Por J. Jesús López García

Hace pocos años el gobierno federal de los Estados Unidos solicitó que por reglamento los edificios públicos federales deberían apegarse a los cánones clásicos. Como lo que ha hecho el presidente actual del país vecino, no hubo mayor explicación de esa propuesta que finalmente no tenemos conocimiento si tuvo ya un efecto práctico. Pero es curioso que la monumentalidad clásica es sólo uno de los rasgos de una arquitectura antigua que va mucho más allá de esa grandiosidad a la que los autócratas tienden a solicitar para los inmuebles que han de significar a su gestión.

Y es que la monumentalidad clásica, para ser compositivamente más efectiva, tiende al equilibrio y a la sencillez, que luego se traduce fácilmente a un slogan arquitectónico: “ley y orden”, sin embargo, el clasicismo es mucho más rico que eso. El ducado de Baviera hace alrededor de doscientos años también recurrió al neoclasicismo para emular a una antigüedad ilustre, la griega, para así declararse su heredero cultural y filosófico, pero no siempre ese lenguaje arquitectónico expresa ese vigor intelectual, a veces es solamente evocar el poder de la rotunda arquitectura imperial romana, como en el caso de los arcos triunfales napoleónicos en París, o ya en el siglo XX, los edificios públicos italianos durante el gobierno de Benito Mussolini (1883-1945), las estaciones de metro moscovitas realizadas en tiempos de Stalin (1878-1953) tratando de asemejarse a la arquitectura realizada en tiempos de Pedro I de Rusia (1672-1725) conocido como “Pedro el Grande” en San Petersburgo, o para mayor impacto, los planes y proyectos hitlerianos que fueron encomendados al  arquitecto Albert Speer(1905-1983) donde destaca la aplastante severidad espartana del Palacio de la Nueva Cancillería del Reich sin más iconografía que el águila y la esvástica.

Ahora bien, no todo clasicismo realizado contemporáneamente es signo de un Estado asfixiante, el estadio olímpico de Berlín del arquitecto Werner Julius March (1894-1976), o el Stade Gerland de la ciudad de Lyon del arquitecto Tony Garnier (1869-1948), son dos ejemplos excelentes que la arquitectura clásica sustrajeron, si, su monumentalidad -después de todo son estadios-, sin embargo también la claridad de su trazo y la composición, que con pocos motivos formales, logra una señal amable al pasado grecolatino.

Los edificios públicos en nuestro país también se han mostrado nostálgicos de una monumentalidad novohispanica, como la ampliación del Palacio Nacional o la escalinata regia de la Universidad de Guanajuato, o en composiciones más abstractas, por la magnificencia de los taludes y tableros prehispanicos en la obra de los arquitectos Teodoro González de León (1926-2016), y Abraham Zabludovsky (1924-2003), pero llevados a un lenguaje completamente actual.

Para los aguascalentenses los edificios públicos por excelencia son los palacios de Gobierno y Municipal, el primero de elementos barrocos, el segundo neoclásico; sin embargo, también los hay contemporáneos de muy buen diseño, como el Palacio de Justicia del arquitecto Jorge Carlos Parga Ramírez, con rasgos similares a los de un claustro pero a la vez, totalmente moderno.

Como toda arquitectura, buena o mala, es signo de su tiempo. La esfera pública actualmente se manifiesta de maneras más diversas y heterogéneas, y eso ha traido consigo el hecho de que los edificios públicos de nuestro país ya no son interpretados bajo una sola luz en la tradición clasicista -como la exedra al pie de la columna de la Plaza de la Patria, realizada por el arquitecto zacatecano Roberto Álvarez Espinosa en los años cuarenta del pasado siglo-, sino bajo paradigmas más abiertos y globales de diseño arquitectónico: Para conmemorar el centenario de la Convención Revolucionaria de 1914, se realizó el Patio de las Jacarandas emulando un antiguo porticado pero con una pieza escultórica del artista neerlandés Jan Hendrix (1949- ). El nacionalismo como se ve, ya no representa una opción.

Por otra parte, los edificios públicos son muchas veces inmuebles que son alquilados por oficinas públicas que de una gestión a otra pueden cambiar de nombre y/o facultades y competencias, por lo que el inmueble público en cuestión, más que simbolizar un poder político se plantea bajo parámetros de eficiencia y se manifiesta a la comunidad como un espacio más funcional que simbólico. Es el caso del edificio ubicado en la calle 16 de Septiembre No. 612, casi al desembocar en Paseo de la Cruz. Finca de oficinas de diseño actual, haciendo uso de líneas contemporáneas de composición que en su fachada se manifiestan en cerramientos y voladizos como en primer plano para distinguir el acceso de sus paramentos vidriados. Es un volumen interesante, de dimensiones considerables que hace unos treinta años tendría un impacto similar al del Palacio de Justicia, pero que actualmente, se adapta pragmáticamente más que simbólicamente, a la continua transformación vigente de la esfera pública.

Propuestas como la analizada existen múltiples en nuestra ciudad acalitana gracias a los excelentes profesionales de la arquitectura con los que se cuenta, sin embargo pareciera que cada vez más perdemos la capacidad de asombro, siendo así el porqué no apreciamos los esquisitos ejemplos que día a día se construyen.