Por J. Jesús López García

En la historia del mundo, incluso más que en la de la arquitectura, hay edificios que parece siempre han estado. Algunos sabemos se encuentran en parajes remotos, lo que incrementa su exotismo y a la vez su pervivencia en la memoria cultural, tal es el caso de las pirámides egipcias, los templos hinduístas, entre otros. Varios de ellos ya no están físicamente pero han infundido imágenes colectivas incluso ajenas a su modelo original, si es que lo hubo, por ejemplo la Torre de Babel. Otros muchos, los más, se encuentran cerca de nosotros y debido a la subjetividad de nuestros recuerdos, sentimos que son edificios que han estado en su lugar durante toda nuestra vida.

Y en efecto, han estado ahí, hasta que ya no están más. La Basílica de San Pedro actual, construida bajo el trazo de Donato d’Angelo Bramante (1443-1514) y en la que intervinieron Rafael Sanzio (1483-1520) y Giulano da Sangallo, entre otros, finalmente rematada con la cúpula de Miguel Ángel (1475-1564) y completada más de un siglo después con la columnata de Gian Lorenzo Bernini (1598-1680), sustituyó al edificio original que desde el siglo IX ocupó ese lugar.

La construcción medieval estuvo más tiempo en el sitio de lo que por lo pronto lleva su ilustre sustituto. De la vieja basílica quedan más especulaciones que elementos concretos para conocer cómo era; del recuerdo ni hablar, incluso el saber que existió no es algo extendido. Se piensa que por su magnitud y constitución los edificios duran sino toda la vida, sí un buen trecho de ella, sin embargo no es así, hasta las construcciones más aparatosas están siempre en riesgo de dejar de permanecer. Terremotos, guerras, incendios o el más vulgar cálculo de ganancia, hacen que los edificios simplemente dejen de existir, y como en la original Basílica de San Pedro en el Vaticano, de ellos puede no quedar ni el mínimo atisbo de memoria, ya no digamos una porción física de lo que fue.

Fincas como la que se encuentra ubicada en la esquina conformada por las calles de Durango y Lic. Francisco Primo Verdad, son de una época en que la mayor parte de la población actual de Aguascalientes, en su mayoría joven, aún no nacía, por lo que los edificios de más de 50 años de antigüedad, que realmente no es mucho tiempo -considerando la referencia de más de 4,000 años de las pirámides de Egipto-, nos parecen familiares como en la ciudad de Aguascalientes el paisaje con el Cerro del Muerto, de ahí que cuando esos inmuebles gozan de un buen estado de conservación como el ejemplo referido, de repente son demolidos, generan una especie de agresión a quien ha vivido cercano a ellos. No se niega el derecho a hacer con la propiedad privada lo que se crea conveniente a los propios intereses, sin embargo es de esperarse que esos edificiospuedan tener una nueva vida con una reciente ocupación, esta  finca es una excelente muestra de ello. Obra realizada entre los años cuarenta y cincuenta del siglo pasado, se aprecia sana y viva, su presencia sobria contagia esa parsimonia al sitio.

Los edificios son más frágiles de lo que se cree. Una vez abajo es muy complicado vuelvan a restituirse, como en la reconstrucción de muchas ciudades europeas que tras la Segunda Guerra Mundial se acometió de manera intensa ya que los europeos se dieron cuenta que siglos enteros de historia estaban en peligro de volverse un recuerdo nubloso de no contar con las edificaciones que les sirviesen de soporte.

Tristemente los recuerdos borrosos de nuestra historia cotidiana van perdiendo su soporte arquitectónico sin más, una vez abajo un inmueble difícilmente se reconstruye. A diferencia de la música, las coreografías, las narraciones, las piezas de pintura o elementos de mobiliario que pueden reproducirse, los edificios no pueden serlo pues su vivencia en el espacio se concentra en el sitio preciso en que se levantaron. Por sus dimensiones hasta la escultura puede reproducirse en todas las escalas posibles, más la arquitectura tiene que experimentarse en su justa escala. Para quienes sientan una especial confianza en las nuevas tecnologías de realidad virtual y realidad aumentada, sólo habría que recordarse que la buena arquitectura tiene entre sus componentes lo que los romanos llamaban “genius loci”, el espíritu del lugar, cosa que las computadoras y los visores más avanzados no pueden reproducir.

En suma, si somos atentos a los edificios que nos van rodeando a lo largo de nuestra vida, podremos fijar con más precisión la memoria que se va construyendo en nuestra existencia, esperando que ese escenario perviva al igual que nuestros mejores recuerdos. Como he sostenido en anteriores ocasiones, afortunadamente, sin que nos demos cuenta de ello, aún contamos con un buen número de estas fincas que han estado ahí por siempre, las cuales sin ellas pareciera que estamos en otro sitio, en otra ciudad. Solamente falta que recorramos nuestras calles para percibir nuestra arquitectura. ¡Ojalá que dure mucho tiempo!

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