Edificios nuevos para sitios viejos

Por J. Jesús López García

Nuestra ciudad se acerca ya a su aniversario número 445, realmente serían más pero fue hasta 1575 cuando se expidió su cédula formal de fundación por mandato del rey Felipe II. Los primeros pobladores se asentaron, dicen los historiadores, desde unos diez o quince años antes en lo que ahora es el Barrio del Encino. Se cuenta que fueron años duros pues la Guerra del Mixtón, aún mantenía en la región algunas ascuas encendidas, y en más de una ocasión los colonos tuvieron que resistir los ataques de los pueblos originales del lugar que reclamaban fieramente la presencia de los nuevos allegados.

Ya para mediados del siglo XVII la villa de Nuestra Señora de la Asunción de las Aguas Calientes comenzó a estabilizarse y a procurarse unos medios de subsistencia más sólidos. Sus huertas comenzaron a prosperar y su calidad de nodo en la Ruta de la Plata le proporcionó cierto equilibrio. Su traza desprendida de las Ordenanzas de Felipe II, promulgadas para orientar las líneas que habrían de guiar los procesos de conquista y colonización del vasto territorio de la Nueva España, no se ciñó a una estructura regular como en las grandes ciudades de México, Guadalajara o la Puebla de los Ángeles, sino que fue adaptándose a la topografía y a los escurrimientos pluviales que alimentaron a las huertas y llevaron el agua a las fuentes públicas.

Se da cuenta en las crónicas antiguas que la Real Audiencia de Guadalajara, máximo tribunal del Reino de Nueva Galicia -al que pertenecía la Villa de la Asunción-, que se despacharon algunos llamados “oidores” -o supervisores- para vigilar o enmendar la traza urbana de acuerdo a lo dictado por las Ordenanzas, primer instrumento de planeación utilizado en nuestro desarrollo urbano. El resultado si bien corregido no fue tal vez el esperado pues cuando se subsiste en un rincón apartado de los centros de poder económico y político, en un medio agreste además, el carácter pragmático de una comunidad debe hacerse patente. Y así fue, presentándose como consecuencia esas calles que se van estrechando o ensanchando, solares de dimensiones y formas irregulares, calles no alineadas, entre otras.

Al llegar la urbanización moderna a la ciudad, en el último cuarto del siglo XIX, esas irregularidades se manifestaron de una manera patente, pues la cada vez mayor población demandaba vías más anchas y alineadas; con la entrada del tranvía y la paulatina introducción de servicios municipales modernos y del transporte motorizado, finalmente la necesidad de alineamiento urbano fue una demanda ineludible, por lo que la tierra fue reemplazada por asfalto o concreto, y el terreno del peatón fue ocupado por el automóvil.

En muchas ocasiones se modificó la traza urbana en detrimento de manzanas enteras que tuvieron que recortarse; en otras ocasiones el arroyo de la calle sólo se amoldó a los paramentos de las manzanas pero propiciando fragmentos asfaltados que finalmente no han sido ocupados por autos y han quedado fuera del dominio del peatón. Es el caso de un pequeño triángulo en el cruce de las calles Gorostiza, Alarcón y Emiliano Zapata dónde se adivina que la traza original sigue pero con un solar en medio de poco uso.

No hace mucho, los inmuebles que estaban en uno de sus paramentos -algunos de mediados del siglo pasado y otro de alrededor de los años 70 del mismo siglo- fueron sustituídos por el inmueble de reciente fábrica, con técnicas y formas contemporáneas, dispuesto en tres niveles y que se amolda a un comercio a pie de banqueta y a la prestación  de más servicios en las plantas superiores. Su virtud como edificio es además de su diseño, el permitir una versatilidad de usos y ocupaciones que puede “contagiar” para bien a todo el sitio. Además de lo anterior pone de manifiesto que la arquitectura, cualquiera que sea, debe reflejar el espíritu de su tiempo y de su lugar.

En ese sentido, sus formas obedecen a nuestro naciente siglo XXI en Aguascalientes y su pertinencia en el lugar se debe a su abierta propensión a establecer un contacto mediante el uso, con su entorno inmediato. Es así como el respeto al lugar no proviene de imitar formas pasadas, situación que sería artificial, sino en seguir las inercias del tiempo y adecuarse a la realidad del sitio, como seguramente ha sido para este caso desde cuando se trazaron sus manzanas y calles, modificándose y corrigiéndose, desandando el camino y reorientándolo para que nuestra urbe mantenga su calidad de ciudad viva, como a pesar de las vicisitudes del tiempo, siempre lo ha hecho.

Así como el “trozo” de terreno en donde convergen las tres calles mencionadas, existen en Aguascalientes algunos otros fragmentos, los cuales fungen dentro de la mancha urbana como elementos de referencia, baste mencionar otros dos más, como en el caso de aquel que definen las calles Guzmán, Gral. José María Arteaga y José María Morelos y Pavón; otro espacio “resultante” se encuentra entre las calles Alfonzo Esparza Oteo y Talamantes.