellas personas que rondan por los cincuenta o sesenta años, recordarán cómo una cabina de techos inclinados en la parte superior de los silos de almacenamiento de la planta de Calhidra a la salida a Zacatecas lo recibía a uno a su regreso a nuestra ciudad, eso es parte del imaginario familiar infantil de dicha gente contemporánea aludida; tal vez para otros conciudadanos lo sea alguna construcción ubicada en alguna otra salida de la ciudad o algún edificio que les sirviese de referente en su deambular por algún sector de la capital.

A medida que la metrópoli crece, es natural que muchas de esas fincas vayan desapareciendo y siendo sustituidas por otras que tal vez ocuparán su lugar de manera positiva: el Teatro Aguascalientes del arquitecto Abraham Zabludovsky (1924-2003) es parte importante del paisaje del sur de nuestra ciudad, tiene alrededor de 30 años, ocupando una parte de lo que fuera el terreno del antiguo aeropuerto de Aguascalientes y de lo que actualmente es el parque Rodolfo Landeros Gallegos

Lo que hay ahora en el sitio tiene una capacidad para ser memorizado mucho muy superior a la que había antes, pero no siempre sucede así, por ejemplo, la naturaleza de la infraestructura urbana contemporánea tiende a hacer de todos los pasos a desnivel elementos completamente parecidos, con lo que su familiaridad genérica termina por llevarnos a sitios que más que relacionarnos con un contexto, nos separa de él: si no prestamos la debida atención, no sabremos bien en que parte de la ciudad estamos. Es por ello que un edificio mucho más pequeño puede ser significativamente más familiar que una obra urbana de gran envergadura, pues aquella es parte de nuestra experiencia inmediata, lo que la hace parte de una ciudad más propia.

Es cierto que en nuestra capital acalitana existen un sinfín de obras de infraestructura anónimas que no representan más que un elemento urbano más,sin embargo hay que reconocer que el Puente Bicentenario se ha alzado como referente  para los propios aguascalentenses, así como para los foraneos.